Putin mantiene el pulso y emplaza a la UE a pagar el gas de Ucrania
Viernes 17 de
Octubre 2014
La cumbre euroasiática arroja escasos avances en la crisis entre Moscú y Kiev
La cumbre Unión Europea-Asia asistió este viernes a un poderoso esfuerzo diplomático para desbloquear la crisis de Ucrania. Pero el resultado se limitó a frágiles síntomas de una voluntad de acercamiento que no se tradujeron en ningún avance sólido. El presidente ruso, Vladímir Putin, reconoció que la ley de autonomías aprobada por Kiev “no es ideal, pero va en la buena dirección” y apuntó a algunos progresos en la negociación sobre el gas. Pero sus tres encuentros a lo largo del día con su homólogo ucranio, Petró Poroshenko, no produjeron avances significativos y, en materia de gas, el líder ruso llamó a Europa a “respaldar a Ucrania y ayudarla a resolver el problema [del pago del gas]”. Ambos líderes celebraron dos reuniones junto a otros líderes europeos, y una tercera en formato bilateral. La noche del jueves, Putin se reunió durante casi tres horas con la canciller alemana, Angela Merkel, que acabó, según fuentes del Kremlin, con fuertes divergencias.
Putin había aterrizado en Milán más tarde de lo previsto, procedente de Belgrado, donde además de asistir a un gran desfile militar para conmemorar el 70 aniversario de la liberación de la ciudad por parte del Ejército soviético, ya advirtió de su escaso espíritu negociador: “Si vemos que los socios ucranios empiezan a tomar de forma no autorizada nuestro gas del conducto de exportación, entonces, como ya hicimos en 2008, reduciremos el volumen de la exportación en concordancia con el gas robado”. No parecía la mejor manera de presentarse a una mesa de negociación, pero además Putin llegó tarde a su cita preliminar con Angela Merkel, a la que volvió a dejar plantada para irse a cenar con su viejo amigo Silvio Berlusconi —quien, por cierto, tuvo que pedir permiso al juez de vigilancia penitenciaria para que le permitiese pernoctar fuera de su residencia habitual de Arcore—.
Así, en la mañana del viernes, la tensión y el poco sueño se dejaron notar en el rostro de los participantes de un encuentro celebrado en la Prefectura de Milán y en el que, además de Putin y Poroshenko, participaron el primer ministro, Matteo Renzi, quien además ejerce la presidencia rotatoria de la UE; Merkel; el primer ministro británico, David Cameron, y los presidentes del Consejo y la Comisión europeos, Herman Van Rompuy y José Manuel Durão Barroso. Las escasas imágenes, aunque sin sonido, distribuidas por la organización de la cumbre resultaron evocadoras de la mala onda reinante. Los padrinos del encuentro terminaron siendo padrinos del duelo entre Putin y Cameron, dos huesos duros de roer. El encargado de divulgar la temperatura real de la situación fue el portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, quien admitió sin paños calientes el fracaso del encuentro: “Algunos de los participantes han manifestado una absoluta renuencia a intentar ser objetivos a la hora de valorar los sucesos en el este de Ucrania. Sus posturas son inflexibles y absolutamente llenas de prejuicios”.
Solo Renzi y Barroso se mostraron optimistas, tanto que daba la impresión de que habían asistido a otra reunión, pero enseguida habló Cameron y dejó claro a quién se refería el portavoz del Kremlin cuando criticó la nula flexibilidad de “algunos”. El primer ministro británico insistió en que Moscú debe comprometerse con el protocolo de Minsk, que fija las condiciones del alto el fuego —más teórico que práctico— entre Ucrania y los separatistas prorrusos. Advirtió David Cameron: “Si Rusia no adopta acciones para poner en práctica lo acordado y no saca las tropas rusas y las armas pesadas fuera de Ucrania, entonces, claramente, la Unión Europea, incluido Reino Unido, deberá mantener las sanciones y la presión”. El Kremlin le respondió con un comunicado en el que puntualizaba que la cuestión de las sanciones no fue tratada durante el encuentro.
Hubo todavía otro intento —el tercero en apenas 12 horas— de salvar los trastos y, de paso, el balance de una cumbre euroasiática que, pese a la presencia de 51 países y la envergadura de los temas enunciados —desde los puramente comerciales a la manera de combatir el ébola o la amenaza del terrorismo islámico—, solo presentaba un verdadero plato fuerte en el menú: la consecución de un acuerdo entre Putin y Poroshenko.
Los dos líderes aceptaron reunirse de nuevo en un hotel, pero ya solo con Merkel y Hollande, el formato conocido como Cuarteto de Normandía. De ahí, por fin, surgió un acuerdo muy de mínimos que, según el presidente de Ucrania, consistiría en que ambas partes se obligan de nuevo a respetar el protocolo de Minsk y a elaborar un nuevo contrato para resolver la disputa del gas. Un conflicto que, además de sobre las dos naciones directamente implicadas, se cierne sobre toda la Unión Europea. La entrada en acción inminente del general invierno hace que la advertencia de Putin de cerrar la llave del gas se convierta en toda una amenaza.
Así, en la mañana del viernes, la tensión y el poco sueño se dejaron notar en el rostro de los participantes de un encuentro celebrado en la Prefectura de Milán y en el que, además de Putin y Poroshenko, participaron el primer ministro, Matteo Renzi, quien además ejerce la presidencia rotatoria de la UE; Merkel; el primer ministro británico, David Cameron, y los presidentes del Consejo y la Comisión europeos, Herman Van Rompuy y José Manuel Durão Barroso. Las escasas imágenes, aunque sin sonido, distribuidas por la organización de la cumbre resultaron evocadoras de la mala onda reinante. Los padrinos del encuentro terminaron siendo padrinos del duelo entre Putin y Cameron, dos huesos duros de roer. El encargado de divulgar la temperatura real de la situación fue el portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, quien admitió sin paños calientes el fracaso del encuentro: “Algunos de los participantes han manifestado una absoluta renuencia a intentar ser objetivos a la hora de valorar los sucesos en el este de Ucrania. Sus posturas son inflexibles y absolutamente llenas de prejuicios”.
Solo Renzi y Barroso se mostraron optimistas, tanto que daba la impresión de que habían asistido a otra reunión, pero enseguida habló Cameron y dejó claro a quién se refería el portavoz del Kremlin cuando criticó la nula flexibilidad de “algunos”. El primer ministro británico insistió en que Moscú debe comprometerse con el protocolo de Minsk, que fija las condiciones del alto el fuego —más teórico que práctico— entre Ucrania y los separatistas prorrusos. Advirtió David Cameron: “Si Rusia no adopta acciones para poner en práctica lo acordado y no saca las tropas rusas y las armas pesadas fuera de Ucrania, entonces, claramente, la Unión Europea, incluido Reino Unido, deberá mantener las sanciones y la presión”. El Kremlin le respondió con un comunicado en el que puntualizaba que la cuestión de las sanciones no fue tratada durante el encuentro.
Hubo todavía otro intento —el tercero en apenas 12 horas— de salvar los trastos y, de paso, el balance de una cumbre euroasiática que, pese a la presencia de 51 países y la envergadura de los temas enunciados —desde los puramente comerciales a la manera de combatir el ébola o la amenaza del terrorismo islámico—, solo presentaba un verdadero plato fuerte en el menú: la consecución de un acuerdo entre Putin y Poroshenko.
Los dos líderes aceptaron reunirse de nuevo en un hotel, pero ya solo con Merkel y Hollande, el formato conocido como Cuarteto de Normandía. De ahí, por fin, surgió un acuerdo muy de mínimos que, según el presidente de Ucrania, consistiría en que ambas partes se obligan de nuevo a respetar el protocolo de Minsk y a elaborar un nuevo contrato para resolver la disputa del gas. Un conflicto que, además de sobre las dos naciones directamente implicadas, se cierne sobre toda la Unión Europea. La entrada en acción inminente del general invierno hace que la advertencia de Putin de cerrar la llave del gas se convierta en toda una amenaza.
Putin había aterrizado en Milán más tarde de lo previsto, procedente de Belgrado, donde además de asistir a un gran desfile militar para conmemorar el 70 aniversario de la liberación de la ciudad por parte del Ejército soviético, ya advirtió de su escaso espíritu negociador: “Si vemos que los socios ucranios empiezan a tomar de forma no autorizada nuestro gas del conducto de exportación, entonces, como ya hicimos en 2008, reduciremos el volumen de la exportación en concordancia con el gas robado”. No parecía la mejor manera de presentarse a una mesa de negociación, pero además Putin llegó tarde a su cita preliminar con Angela Merkel, a la que volvió a dejar plantada para irse a cenar con su viejo amigo Silvio Berlusconi —quien, por cierto, tuvo que pedir permiso al juez de vigilancia penitenciaria para que le permitiese pernoctar fuera de su residencia habitual de Arcore—.
Así, en la mañana del viernes, la tensión y el poco sueño se dejaron notar en el rostro de los participantes de un encuentro celebrado en la Prefectura de Milán y en el que, además de Putin y Poroshenko, participaron el primer ministro, Matteo Renzi, quien además ejerce la presidencia rotatoria de la UE; Merkel; el primer ministro británico, David Cameron, y los presidentes del Consejo y la Comisión europeos, Herman Van Rompuy y José Manuel Durão Barroso. Las escasas imágenes, aunque sin sonido, distribuidas por la organización de la cumbre resultaron evocadoras de la mala onda reinante. Los padrinos del encuentro terminaron siendo padrinos del duelo entre Putin y Cameron, dos huesos duros de roer. El encargado de divulgar la temperatura real de la situación fue el portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, quien admitió sin paños calientes el fracaso del encuentro: “Algunos de los participantes han manifestado una absoluta renuencia a intentar ser objetivos a la hora de valorar los sucesos en el este de Ucrania. Sus posturas son inflexibles y absolutamente llenas de prejuicios”.
Solo Renzi y Barroso se mostraron optimistas, tanto que daba la impresión de que habían asistido a otra reunión, pero enseguida habló Cameron y dejó claro a quién se refería el portavoz del Kremlin cuando criticó la nula flexibilidad de “algunos”. El primer ministro británico insistió en que Moscú debe comprometerse con el protocolo de Minsk, que fija las condiciones del alto el fuego —más teórico que práctico— entre Ucrania y los separatistas prorrusos. Advirtió David Cameron: “Si Rusia no adopta acciones para poner en práctica lo acordado y no saca las tropas rusas y las armas pesadas fuera de Ucrania, entonces, claramente, la Unión Europea, incluido Reino Unido, deberá mantener las sanciones y la presión”. El Kremlin le respondió con un comunicado en el que puntualizaba que la cuestión de las sanciones no fue tratada durante el encuentro.
Hubo todavía otro intento —el tercero en apenas 12 horas— de salvar los trastos y, de paso, el balance de una cumbre euroasiática que, pese a la presencia de 51 países y la envergadura de los temas enunciados —desde los puramente comerciales a la manera de combatir el ébola o la amenaza del terrorismo islámico—, solo presentaba un verdadero plato fuerte en el menú: la consecución de un acuerdo entre Putin y Poroshenko.
Los dos líderes aceptaron reunirse de nuevo en un hotel, pero ya solo con Merkel y Hollande, el formato conocido como Cuarteto de Normandía. De ahí, por fin, surgió un acuerdo muy de mínimos que, según el presidente de Ucrania, consistiría en que ambas partes se obligan de nuevo a respetar el protocolo de Minsk y a elaborar un nuevo contrato para resolver la disputa del gas. Un conflicto que, además de sobre las dos naciones directamente implicadas, se cierne sobre toda la Unión Europea. La entrada en acción inminente del general invierno hace que la advertencia de Putin de cerrar la llave del gas se convierta en toda una amenaza.
Así, en la mañana del viernes, la tensión y el poco sueño se dejaron notar en el rostro de los participantes de un encuentro celebrado en la Prefectura de Milán y en el que, además de Putin y Poroshenko, participaron el primer ministro, Matteo Renzi, quien además ejerce la presidencia rotatoria de la UE; Merkel; el primer ministro británico, David Cameron, y los presidentes del Consejo y la Comisión europeos, Herman Van Rompuy y José Manuel Durão Barroso. Las escasas imágenes, aunque sin sonido, distribuidas por la organización de la cumbre resultaron evocadoras de la mala onda reinante. Los padrinos del encuentro terminaron siendo padrinos del duelo entre Putin y Cameron, dos huesos duros de roer. El encargado de divulgar la temperatura real de la situación fue el portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, quien admitió sin paños calientes el fracaso del encuentro: “Algunos de los participantes han manifestado una absoluta renuencia a intentar ser objetivos a la hora de valorar los sucesos en el este de Ucrania. Sus posturas son inflexibles y absolutamente llenas de prejuicios”.
Solo Renzi y Barroso se mostraron optimistas, tanto que daba la impresión de que habían asistido a otra reunión, pero enseguida habló Cameron y dejó claro a quién se refería el portavoz del Kremlin cuando criticó la nula flexibilidad de “algunos”. El primer ministro británico insistió en que Moscú debe comprometerse con el protocolo de Minsk, que fija las condiciones del alto el fuego —más teórico que práctico— entre Ucrania y los separatistas prorrusos. Advirtió David Cameron: “Si Rusia no adopta acciones para poner en práctica lo acordado y no saca las tropas rusas y las armas pesadas fuera de Ucrania, entonces, claramente, la Unión Europea, incluido Reino Unido, deberá mantener las sanciones y la presión”. El Kremlin le respondió con un comunicado en el que puntualizaba que la cuestión de las sanciones no fue tratada durante el encuentro.
Hubo todavía otro intento —el tercero en apenas 12 horas— de salvar los trastos y, de paso, el balance de una cumbre euroasiática que, pese a la presencia de 51 países y la envergadura de los temas enunciados —desde los puramente comerciales a la manera de combatir el ébola o la amenaza del terrorismo islámico—, solo presentaba un verdadero plato fuerte en el menú: la consecución de un acuerdo entre Putin y Poroshenko.
Los dos líderes aceptaron reunirse de nuevo en un hotel, pero ya solo con Merkel y Hollande, el formato conocido como Cuarteto de Normandía. De ahí, por fin, surgió un acuerdo muy de mínimos que, según el presidente de Ucrania, consistiría en que ambas partes se obligan de nuevo a respetar el protocolo de Minsk y a elaborar un nuevo contrato para resolver la disputa del gas. Un conflicto que, además de sobre las dos naciones directamente implicadas, se cierne sobre toda la Unión Europea. La entrada en acción inminente del general invierno hace que la advertencia de Putin de cerrar la llave del gas se convierta en toda una amenaza.
Con información de
El País
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