Buenos Aires
Día De Furia: ¿por qué no nos matamos todos?
Sábado 08 de
Noviembre 2014
En los últimos días se produjeron diversos hechos de violencia urbana, tanto en Capital Federal como en la provincia de Buenos Aires y en el interior, que nos lleva a pensar algo: ¿qué nos pasa como sociedad?
Semana tras semana las noticias respecto a hechos de violencia inundan los medios: el tirador de Las Cañitas, el "loco" del martillo, el vecino pistolero de Garín o el "justiciero" del hacha en Recoleta, actos todos que no son más que una mínima expresión de lo que acontece en nuestra sociedad día tras día en cualquiera de sus ámbitos: las calles, los colegios, los recintos gubernamentales o los estadios deportivos. Así entonces no podemos más que preguntarnos, ¿por qué tanta violencia?
Sin embargo, ante la generalización de los actos violentos, tal vez la pregunta más pertinente sea otra: ¿por qué no nos matamos todos?
A esta altura de las circunstancias, llama más la atención que no nos hayamos violentado masivamente los unos a los otros. De esta manera, inmersos en un tiempo donde la intimidación, los actos de fuerza y las demostraciones agresivas son moneda corriente, se nos vuelve pertinente buscar una explicación acerca de su origen como forma de empezar a vislumbrar una salida o una solución.
En primer lugar podemos animarnos a señalar una de las causas principales en el deterioro de la comunicación verbal como método para el entendimiento. Ernst Cassirer definía al ser humano como "animal simbólico", es decir, como la única especie capaz de hacer intervenir al símbolo entre el estímulo y la respuesta. Sin lugar a dudas, la comunicación está estrechamente relacionada con el símbolo ya que uno da a entender una idea mediante la puesta en palabras de sentimientos, emociones y pensamientos. Por supuesto que para que pueda cumplirse, han de existir al menos dos partes: emisor y receptor. Por ende, si el receptor no comprende los símbolos del emisor, el diálogo será imposible.
Lo que sucede hoy por hoy es que se ha menoscabado nuestra capacidad simbólica, ya sea la del emisor que no es capaz de conceptualizar sus pensamientos o la del receptor que no puede asimilar esos símbolos que recibe. Entonces, cuando esta dimensión desaparece da lugar a la pre-simbólica, la pre-conceptual, aquella que nos conduce al camino de la fuerza para dar a entender nuestro parecer.
Veamos si no el caso del hombre que, vista la salida de su cochera obstaculizada y ante la negativa gubernamental de actuar en circunstancia, optó por manifestar su descontento destruyendo el vehículo con un hacha. Él mismo podría justificarse diciendo que comenzó siendo "simbólico" (señalizó su cochera mencionando la prohibición de estacionar y llamó a la grúa) pero no hubo receptor que volviera la comunicación eficaz, por lo que debió recurrir a lo pre-simbólico para ser tenido en cuenta. ¿Acaso debe hacer falta acudir al uso de la violencia para ser escuchado?
Independientemente de los casos que son producto de algún brote psicótico, la gran mayoría de eventos tales como los de Garín se pueden leer desde esta perspectiva: por algún motivo el diálogo no fue efectivo y la palabra no fue tenida en cuenta.
En definitiva, cuando no sabemos cómo canalizar nuestras emociones más insubordinadas, recaemos en la violencia porque es nuestra manera más instintiva de expelerlas; pero si cuando buscamos el diálogo nuestro receptor no muestra ninguna disposición a tenernos en cuenta, también recurrimos a la violencia para así poder conmoverlo y que entienda nuestra situación o, al menos, que se someta a ella.
Así pues, en una sociedad que enseña a ser competitivo hasta el fin de nuestros días, ninguno de nosotros se siente tan preparado para una acción cooperativa como para una coercitiva en la cual dispondremos todos nuestros medios para ser los vencedores y así imponer condiciones.
En conclusión, ¿se puede solucionar tanta violencia o sólo debe controlarse? Tal vez sea muy utópico plantear un estado de pura comunicación en donde cualquier conflicto se supere a través del diálogo y la dimensión simbólica; la historia nos demuestra lo contrario. Sin embargo, la capacidad de aprender a resignificar nuestras emociones violentas y dejar de ver al otro como un enemigo, como un mero medio para un fin deseado, sigue presente en cada uno de nosotros. Ahora bien la cuestión reside en saber si estamos dispuestos a aceptar el sacrificio que implica sacarla a la luz; tal vez aquí encontremos la respuesta acerca de por qué no nos matamos todos.
Sin embargo, ante la generalización de los actos violentos, tal vez la pregunta más pertinente sea otra: ¿por qué no nos matamos todos?
A esta altura de las circunstancias, llama más la atención que no nos hayamos violentado masivamente los unos a los otros. De esta manera, inmersos en un tiempo donde la intimidación, los actos de fuerza y las demostraciones agresivas son moneda corriente, se nos vuelve pertinente buscar una explicación acerca de su origen como forma de empezar a vislumbrar una salida o una solución.
En primer lugar podemos animarnos a señalar una de las causas principales en el deterioro de la comunicación verbal como método para el entendimiento. Ernst Cassirer definía al ser humano como "animal simbólico", es decir, como la única especie capaz de hacer intervenir al símbolo entre el estímulo y la respuesta. Sin lugar a dudas, la comunicación está estrechamente relacionada con el símbolo ya que uno da a entender una idea mediante la puesta en palabras de sentimientos, emociones y pensamientos. Por supuesto que para que pueda cumplirse, han de existir al menos dos partes: emisor y receptor. Por ende, si el receptor no comprende los símbolos del emisor, el diálogo será imposible.
Lo que sucede hoy por hoy es que se ha menoscabado nuestra capacidad simbólica, ya sea la del emisor que no es capaz de conceptualizar sus pensamientos o la del receptor que no puede asimilar esos símbolos que recibe. Entonces, cuando esta dimensión desaparece da lugar a la pre-simbólica, la pre-conceptual, aquella que nos conduce al camino de la fuerza para dar a entender nuestro parecer.
Veamos si no el caso del hombre que, vista la salida de su cochera obstaculizada y ante la negativa gubernamental de actuar en circunstancia, optó por manifestar su descontento destruyendo el vehículo con un hacha. Él mismo podría justificarse diciendo que comenzó siendo "simbólico" (señalizó su cochera mencionando la prohibición de estacionar y llamó a la grúa) pero no hubo receptor que volviera la comunicación eficaz, por lo que debió recurrir a lo pre-simbólico para ser tenido en cuenta. ¿Acaso debe hacer falta acudir al uso de la violencia para ser escuchado?
Independientemente de los casos que son producto de algún brote psicótico, la gran mayoría de eventos tales como los de Garín se pueden leer desde esta perspectiva: por algún motivo el diálogo no fue efectivo y la palabra no fue tenida en cuenta.
En definitiva, cuando no sabemos cómo canalizar nuestras emociones más insubordinadas, recaemos en la violencia porque es nuestra manera más instintiva de expelerlas; pero si cuando buscamos el diálogo nuestro receptor no muestra ninguna disposición a tenernos en cuenta, también recurrimos a la violencia para así poder conmoverlo y que entienda nuestra situación o, al menos, que se someta a ella.
Así pues, en una sociedad que enseña a ser competitivo hasta el fin de nuestros días, ninguno de nosotros se siente tan preparado para una acción cooperativa como para una coercitiva en la cual dispondremos todos nuestros medios para ser los vencedores y así imponer condiciones.
En conclusión, ¿se puede solucionar tanta violencia o sólo debe controlarse? Tal vez sea muy utópico plantear un estado de pura comunicación en donde cualquier conflicto se supere a través del diálogo y la dimensión simbólica; la historia nos demuestra lo contrario. Sin embargo, la capacidad de aprender a resignificar nuestras emociones violentas y dejar de ver al otro como un enemigo, como un mero medio para un fin deseado, sigue presente en cada uno de nosotros. Ahora bien la cuestión reside en saber si estamos dispuestos a aceptar el sacrificio que implica sacarla a la luz; tal vez aquí encontremos la respuesta acerca de por qué no nos matamos todos.
Con información de
minutouno

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