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Selfies macabras: la repugnante moda de tomarse fotos con cadáveres
Domingo 28 de
Septiembre 2014

Desde el empleado del cementerio que desenterró un cuerpo a pedido de la familia hasta la joven que posó en la morgue: el descaro parece no tener límites ¿De qué se trataba la fotografía post mortem de fines del siglo XIX?
Sin duda, la tendencia de tomarse selfies y compartirlas en las redes sociales ha llegado para quedarse. No obstante, hay quienes van más allá de un autorretrato y desembocan de lleno en el mal gusto y en la absoluta falta de respeto.
Un hombre sonriente posando al lado de un féretro, un adolescente sacando la lengua en medio de un funeral o una joven que posa con un cadáver en medio de una visita a la morgue son algunas de las desagradables imágenes que circulan en la web y que lejos están de poder ser tomadas en broma.
En agosto pasado, Chelsie Berry, de 24 años, y Jared Prier, de 28, iban a bordo de su auto junto a un amigo por una carretera de Misuri, Estados Unidos. De repente, éste empezó a sentirse mal por haberse inyectado una sobredosis de calmantes. Pero en vez de trasladarlo a un centro médico para que pudiera recuperarse, la pareja lo bajó del vehículo y lo abandonó en un camino rural.
Eso, sí. Apenas el hombre dio su último suspiro, Chelsie y Jared tuvieron la desagradable idea de tomarse una selfie junto al cadáver y publicarla en Facebook. Justamente por haber compartido esa foto, la pareja pudo ser detenida de inmediato y ahora enfrenta cargos por homicidio involuntario y por abandono del cuerpo.
Días atrás, la imagen de dos hombres posando en un cementerio junto a un cadáver que acababa de ser desenterrado también causó conmoción en Internet y gran indignación popular. El insólito episodio ocurrió en la localidad de Guardamar del Seguro, en la provincia española de Valencia, donde un empleado del cementerio Nuestra Señora del Rosario aceptó desenterrar el cuerpo de un hombre que había fallecido hace 23 años, a pedido de uno de los familiares.
Una vez abierto el ataúd, el enterrador y el pariente se tomaron una fotografía junto al cadáver, que yacía de pie sostenido por el primero. Pero el repudiable episodio no terminó allí, ya que la imagen fue compartida en las redes sociales. El empleado no fue despedido pero se le asignaron tareas diferentes. La polémica en España sobre el control que se efectúa en los cementerios y el trato que se da a los cadáveres revolucionó a los medios de comunicación.
Hace poco también se conoció la noticia de una profesora de anatomía que llevó a sus alumnos a conocer el departamento de biología de Birmingham, en la universidad de Alabama. Durante la visita, una adolescente sacó su teléfono celular y se tomó una selfie con uno de los cadáveres de la morgue, destinados a la enseñanza e investigación.
Por supuesto, la joven compartió la imagen en Instagram pero al ver el revuelo que causó se asustó y decidió eliminarla. Tarde. Sus compañeros de clase ya habían tomado una captura de pantalla y la denunciaron ante las autoridades de la universidad.
A pesar de lo reprochable de la actitud y de la total falta de respeto de quienes se toman este tipo de selfies en la actualidad, a finales del siglo XIX y principios del XX era costumbre fotografiarse junto a los seres queridos que habían muerto. Lejos de considerarla una práctica morbosa -debido a la ideología social de la época del romanticismo- la fotografía de la muerte era producto de la nostalgia, la tristeza y la profunda curiosidad que siempre generó el fin de la vida.
Los retratos post mortem eran prácticas habituales durante la época victoriana, que surgieron en Europa y raudamente se impusieron también en América . El cadáver "posaba" varios días amarrado con alambres y soportes especiales para mantenerlo erguido, sentado, de pie o acostado. Una vez tomada la fotografía, la imagen solía ser retocada a mano: se dibujaban los ojos abiertos del fallecido, se le daba color a su piel y se suprimía todo rastro propio del rigor mortis.
Los fotógrafos que se dedicaban a esta actividad cobraban muy caro, ya que pasaban hasta una semana entera intentando una captura nítida, tarea sumamente dificultosa debido a la poca complejidad de las cámaras y las lentes de la época. A pedido de la familia, se encargaban de que el difunto pareciera estar vivo o, en otros casos, se les pedía que la imagen reflejara un descanso eterno y en paz.
Así, en tiempos en que los índices de mortalidad eran muy altos -sobre todo en los niños- surgió la necesidad de conservar en una fotografía la imagen del que dejaba de existir pero en el contexto de situaciones cotidianas: las madres aparecían con sus hijos en brazos, los maridos se acostaban junto a los cuerpos inertes de sus esposas, los hermanos se sentaban a la mesa simulando una cena, o la familia entera y las mascotas rodeaban al difunto, como si se tratara de una habitual reunión familiar.











Un hombre sonriente posando al lado de un féretro, un adolescente sacando la lengua en medio de un funeral o una joven que posa con un cadáver en medio de una visita a la morgue son algunas de las desagradables imágenes que circulan en la web y que lejos están de poder ser tomadas en broma.
En agosto pasado, Chelsie Berry, de 24 años, y Jared Prier, de 28, iban a bordo de su auto junto a un amigo por una carretera de Misuri, Estados Unidos. De repente, éste empezó a sentirse mal por haberse inyectado una sobredosis de calmantes. Pero en vez de trasladarlo a un centro médico para que pudiera recuperarse, la pareja lo bajó del vehículo y lo abandonó en un camino rural.
Eso, sí. Apenas el hombre dio su último suspiro, Chelsie y Jared tuvieron la desagradable idea de tomarse una selfie junto al cadáver y publicarla en Facebook. Justamente por haber compartido esa foto, la pareja pudo ser detenida de inmediato y ahora enfrenta cargos por homicidio involuntario y por abandono del cuerpo.
Días atrás, la imagen de dos hombres posando en un cementerio junto a un cadáver que acababa de ser desenterrado también causó conmoción en Internet y gran indignación popular. El insólito episodio ocurrió en la localidad de Guardamar del Seguro, en la provincia española de Valencia, donde un empleado del cementerio Nuestra Señora del Rosario aceptó desenterrar el cuerpo de un hombre que había fallecido hace 23 años, a pedido de uno de los familiares.
Una vez abierto el ataúd, el enterrador y el pariente se tomaron una fotografía junto al cadáver, que yacía de pie sostenido por el primero. Pero el repudiable episodio no terminó allí, ya que la imagen fue compartida en las redes sociales. El empleado no fue despedido pero se le asignaron tareas diferentes. La polémica en España sobre el control que se efectúa en los cementerios y el trato que se da a los cadáveres revolucionó a los medios de comunicación.
Hace poco también se conoció la noticia de una profesora de anatomía que llevó a sus alumnos a conocer el departamento de biología de Birmingham, en la universidad de Alabama. Durante la visita, una adolescente sacó su teléfono celular y se tomó una selfie con uno de los cadáveres de la morgue, destinados a la enseñanza e investigación.
Por supuesto, la joven compartió la imagen en Instagram pero al ver el revuelo que causó se asustó y decidió eliminarla. Tarde. Sus compañeros de clase ya habían tomado una captura de pantalla y la denunciaron ante las autoridades de la universidad.
A pesar de lo reprochable de la actitud y de la total falta de respeto de quienes se toman este tipo de selfies en la actualidad, a finales del siglo XIX y principios del XX era costumbre fotografiarse junto a los seres queridos que habían muerto. Lejos de considerarla una práctica morbosa -debido a la ideología social de la época del romanticismo- la fotografía de la muerte era producto de la nostalgia, la tristeza y la profunda curiosidad que siempre generó el fin de la vida.
Los retratos post mortem eran prácticas habituales durante la época victoriana, que surgieron en Europa y raudamente se impusieron también en América . El cadáver "posaba" varios días amarrado con alambres y soportes especiales para mantenerlo erguido, sentado, de pie o acostado. Una vez tomada la fotografía, la imagen solía ser retocada a mano: se dibujaban los ojos abiertos del fallecido, se le daba color a su piel y se suprimía todo rastro propio del rigor mortis.
Los fotógrafos que se dedicaban a esta actividad cobraban muy caro, ya que pasaban hasta una semana entera intentando una captura nítida, tarea sumamente dificultosa debido a la poca complejidad de las cámaras y las lentes de la época. A pedido de la familia, se encargaban de que el difunto pareciera estar vivo o, en otros casos, se les pedía que la imagen reflejara un descanso eterno y en paz.
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