El desafío de los docentes
Por:
María Nölmann
Jueves 10 de
Septiembre 2026
Tuvieron que asumir el rol de "detectives" y exploran estrategias urgentes ante una batalla inesperada
Hay un elefante en el medio del aula. Ya es imposible ignorarlo y no cabe por la puerta de salida. Las primeras señales aparecieron a inicios del ciclo lectivo 2023. Fueron sutiles. En el Instituto William Morris, en Almagro, la profesora de Lengua y Literatura Alicia Camino Marchegay recuerda que una mañana, cuando corregía los ensayos de sus alumnos de quinto año, encontró varios textos sin errores de ortografía y con frases que sonaban impostadas. Por esa misma época, a casi 500 kilómetros, en el centro de Paraná, una docente del Instituto Modelo Bilingüe Michelangelo observaba con extrañeza algunos trabajos prácticos con signos de puntuación que los estudiantes no solían usar y, lo más llamativo, bien aplicados.
Hacía pocos meses se había lanzado de manera masiva la primera versión del ChatGPT y, como suele suceder con la mayoría de los cambios tecnológicos, los chicos se habían adaptado antes que nadie. Mientras los alumnos incorporaban la inteligencia artificial (IA), los profesores no sabían de su existencia o apenas la conocían de nombre. “La desorientación era total”, recuerda Alejandra Dupin, responsable del departamento de tecnología educativa del Instituto Michelangelo.
La desconfianza se impuso en el aula. ¿Fueron los alumnos los que resolvieron la tarea? ¿Escribieron realmente ellos el texto que entregaron? Docentes de primaria y secundaria empezaron a convertirse en una suerte de detectives de la IA.
Hoy, las aulas argentinas viven realidades desparejas. En las salas de profesores conviven discursos optimistas y pesimistas; hay quienes buscan prohibir la IA en clase y quienes creen que lo mejor es incluirla; hay quienes sostienen que esta nueva herramienta va en detrimento del pensamiento crítico de los alumnos y quienes, por el contrario, ven una oportunidad para repensar ciertas pedagogías que ya hacía tiempo habían quedado obsoletas.
En medio de esas miradas contrapuestas y de las distintas estrategias que ensayan los educadores, aparecen dos consensos cada vez más claros: la IA inauguró un nuevo paradigma en la enseñanza y, al mismo tiempo, volvió más complejo el desafío de lograr que los estudiantes conserven su autonomía intelectual, no deleguen procesos cognitivos esenciales y, en definitiva, aprendan.
Te proponemos una prueba antes de seguir. ¿Creés que el párrafo que acabás de leer lo escribió la periodista o una IA?
Es humano
Es IA
La disyuntiva docente forma parte de una problemática más profunda, que interpela a todo el sistema educativo, a los gobiernos y a las familias. La serie IA en el aula: ¿tu hijo deja de pensar?, lanzada la semana pasada en LA NACION, pone el tema en el centro de la discusión pública desde múltiples aristas.
“Es un fraude explicar cómo hacer un ensayo sabiendo que los chicos después lo van a hacer con inteligencia artificial”, expresa Camino Marchegay, que está al frente de aulas en varios colegios porteños. Para salir de esa disyuntiva, y también para huir del pesimismo inicial que la invadió tras la llegada de esta tecnología, decidió cambiar la manera de dar clase. “Empecé a implementar la IA en la universidad y después en el secundario como herramienta de producción de textos. Es un trabajo infinito, pero me está dando resultados”, dice.
El ensayo que antes sus alumnos escribían en sus casas y, una vez terminado, entregaban en clase, ahora lleva muchos pasos más e incluye una defensa oral. “La elección de los temas surge de los chicos. Las principales ideas y la introducción las escriben en clase, a mano y sin celulares. Yo paso y chequeo una por una las introducciones”, explica.
La IA aparece una vez que la hipótesis inicial ya está formulada. Los estudiantes pueden usar ChatGPT, Claude o la tecnología generativa que elijan para desarrollar los argumentos, pero después deben redactar el trabajo a mano. Recién cuando el texto ya está escrito, tienen permitido volcarlo a la IA para pedirle que lo reescriba o lo mejore. La docente destaca que a los estudiantes les genera seguridad saber que pueden utilizar esta herramienta.
Luego llega la instancia de comparar el trabajo propio con el aporte de la IA para extraer lo más interesante de cada uno. Entonces sí, escriben el ensayo definitivo, que se entrega a mano. “Me garantiza que al menos lean lo que produjo la IA. Si para hacer la versión final toman elementos de la IA, tienen que dejarlo anotado. Después, esos textos se defienden oralmente; tienen que poder explicar eso que produjeron, también qué cosas tomaron de la IA y cuáles descartaron. Los textos tienen que tener huella humana —describe—. En lugar de producir cinco ensayos por año, ahora mis alumnos hacen dos, porque cada uno toma mucho trabajo”.
El proceso es más largo y hasta más complejo, pero es la forma que encontró para amigarse con la idea.
Los docentes que buscan adaptarse al paradigma educativo que impuso la IA detectaron la necesidad —o la oportunidad— de regresar a los exámenes orales, una práctica relegada. La oralidad se valora hoy como la instancia que permite evaluar el aprendizaje del alumno sin interferencia tecnológica.
Esta incorporación forma parte de un fenómeno más amplio, un nuevo contrato entre docentes y alumnos. Hoy, destacan los educadores consultados, la mayoría de los profesores parten de una idea: siempre que exista la posibilidad, los estudiantes van a resolver las consignas de la mano de la IA. Con esa presunción en mente, redefinen sus clases, los deberes para el hogar y los exámenes. De hecho, no son pocos los que anularon la tarea y los parciales domiciliarios.
Según pudo comprobar LA NACION, tanto en el ámbito público como privado de escuelas bonaerenses y porteñas, es el docente quien decide si incorpora o no la tecnología y la manera de hacerlo en la mayoría de los casos. La determinación puede estar basada en el conocimiento incorporado en capacitaciones de gobiernos, universidades y otras instituciones. También en la experiencia propia, fundada en prueba y error.
Semanas atrás, el gobierno porteño decidió apelar a una política más clara con el anuncio de la IA como contenido obligatorio en las aulas de primaria y secundaria, con una incorporación progresiva.
Tanto provincia de Buenos Aires como Ciudad comenzaron además a difundir políticas de uso crítico y estratégico de esta tecnología con jornadas de entrenamiento digital para maestros y capacitaciones en los centros de formación docente.
Desde la provincia, señalaron: “Buscamos acompañar a las escuelas en la construcción de criterios propios, sin bajar una prescripción única, para que puedan decidir cuándo y cómo incorporar la inteligencia artificial. Este es un campo en plena expansión, lo que hicimos hasta ahora es una base, no un tema cerrado”.
En los colegios privados crece la implementación de guías para el uso de la IA en el proceso pedagógico; incluso algunos han formado equipos de trabajo o contratado asesores para tomar decisiones estratégicas.
Los números muestran que no hay margen de espera para delinear nuevos modelos. El uso de la IA ya es generalizado. Una encuesta realizada por Unicef y Unesco hace un año indica que en la Argentina más de la mitad de los chicos de 9 a 17 años usan inteligencia artificial y, de ellos, dos de cada tres lo hacen con fines escolares.
De acuerdo con los resultados de las pruebas PISA 2025, publicados esta semana por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el 52% de los estudiantes argentinos de 15 años utilizan herramientas de IA para realizar tareas escolares al menos una vez por semana.
En las conclusiones de la evaluación internacional se destaca, además, un marcado deterioro en la habilidad de los alumnos para evaluar la confiabilidad de las fuentes, relacionar información y desarrollar el pensamiento crítico. Al mismo tiempo, la proporción de “lectores apresurados” —estudiantes que recorren el texto de manera veloz y superficial, responden rápidamente y se equivocan con frecuencia— casi se duplicó entre 2018 y 2025.
En medio de este escenario dispar, una pregunta que surge de manera natural es: ¿de qué depende hoy que un estudiante aprenda? Chiara Avilés es profesora de Química y Física en el colegio Fray Mamerto Esquiú, en Belgrano, y también es docente de nivel terciario en el Consejo Superior de Educación Católica (Consudec). “Depende mucho de la escuela, pero también depende mucho de la voluntad del docente, de no negarse y de sus ganas de capacitarse”, responde. Y remata. “La docencia siempre tiene que ponerse al día con lo nuevo. A mí lo que me mueve es la pasión y el querer transmitir la ciencia lo mejor posible”.
No es un desafío menor: la formación de los docentes en las nuevas tecnologías debe combinarse con sus otras responsabilidades en el aula, que son muchas. Por fuera de la IA, se multiplican los conflictos para atender, como la crisis de salud mental de chicos y adolescentes.
Es en medio de este escenario que no todos los docentes ni todas las autoridades educativas le dan al dilema que supone la IA el lugar que merece.
“Tiene mucha demanda el docente: quizás da cinco materias diferentes, todas planificadas y en varios colegios. Hace lo que puede”, suma Avilés. Cuando se graduó del profesorado, en 2022, no sabía nada sobre IA; en las materias tecnológicas de su formación docente solo había aprendido a utilizar Excel y Canva. Tras comenzar a trabajar al frente de una clase, notó la necesidad de incursionar en nuevas herramientas con capacitaciones y cursos. Dentro de la oferta, muchos son online y gratuitos.
“Al principio dije: ‘Bueno, ya que la IA llegó para quedarse, hay que aprovecharla’. Pero ahora en serio le estoy encontrando un fin pedagógico. Por ejemplo, nos permite hacer cosas que capaz en un laboratorio escolar no se pueden hacer porque son peligrosas o porque no tenemos el material necesario”, afirma la profesora de Física y Química.
El español Eduardo Sáenz de Cabezón, doctor en Matemática, licenciado en Teología y docente de grado y posgrado, es además divulgador científico, con 1,58 millón de suscriptores en Derivando, su canal de YouTube. “Aún noto mucho miedo entre los docentes. Para mí es un miedo parecido al miedo a la oscuridad: se va cuando enciendes la luz. Tú enciendes la luz y ves si hay un monstruo o no lo hay. Y, si lo hay, ves qué tamaño tiene y, entonces, decides si peleas con él o huyes”, señala a LA NACION.
Sáenz de Cabezón considera que es inviable enseñar como si la inteligencia artificial no existiera, básicamente porque cree que esa postura iría en contra de la función principal de la escuela. “La IA es hoy parte de nuestras vidas y la educación debe adecuarse al contexto; es el contexto el que marca las necesidades pedagógicas y los objetivos que vamos a plantear”, indica. Sin embargo, esto no significa utilizarla en todo momento, repara.
El especialista propone un uso estratégico. Para explicarlo, pone un ejemplo clarificador. “Hay calculadoras en nuestro mundo y la gente puede utilizarlas para hacer las operaciones que quiera. Pero, ¿voy a usar la calculadora en mi clase de tercero de primaria? A lo mejor no es una buena opción. ¿Voy a impedir que la gente de segundo año de Ingeniería use la calculadora? Pues, a lo mejor, no es una buena opción. Entonces, depende un poco de cuáles son mis objetivos pedagógicos si utilizaré la inteligencia artificial o no”, afirma.
Silvia Mora, pedagoga, consultora educativa y capacitadora de docentes, también trae a la calculadora como parámetro. “Si la pregunta de un exámen es cuánto es 1 + 1, te la resuelve la calculadora. Si la pregunta es un problema matemático, la calculadora no te lo va a resolver. Lo mismo sucede con la IA. Lo que yo siempre les digo a los docentes es que la IA produce un producto terminado. Vos le hacés una pregunta y te da una respuesta terminada. Entonces, si tu pregunta es sencilla e implica solo datos, la IA te la va a responder. Lo que el docente debe hacer con las nuevas tecnologías, así como hacemos con la calculadora, es integrarla como parte de la situación del aula: que la IA no nos dé el resultado, sino que sea una herramienta que nos pueda ayudar a llegar al resultado”, sostiene.
Si los métodos de enseñanza ya estaban en crisis, la irrupción de la IA puede acelerar el proceso de redefinición de los modelos pedagógicos. En este escenario, el compromiso del profesor adquiere una relevancia inédita. “Un buen docente es aquel que toma la IA, la aborda en el aula y la utiliza como herramienta tecnológica, no como una solución", plantea Mora.
En el otro extremo, quedan los docentes que no se esfuerzan en dilucidar si sus alumnos apelan a la inteligencia artificial ni buscan maneras creativas de incorporarla. Son los mismos que hacían la vista gorda ante estudiantes que recitaban lecciones de memoria.
Más allá de los cambios en la manera de dar clase, la pregunta merodea en cualquier ámbito educativo: ¿los chicos piensan menos? Avilés hace una pausa antes de responder: “Sí, puede ser que sí, pero creo que todos pensamos menos”. Sin embargo, elige evitar la frustración: “Trabajo mucho para que eso no pase dentro de mi aula. Hoy es más fácil no pensar y los docentes debemos buscar la forma de que los chicos piensen”.
Andrea Schulte es profesora de una secundaria privada con orientación en comunicación y reflexiona a diario sobre el modo en que sus alumnos incorporan conocimientos. “Hoy, si querés, la IA te hace el resumen, hasta te puede hacer un podcast sobre el tema que quieras. Entonces hay un proceso inicial que los alumnos se están salteando, que es el que incluye masticar la información y relacionar ideas”, lamenta.
Pero no cree que este sea un problema nuevo: cuando los estudiantes aprenden de memoria, tampoco se apropian del conocimiento. En ambas situaciones, considera, el docente puede saber si el alumno realmente aprendió haciendo las preguntas correctas. En su caso, sumó más defensas orales para lograr este intercambio.
El colegio en el que trabaja es uno de los tantos que en los últimos años implementó la prohibición de celulares en el horario escolar. Esta regulación, destacan los profesores consultados, les da la posibilidad de tener un mayor control sobre el uso de tecnología en el aula y, por ende, elegir cuándo incorporar la IA a la dinámica de clase y cuándo no.
Una de las mayores obsesiones para Camino Marchegay es que sus alumnos no pierdan autonomía intelectual. Otra, que entiendan las limitaciones de la inteligencia artificial, por ejemplo, que sepan que esta tecnología solo trabaja sobre lo que ya existe y que la creatividad humana puede ser superadora. “Estoy usando IA en clase no solo como herramienta, sino también como objeto de estudio. La tienen que discutir”, sintetiza la profesora de Lengua y Literatura.
Con esta mirada, implementó varias iniciativas. Para abordar el clásico literario Alicia en el País de las Maravillas, sus alumnos de cuarto y quinto año, miraron las tres versiones cinematográficas: la original, la de Disney y la de Tim Burton. Luego, divididos en grupos, tuvieron que diseñar una tapa para una nueva película utilizando IA , tomando como base ciertos elementos que ella había planteado.
“Las tapas que presentaron eran todas muy parecidas: la misma Alicia, el mismo conejo…La conclusión a la que llegaron los chicos es que en realidad la IA toma imágenes que ya existen para crear nuevas”, explica.
El segundo trabajo también era en grupos, pero sin tecnología. Tenían que diseñar un objeto del mundo de Alicia en el País de las Maravillas que fuera reconocible para el resto y crearlo con los materiales que quisieran. “Los trabajos que salieron fueron alucinantes. Todos eran distintos”, repasa.
La tarea final consistió en que sus alumnos evalúen cuál de los dos trabajos había sido más entretenido. Todos respondieron lo mismo: “El segundo”.
Hacía pocos meses se había lanzado de manera masiva la primera versión del ChatGPT y, como suele suceder con la mayoría de los cambios tecnológicos, los chicos se habían adaptado antes que nadie. Mientras los alumnos incorporaban la inteligencia artificial (IA), los profesores no sabían de su existencia o apenas la conocían de nombre. “La desorientación era total”, recuerda Alejandra Dupin, responsable del departamento de tecnología educativa del Instituto Michelangelo.
La desconfianza se impuso en el aula. ¿Fueron los alumnos los que resolvieron la tarea? ¿Escribieron realmente ellos el texto que entregaron? Docentes de primaria y secundaria empezaron a convertirse en una suerte de detectives de la IA.
Hoy, las aulas argentinas viven realidades desparejas. En las salas de profesores conviven discursos optimistas y pesimistas; hay quienes buscan prohibir la IA en clase y quienes creen que lo mejor es incluirla; hay quienes sostienen que esta nueva herramienta va en detrimento del pensamiento crítico de los alumnos y quienes, por el contrario, ven una oportunidad para repensar ciertas pedagogías que ya hacía tiempo habían quedado obsoletas.
En medio de esas miradas contrapuestas y de las distintas estrategias que ensayan los educadores, aparecen dos consensos cada vez más claros: la IA inauguró un nuevo paradigma en la enseñanza y, al mismo tiempo, volvió más complejo el desafío de lograr que los estudiantes conserven su autonomía intelectual, no deleguen procesos cognitivos esenciales y, en definitiva, aprendan.
Te proponemos una prueba antes de seguir. ¿Creés que el párrafo que acabás de leer lo escribió la periodista o una IA?
Es humano
Es IA
La disyuntiva docente forma parte de una problemática más profunda, que interpela a todo el sistema educativo, a los gobiernos y a las familias. La serie IA en el aula: ¿tu hijo deja de pensar?, lanzada la semana pasada en LA NACION, pone el tema en el centro de la discusión pública desde múltiples aristas.
El rol docente, en crisis
“Es un fraude explicar cómo hacer un ensayo sabiendo que los chicos después lo van a hacer con inteligencia artificial”, expresa Camino Marchegay, que está al frente de aulas en varios colegios porteños. Para salir de esa disyuntiva, y también para huir del pesimismo inicial que la invadió tras la llegada de esta tecnología, decidió cambiar la manera de dar clase. “Empecé a implementar la IA en la universidad y después en el secundario como herramienta de producción de textos. Es un trabajo infinito, pero me está dando resultados”, dice.
El ensayo que antes sus alumnos escribían en sus casas y, una vez terminado, entregaban en clase, ahora lleva muchos pasos más e incluye una defensa oral. “La elección de los temas surge de los chicos. Las principales ideas y la introducción las escriben en clase, a mano y sin celulares. Yo paso y chequeo una por una las introducciones”, explica.
La IA aparece una vez que la hipótesis inicial ya está formulada. Los estudiantes pueden usar ChatGPT, Claude o la tecnología generativa que elijan para desarrollar los argumentos, pero después deben redactar el trabajo a mano. Recién cuando el texto ya está escrito, tienen permitido volcarlo a la IA para pedirle que lo reescriba o lo mejore. La docente destaca que a los estudiantes les genera seguridad saber que pueden utilizar esta herramienta.
Luego llega la instancia de comparar el trabajo propio con el aporte de la IA para extraer lo más interesante de cada uno. Entonces sí, escriben el ensayo definitivo, que se entrega a mano. “Me garantiza que al menos lean lo que produjo la IA. Si para hacer la versión final toman elementos de la IA, tienen que dejarlo anotado. Después, esos textos se defienden oralmente; tienen que poder explicar eso que produjeron, también qué cosas tomaron de la IA y cuáles descartaron. Los textos tienen que tener huella humana —describe—. En lugar de producir cinco ensayos por año, ahora mis alumnos hacen dos, porque cada uno toma mucho trabajo”.
El proceso es más largo y hasta más complejo, pero es la forma que encontró para amigarse con la idea.
Un nuevo contrato en el aula
Los docentes que buscan adaptarse al paradigma educativo que impuso la IA detectaron la necesidad —o la oportunidad— de regresar a los exámenes orales, una práctica relegada. La oralidad se valora hoy como la instancia que permite evaluar el aprendizaje del alumno sin interferencia tecnológica.
Esta incorporación forma parte de un fenómeno más amplio, un nuevo contrato entre docentes y alumnos. Hoy, destacan los educadores consultados, la mayoría de los profesores parten de una idea: siempre que exista la posibilidad, los estudiantes van a resolver las consignas de la mano de la IA. Con esa presunción en mente, redefinen sus clases, los deberes para el hogar y los exámenes. De hecho, no son pocos los que anularon la tarea y los parciales domiciliarios.
Según pudo comprobar LA NACION, tanto en el ámbito público como privado de escuelas bonaerenses y porteñas, es el docente quien decide si incorpora o no la tecnología y la manera de hacerlo en la mayoría de los casos. La determinación puede estar basada en el conocimiento incorporado en capacitaciones de gobiernos, universidades y otras instituciones. También en la experiencia propia, fundada en prueba y error.
Semanas atrás, el gobierno porteño decidió apelar a una política más clara con el anuncio de la IA como contenido obligatorio en las aulas de primaria y secundaria, con una incorporación progresiva.
Tanto provincia de Buenos Aires como Ciudad comenzaron además a difundir políticas de uso crítico y estratégico de esta tecnología con jornadas de entrenamiento digital para maestros y capacitaciones en los centros de formación docente.
Desde la provincia, señalaron: “Buscamos acompañar a las escuelas en la construcción de criterios propios, sin bajar una prescripción única, para que puedan decidir cuándo y cómo incorporar la inteligencia artificial. Este es un campo en plena expansión, lo que hicimos hasta ahora es una base, no un tema cerrado”.
En los colegios privados crece la implementación de guías para el uso de la IA en el proceso pedagógico; incluso algunos han formado equipos de trabajo o contratado asesores para tomar decisiones estratégicas.
Los números muestran que no hay margen de espera para delinear nuevos modelos. El uso de la IA ya es generalizado. Una encuesta realizada por Unicef y Unesco hace un año indica que en la Argentina más de la mitad de los chicos de 9 a 17 años usan inteligencia artificial y, de ellos, dos de cada tres lo hacen con fines escolares.
De acuerdo con los resultados de las pruebas PISA 2025, publicados esta semana por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el 52% de los estudiantes argentinos de 15 años utilizan herramientas de IA para realizar tareas escolares al menos una vez por semana.
En las conclusiones de la evaluación internacional se destaca, además, un marcado deterioro en la habilidad de los alumnos para evaluar la confiabilidad de las fuentes, relacionar información y desarrollar el pensamiento crítico. Al mismo tiempo, la proporción de “lectores apresurados” —estudiantes que recorren el texto de manera veloz y superficial, responden rápidamente y se equivocan con frecuencia— casi se duplicó entre 2018 y 2025.
¿De qué depende hoy que un chico aprenda?
En medio de este escenario dispar, una pregunta que surge de manera natural es: ¿de qué depende hoy que un estudiante aprenda? Chiara Avilés es profesora de Química y Física en el colegio Fray Mamerto Esquiú, en Belgrano, y también es docente de nivel terciario en el Consejo Superior de Educación Católica (Consudec). “Depende mucho de la escuela, pero también depende mucho de la voluntad del docente, de no negarse y de sus ganas de capacitarse”, responde. Y remata. “La docencia siempre tiene que ponerse al día con lo nuevo. A mí lo que me mueve es la pasión y el querer transmitir la ciencia lo mejor posible”.
No es un desafío menor: la formación de los docentes en las nuevas tecnologías debe combinarse con sus otras responsabilidades en el aula, que son muchas. Por fuera de la IA, se multiplican los conflictos para atender, como la crisis de salud mental de chicos y adolescentes.
Es en medio de este escenario que no todos los docentes ni todas las autoridades educativas le dan al dilema que supone la IA el lugar que merece.
“Tiene mucha demanda el docente: quizás da cinco materias diferentes, todas planificadas y en varios colegios. Hace lo que puede”, suma Avilés. Cuando se graduó del profesorado, en 2022, no sabía nada sobre IA; en las materias tecnológicas de su formación docente solo había aprendido a utilizar Excel y Canva. Tras comenzar a trabajar al frente de una clase, notó la necesidad de incursionar en nuevas herramientas con capacitaciones y cursos. Dentro de la oferta, muchos son online y gratuitos.
“Al principio dije: ‘Bueno, ya que la IA llegó para quedarse, hay que aprovecharla’. Pero ahora en serio le estoy encontrando un fin pedagógico. Por ejemplo, nos permite hacer cosas que capaz en un laboratorio escolar no se pueden hacer porque son peligrosas o porque no tenemos el material necesario”, afirma la profesora de Física y Química.
Cuándo sí y cuándo no, el gran dilema
El español Eduardo Sáenz de Cabezón, doctor en Matemática, licenciado en Teología y docente de grado y posgrado, es además divulgador científico, con 1,58 millón de suscriptores en Derivando, su canal de YouTube. “Aún noto mucho miedo entre los docentes. Para mí es un miedo parecido al miedo a la oscuridad: se va cuando enciendes la luz. Tú enciendes la luz y ves si hay un monstruo o no lo hay. Y, si lo hay, ves qué tamaño tiene y, entonces, decides si peleas con él o huyes”, señala a LA NACION.
Sáenz de Cabezón considera que es inviable enseñar como si la inteligencia artificial no existiera, básicamente porque cree que esa postura iría en contra de la función principal de la escuela. “La IA es hoy parte de nuestras vidas y la educación debe adecuarse al contexto; es el contexto el que marca las necesidades pedagógicas y los objetivos que vamos a plantear”, indica. Sin embargo, esto no significa utilizarla en todo momento, repara.
El especialista propone un uso estratégico. Para explicarlo, pone un ejemplo clarificador. “Hay calculadoras en nuestro mundo y la gente puede utilizarlas para hacer las operaciones que quiera. Pero, ¿voy a usar la calculadora en mi clase de tercero de primaria? A lo mejor no es una buena opción. ¿Voy a impedir que la gente de segundo año de Ingeniería use la calculadora? Pues, a lo mejor, no es una buena opción. Entonces, depende un poco de cuáles son mis objetivos pedagógicos si utilizaré la inteligencia artificial o no”, afirma.
Silvia Mora, pedagoga, consultora educativa y capacitadora de docentes, también trae a la calculadora como parámetro. “Si la pregunta de un exámen es cuánto es 1 + 1, te la resuelve la calculadora. Si la pregunta es un problema matemático, la calculadora no te lo va a resolver. Lo mismo sucede con la IA. Lo que yo siempre les digo a los docentes es que la IA produce un producto terminado. Vos le hacés una pregunta y te da una respuesta terminada. Entonces, si tu pregunta es sencilla e implica solo datos, la IA te la va a responder. Lo que el docente debe hacer con las nuevas tecnologías, así como hacemos con la calculadora, es integrarla como parte de la situación del aula: que la IA no nos dé el resultado, sino que sea una herramienta que nos pueda ayudar a llegar al resultado”, sostiene.
Si los métodos de enseñanza ya estaban en crisis, la irrupción de la IA puede acelerar el proceso de redefinición de los modelos pedagógicos. En este escenario, el compromiso del profesor adquiere una relevancia inédita. “Un buen docente es aquel que toma la IA, la aborda en el aula y la utiliza como herramienta tecnológica, no como una solución", plantea Mora.
En el otro extremo, quedan los docentes que no se esfuerzan en dilucidar si sus alumnos apelan a la inteligencia artificial ni buscan maneras creativas de incorporarla. Son los mismos que hacían la vista gorda ante estudiantes que recitaban lecciones de memoria.
Más allá de los cambios en la manera de dar clase, la pregunta merodea en cualquier ámbito educativo: ¿los chicos piensan menos? Avilés hace una pausa antes de responder: “Sí, puede ser que sí, pero creo que todos pensamos menos”. Sin embargo, elige evitar la frustración: “Trabajo mucho para que eso no pase dentro de mi aula. Hoy es más fácil no pensar y los docentes debemos buscar la forma de que los chicos piensen”.
Andrea Schulte es profesora de una secundaria privada con orientación en comunicación y reflexiona a diario sobre el modo en que sus alumnos incorporan conocimientos. “Hoy, si querés, la IA te hace el resumen, hasta te puede hacer un podcast sobre el tema que quieras. Entonces hay un proceso inicial que los alumnos se están salteando, que es el que incluye masticar la información y relacionar ideas”, lamenta.
Pero no cree que este sea un problema nuevo: cuando los estudiantes aprenden de memoria, tampoco se apropian del conocimiento. En ambas situaciones, considera, el docente puede saber si el alumno realmente aprendió haciendo las preguntas correctas. En su caso, sumó más defensas orales para lograr este intercambio.
El colegio en el que trabaja es uno de los tantos que en los últimos años implementó la prohibición de celulares en el horario escolar. Esta regulación, destacan los profesores consultados, les da la posibilidad de tener un mayor control sobre el uso de tecnología en el aula y, por ende, elegir cuándo incorporar la IA a la dinámica de clase y cuándo no.
Una de las mayores obsesiones para Camino Marchegay es que sus alumnos no pierdan autonomía intelectual. Otra, que entiendan las limitaciones de la inteligencia artificial, por ejemplo, que sepan que esta tecnología solo trabaja sobre lo que ya existe y que la creatividad humana puede ser superadora. “Estoy usando IA en clase no solo como herramienta, sino también como objeto de estudio. La tienen que discutir”, sintetiza la profesora de Lengua y Literatura.
Con esta mirada, implementó varias iniciativas. Para abordar el clásico literario Alicia en el País de las Maravillas, sus alumnos de cuarto y quinto año, miraron las tres versiones cinematográficas: la original, la de Disney y la de Tim Burton. Luego, divididos en grupos, tuvieron que diseñar una tapa para una nueva película utilizando IA , tomando como base ciertos elementos que ella había planteado.
“Las tapas que presentaron eran todas muy parecidas: la misma Alicia, el mismo conejo…La conclusión a la que llegaron los chicos es que en realidad la IA toma imágenes que ya existen para crear nuevas”, explica.
El segundo trabajo también era en grupos, pero sin tecnología. Tenían que diseñar un objeto del mundo de Alicia en el País de las Maravillas que fuera reconocible para el resto y crearlo con los materiales que quisieran. “Los trabajos que salieron fueron alucinantes. Todos eran distintos”, repasa.
La tarea final consistió en que sus alumnos evalúen cuál de los dos trabajos había sido más entretenido. Todos respondieron lo mismo: “El segundo”.

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