Educación que investiga: la universidad que América Latina necesita
Lunes 13 de
Abril 2026
La educación que América Latina necesita no puede limitarse a transmitir conocimientos ya conocidos.
En un mundo marcado por la inteligencia artificial, la crisis climática, los cambios demográficos y nuevas tensiones económicas, enseñar también implica ayudar a las y los estudiantes a hacer preguntas, evaluar evidencia y construir soluciones. Por eso hoy la investigación ya no debe verse como un lujo reservado para laboratorios especializados, sino como una parte esencial de una educación superior de calidad.
Cuando la investigación entra al aula, cambia la manera de aprender. Una o un estudiante que participa en proyectos reales no solo memoriza conceptos: aprende a observar, contrastar ideas, trabajar con incertidumbre y sostener argumentos con evidencia. Esa experiencia fortalece el pensamiento crítico, la creatividad y la capacidad de resolver problemas complejos, tres habilidades que serán cada vez más valiosas en cualquier profesión.
Este cambio también obliga a replantear el papel de las universidades. Ya no basta con ser espacios donde se imparte docencia; deben ser entornos donde se genera conocimiento útil para la sociedad. Los grandes desafíos de nuestro tiempo: salud, agua, energía, movilidad, seguridad alimentaria o transformación digital; no llegan divididos por materias. Exigen colaboración entre disciplinas, diálogo con gobiernos y empresas, y una relación más cercana con las comunidades.
En América Latina, además, esta conversación tiene un sentido estratégico. La región no puede aspirar a un desarrollo sostenido si depende exclusivamente de ideas, tecnologías y soluciones creadas en otros contextos. Según datos del Instituto de Estadística de la UNESCO, América Latina y el Caribe invirtieron alrededor de 0.57% de su PIB en investigación y desarrollo en 2023, muy por debajo del promedio mundial. Más que un dato, esto revela una pregunta de fondo: ¿cómo queremos competir en la economía del conocimiento si todavía investigamos poco y, en muchos casos, formamos talento sin integrarlo a procesos reales de creación?
La respuesta no pasa solo por abrir más centros de investigación o comprar mejor equipo. También exige transformar la experiencia educativa. Eso significa incorporar investigación desde etapas tempranas, impulsar aprendizaje basado en proyectos, conectar a las y los estudiantes con retos reales y reconocer que una buena universidad no solo transmite respuestas: también enseña a formular mejores preguntas. Desde instituciones como el Tecnológico de Monterrey, esto implica formar profesionistas que entiendan su disciplina, pero también sepan colaborar, innovar y traducir conocimiento en impacto.
Como ha subrayado la UNESCO en su iniciativa Futures of Education, la educación tiene un enorme potencial para construir futuros más justos y sostenibles [2]. Para lograrlo, la investigación no puede seguir siendo una actividad aislada dentro de la academia. Debe convertirse en un eje articulador entre docencia, innovación y compromiso social. Solo así las universidades podrán formar egresadas y egresados que no solo se adapten al cambio, sino que tengan la capacidad de liderarlo.
Hablar hoy de educación superior es hablar también de investigación. No como un añadido, sino como una responsabilidad. Si queremos sociedades más prósperas, más equitativas y con mayor capacidad de decisión sobre su propio futuro, necesitamos universidades que enseñen a crear conocimiento, no solo a repetirlo. Apostar por la investigación es, en el fondo, apostar por una educación que transforma.
Daniel A. Jacobo-Velázquez es Decano Asociado de Investigación y Posgrados Científicos de la Escuela de Ingeniería y Ciencias del Tecnológico de Monterrey. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores, Nivel 3, miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y Associate Editor de ACS Food Science & Technology.
Cuando la investigación entra al aula, cambia la manera de aprender. Una o un estudiante que participa en proyectos reales no solo memoriza conceptos: aprende a observar, contrastar ideas, trabajar con incertidumbre y sostener argumentos con evidencia. Esa experiencia fortalece el pensamiento crítico, la creatividad y la capacidad de resolver problemas complejos, tres habilidades que serán cada vez más valiosas en cualquier profesión.
Este cambio también obliga a replantear el papel de las universidades. Ya no basta con ser espacios donde se imparte docencia; deben ser entornos donde se genera conocimiento útil para la sociedad. Los grandes desafíos de nuestro tiempo: salud, agua, energía, movilidad, seguridad alimentaria o transformación digital; no llegan divididos por materias. Exigen colaboración entre disciplinas, diálogo con gobiernos y empresas, y una relación más cercana con las comunidades.
En América Latina, además, esta conversación tiene un sentido estratégico. La región no puede aspirar a un desarrollo sostenido si depende exclusivamente de ideas, tecnologías y soluciones creadas en otros contextos. Según datos del Instituto de Estadística de la UNESCO, América Latina y el Caribe invirtieron alrededor de 0.57% de su PIB en investigación y desarrollo en 2023, muy por debajo del promedio mundial. Más que un dato, esto revela una pregunta de fondo: ¿cómo queremos competir en la economía del conocimiento si todavía investigamos poco y, en muchos casos, formamos talento sin integrarlo a procesos reales de creación?
La respuesta no pasa solo por abrir más centros de investigación o comprar mejor equipo. También exige transformar la experiencia educativa. Eso significa incorporar investigación desde etapas tempranas, impulsar aprendizaje basado en proyectos, conectar a las y los estudiantes con retos reales y reconocer que una buena universidad no solo transmite respuestas: también enseña a formular mejores preguntas. Desde instituciones como el Tecnológico de Monterrey, esto implica formar profesionistas que entiendan su disciplina, pero también sepan colaborar, innovar y traducir conocimiento en impacto.
Como ha subrayado la UNESCO en su iniciativa Futures of Education, la educación tiene un enorme potencial para construir futuros más justos y sostenibles [2]. Para lograrlo, la investigación no puede seguir siendo una actividad aislada dentro de la academia. Debe convertirse en un eje articulador entre docencia, innovación y compromiso social. Solo así las universidades podrán formar egresadas y egresados que no solo se adapten al cambio, sino que tengan la capacidad de liderarlo.
Hablar hoy de educación superior es hablar también de investigación. No como un añadido, sino como una responsabilidad. Si queremos sociedades más prósperas, más equitativas y con mayor capacidad de decisión sobre su propio futuro, necesitamos universidades que enseñen a crear conocimiento, no solo a repetirlo. Apostar por la investigación es, en el fondo, apostar por una educación que transforma.
Daniel A. Jacobo-Velázquez es Decano Asociado de Investigación y Posgrados Científicos de la Escuela de Ingeniería y Ciencias del Tecnológico de Monterrey. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores, Nivel 3, miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y Associate Editor de ACS Food Science & Technology.
Con información de
Infobae

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