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Historia
Hillary, tras coronar el Everest: "hemos noqueado ese bastardo"
28.05.2013
Hillary (izquierda) y Tenzing, en una imagen de 1953
Hillary (izquierda) y Tenzing, en una imagen de 1953
Se cumplen 60 años del día en que este humilde apicultor neozelandés alcanzó por primera vez en la historia la cumbre de la montaña más alta de la Tierra, allá donde «no habrá nada por encima de nosotros salvo el cielo»

Muchos lo habían intentado antes que él, pero ninguno lo había conseguido. La primera expedición al Everest fue organizada por el coronel Howard Bury en 1920, poco después del final de la Primera Guerra Mundial, consiguiendo instalar su campamento a 5.000 metros de altura. Dos años después, Norton, Somerwell y Mallory llegaban hasta los 8.00 metros y, días más tarde, Finch y Bruce, utilizando oxígeno por primera vez, alcanzaban los 8.300, pero dejando a siete sherpas por el camino. Eran las primeras víctimas de la montaña más alta de la Tierra, a las que luego siguió Norton en 1924, que perdió la vida a 300 metros de la cumbre. El intento más mítico fue quizá en el que Mallory, cuyo cuerpo fue hallado 75 años después, desapareció por encima de los 8.000 metros, dejando para siempre la duda de si había logrado o no alcanzar la cumbre.

La lista de aventureros que se enfrentaron al gigante y perecieron en el intento, antes de que Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay lo lograran por fin, es aún más larga. Pero la página de oro la escribió este humilde apicultor y alpinista neozelandés el 29 de mayo de 1953, hace mañana 60 años: «Al fin, la diosa madre de las montañas ha sido vencida por el hombre, a los 100 años de haber sido descubierto el Everest como el pico más alto de la tierra», informaba la prensa cinco días después.
 
«Me dijo que sintió una emoción fuera de lo común. Algo parecido a lo que debió experimentar Neil Armstrong cuando puso el pie en la Luna», contaba a ABC el hijo de Edmund Hillary, Peter, en 2008, pocos días después de la muerte de su padre, que es considerado ya por derecho el neozelandés más conocido de la historia y el último héroe de la era romántica de la exploración.


Años de preparación

La expedición necesitó varios años de preparación y un viaje de exploración previo al Himalaya. Mientras, se reunía a un equipo con los mejores alpinistas del momento, cada uno con su propia especialidad, en una organización muy meticulosa que hoy, debido a los avances, ya no requiere tanto tiempo ni preparación.
 
Hillary, aunque se llevó la gloria, no era más que un pequeño eslabón de la mítica expedición del coronel británico John Hunt. De hecho, él y Norgay eran la segunda línea tras los curtidos ingleses Charles Evans y Tom Bourdillon. Algo extraño dada la gran experiencia del sherpa, a quien ABC destacaba, el 2 de junio de 1953, por encima del neozelandés: «Quizá, fuera de los medios científicos, el nombre de Edmund Hillary sea más desconocido que el de Tenzing Norgay. Entre los escasos guías, ayudantes y heroicos auxiliares de las expediciones, el de Norgay es ya célebre».
 
Cosas del destino, el 26 de mayo de 1953, Evans y Bourdillon se quedaron sin oxigeno tras haber sobrepasado el último campamento, situado a 8.503 metro de altura. A tan solo 90 metros de la cumbre se vieron obligados a dar la vuelta y descender hasta el campamento cuatro.
 

La ruta alternativa

Tras el abandono de los ingleses, Hillary y Tenzing decidieron utilizar un nuevo campamento situado a mayor altura y una ruta alternativa por el collado sur. Uno de los pasos más difíciles de este último tramo fue una ruta de unos diez metros de ascensión en chimenea de la máxima dificultad, en la que Hillary abrió el camino y Tenzing aseguraba su ascenso.
 
«Unos pocos agotadores pasos más y no habrá nada por encima de nosotros salvo el cielo», escribió el neozelandés antes de lanzarse a por el último tramo. Pero las fuerzas estaban al límite. Los alpinistas tenían que soportar vientos de hasta 160 km/h y una temperatura de -27º, para los que iban protegidos con prendas de algodón y nylon. Portaban una mochila de 27 kilos, más un traje de ocho. Y en ocasiones el oxígeno se congelaba en el tubo, lo que dificultaba la respiración ya de por sí complicada a más de 8.500 metro de altura.
 
Tras salir del campamento nueve a las 5 de la mañana, llegaron a la cumbre a las 11.30 horas. Ya no había falsas cornisas, ni un pináculo. Estaban de pie junto a la cima, en un espacio tan pequeño que sólo cabían unas seis personas. Pero habían llegado. «Hay momentos que permanecen grabados en la memoria como si el tiempo no pudiera afectarles. Uno de esos momentos tuvo lugar hace cuarenta años en el Everest –escribía Hillary para ABC en 1993–, cuando, tras muchas jornadas de esfuerzos, observé que la pendiente, en lugar de elevarse, caía hacia el norte. Todas las sensaciones que rodearon ese instante resultan imborrables: el viento cortante en la cara, la visión del impresionante paisaje… y, sobre todo, la sonrisa de Tenzing. Una alegría contagiosa que iluminaba su rostro y traspasaba su pasamontañas, las gafas y la máscara de oxígeno. Me puso el brazo en el hombro y comenzamos a darnos palmadas hasta quedarnos casi sin respiración. Ya no teníamos que cortar más escalones de hielo ni atravesar más agotadoras aristas. Habíamos escalado más lejos que nadie, habíamos llegado a la cima del mundo». Al llegar al campamento base, Hillary gritó exultante: «Hemos noqueado a ese bastardo».
 

¿Quién fue realmente el primero?

Después de aquella hazaña, que dio la vuelta al mundo durante aquellos días, siempre hubo una pregunta que responder para los anales de la historia: ¿fue Tenzing Norgay quién llegó primero a la cima, o por el contrario fue Hillary? Pero ambos, que después de aquello se convirtieron en grandes amigos para toda su vida, llegaron a un consenso políticamente correcto: contar al mundo que formaron parte de una única cordada que les había dejado como líderes por pura eliminación.
 
Tal era la humildad del alpinista neozelandés que no rompió su silencio hasta 1999, más de una década después de la muerte de su compañero. Fue en su libro «Vistas desde la cumbre», donde explicó que Norgay y él iban juntos, y mientras el Sherpa anudaba una cuerda, él continuó avanzando unos pasos hasta que se encontró en un lugar nevado, plano y expuesto al viento, en el que no había más que espacio alrededor. Norgay se reunió rápidamente con su él y ambos miraron a su alrededor maravillados.

Fuente: ABC








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