Hillary Clinton afronta nuevas dudas sobre su honestidad

Lunes 25 de Mayo 2015

Los donativos a la fundación familiar, los cobros por discursos y los correos electrónicos ocultos marcan la nueva campaña

Hillary Clinton, aspirante demócrata a la Casa Blanca, afronta nuevas dudas sobre su honestidad. Desde que en abril anunció su candidatura a las presidenciales de 2016, el goteo es incesante: donativos interesados a su fundación filantrópica, cobros millonarios por sus discursos y por los de su marido, el expresidente Bill Clinton, correos electrónicos ocultos en su etapa como secretaria de Estado. Por ahora nadie ha probado ninguna ilegalidad y los efectos en los sondeos son mínimos.

Los Clinton son una presencia constante para los estadounidenses desde hace décadas. Sus falsos y verdaderos escándalos, de Whitewater a Lewinsky, forman parte del vocabulario político de este país.

Una imagen, próxima a la caricatura, se ha afianzado con los años en el mundo mediático y político: la de una pareja, Bill y Hillary Clinton, siempre al filo de la legalidad o de lo éticamente aceptable. Con los Clinton, que llevan casi cuarenta años en el poder o en sus aledaños, cada gesto es susceptible de llevar una intención oculta; cada negocio, un indicio de corrupción.

Una figura clave de la política estadounidense, que ayuda a entender muchas obsesiones del Washington contemporáneo, es Richard Nixon, el presidente que cayó por el escándalo Watergate. Es el término comparativo que usan algunos detractores de Hillary Clinton, candidata a las presidenciales de noviembre de 2016. “No es Nixon. No hay pruebas de que haya hecho nada parecido a lo que ocurrió en la Administración Nixon”, zanja el historiador Julian Zelizer. “Pero vive bajo la sombra de Nixon”. Como todos los políticos desde los años 70, añade.

La campaña de Hillary Clinton —ex primera dama, exsenadora, ex secretaria de Estado- arrancó a mediados de abril. Desde entonces no hay semana que no se filtre o se divulgue una información que alimente la desconfianza.


Ya ocurrió en 2008, cuando se enfrentó a Barack Obama en las primarias para la nominación demócrata y Obama basó parte de su estrategia en minar la credibilidad de Clinton. Ahora el foco apunta a la Fundación Clinton. El trabajo filtrantrópico de la fundación está fuera de duda. El problema son los donativos de individuos, empresas y gobiernos extranjeros. Cuando Obama nombró a Clinton secretaria de Estado, en 2009, afloró la posibilidad de que otros países influyeran, por medio de la fundación, en la política exterior de EE UU.

En las últimas semanas se ha publicado un libro —Clinton cash, del conservador Peter Schweizer- e investigaciones en la prensa que arrojan más sospechas. The New York Times se centró en los donativos —millones de dólares- de inversores de un fabricante canadiense de uranio interesado en que la Administración Obama, mientras Clinton era secretaria de Estado, aprobase su venta a la agencia atómica rusa, Rosatom.

La Administración acabó aprobando la venta. No hay pruebas de que Clinton participara en la autorización, ni de que esta tuviera que ver con el donativo. Pero la apariencia de conflicto de intereses y de búsqueda de favores extiende una sombra sobre la candidata.

“Los Clinton”, dice Zelizer, “llevan mucho tiempo en política, y este es un sistema en que el dinero se halla por doquier”. El corolario: es inevitable que ambos carguen con un bagaje incómodo y que el dinero —el que han cobrado o el que ha recibido su fundación- esté bajo lupa. También lo está su credibilidad, su fiabilidad: el carácter, como dicen en EE UU. Es decir, la honestidad.

Episodios recientes apuntan en esta dirección. Primero, el de los correos electrónicos de Clinton durante su etapa al frente del Departamento de Estado, correos privados aunque su uso era profesional. Y segundo, el de los ingresos por los discursos de ambos, algunos financiados por entidades con intereses en EE UU: más de 25 millones de dólares desde el inicio 2014.

Nada de esto parece dañarla ante los votantes. En los sondeos, Clinton saca más de un 50% de votos a cualquier rival demócrata en las primarias y batiría a cualquier republicano en las presidenciales.
Con información de EL PAÍS

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