ÁFRICA
Boko Haram: terror, guerra y hambre
Domingo 26 de
Marzo 2017
A casi tres años del secuestro de más de 200 niñas que le dio notoriedad global a la secta islamista, sus crímenes se multiplican. En Nigeria y países vecinos, miles de personas huyen de los ataques en un éxodo que los expone a un enemigo sin armas, pero letal.
Laraba está sentada en medio de su choza de paja esquelética y abraza el cuerpo de Kubi, un cuerpecito frágil. Kubi llora, afónico. Afuera, cientos de chozas, otros cientos de cuerpos arrastran sus pies por el desierto. Se empeñan en luchar contra el viento. Porque el harmatán es más que un viento: es aire con arena y polvo que todo lo abraza. Ese viento no acaricia los cuerpos, los desgarra.
Más de 300 mil personas han quedado varadas en el desierto del sur de Níger huyendo de la violencia de Boko Haram. El conflicto con este grupo armado no sólo ha desestabilizado las ciudades y comunidades rurales del noroeste de Nigeria, sino que se ha atrevido a cruzar fronteras y a atacar poblados de países vecinos como Níger, Chad y Camerún.
Kubi tiene un año y medio y sufre malnutrición severa. Huyó de Nigeria con su abuela, hermanas y primos cuando Boko Haram entró en su pueblo por la noche y arrasó, saqueó y asesinó a su madre y a su padre. Todos los relatos tienen la misma simiente, la llegada de los demonios, el horror de la violencia y la huida. Esa es la trágica memoria colectiva.
La violencia surge como herencia de un proceso de descolonización que, una vez más, enemistó a creyentes, enfrentó a etnias y linajes, levantó fronteras que separan comunidades y distribuyó la riqueza de manera desigual, dejando al país fracturado en dos. El sur, de mayoría cristiana, con tierras fértiles, industria y petróleo como sostén de una economía cada vez más creciente. Y el norte, de mayoría musulmana, tierras inhóspitas sedientas, con altas tasas de pobreza, desempleo y analfabetismo, comunidades ganaderas que buscan sobrevivir con pequeñas producciones hortícolas en una situación de extrema vulnerabilidad.
En la provincia de Borno, al noroeste de Nigeria, se gestó Boko Haram, que podría traducirse como “la educación occidental es pecado”. Su líder fundador fue Utas Mohamed Yosef, un clérigo musulmán que hasta ese entonces criticaba al Gobierno a través de sus “Jubtas” en la mezquita de Maiduguri. En 2009 llamó a sus seguidores a las armas. Terminaría ese año ejecutado por la policía en plena calle. Heredó el liderazgo Abubaker Shekau quien, en 2011, modificó la estrategia del grupo y viró hacia la barbarie. Sin contemplaciones, arrasaba lo que tenía enfrente y dejó al Ejército nigeriano desorientado y diezmado.
En 2014 “#bringbackourgirls” (“traigan a nuestras niñas a casa”) abrió la portada de periódicos en todo el mundo. El grupo armado había secuestrado el 14 de abril de ese año a más de 200 niñas en una escuela de Chibok (pueblo situado a unos 100 kilómetros de Maiduguri). La mayoría de esas niñas aún no han sido liberadas. Este incidente no describe la real tragedia de esta práctica. Se calcula que hay más de 10 mil mujeres y niñas que han sido secuestradas por Boko Haram desde el inicio de la guerra.
Leales al “califato”
Al final de 2014, Boko Haram se declaró (unilateralmente) filial del Estado Islámico.
Con el objetivo final de instaurar un califato, las acciones hacia la población civil se intensificaron. Se instauró la violencia sin razón.
Atravesaron el norte de Nigeria, cruzaron a Níger, Chad y Camerún asaltando aldeas y pueblos para conseguir comida. Esclavizando a mujeres y niñas que eran violadas en las mayoría de los casos y muchas obligadas a casarse con combatientes. Secuestrando a hombres y niños para reclutarlos como combatientes. Asaltando puestos militares para conseguir armas. Utilizando a hombres, mujeres, niñas y niños suicidas para atacar mercados y espacios públicos.
Este horror ha provocado que más 2,6 millones de personas hayan tenido que abandonar sus vidas y pasar a formar parte de ese éxodo de desplazados y refugiados que se extiende por toda la cuenca del lago Chad.
La Organización de Naciones Unidas estima en 11 millones las víctimas del conflicto en términos humanitarios. Se calcula que unas 150 mil personas han sido asesinadas.
Pero los desplazamientos, el reclutamiento forzoso, las torturas, los asesinatos, las violaciones no son las únicas tragedias de este conflicto. El hambre es la otra herida de esta guerra. De esa violencia surgió esta hambre.
Mientras, la ONU declara que el mundo atraviesa la mayor crisis humanitaria desde 1945. Más de 20 millones de personas están al borde de la muerte segura por inanición y millones más corren riesgo inmediato de morir por enfermedades asociadas a la falta de alimentos y agua potable en países como Yemen, Sudán del Sur, Somalía y Nigeria.
Al menos dos mil personas han muerto de hambre sólo en la provincia de Borno. Siete millones están en riesgo por esa hambruna.
Con mirada cordobesa. Pablo Tosco es un foto-videoperiodista cordobés, de 41 años. Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba y máster en Documental Creativo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Reside en la capital catalana y trabaja desde hace más de 12 años en Oxfam Intermón. Desde 2004 viaja con esta ONG por África, América latina y Asia.
Más de 300 mil personas han quedado varadas en el desierto del sur de Níger huyendo de la violencia de Boko Haram. El conflicto con este grupo armado no sólo ha desestabilizado las ciudades y comunidades rurales del noroeste de Nigeria, sino que se ha atrevido a cruzar fronteras y a atacar poblados de países vecinos como Níger, Chad y Camerún.
Kubi tiene un año y medio y sufre malnutrición severa. Huyó de Nigeria con su abuela, hermanas y primos cuando Boko Haram entró en su pueblo por la noche y arrasó, saqueó y asesinó a su madre y a su padre. Todos los relatos tienen la misma simiente, la llegada de los demonios, el horror de la violencia y la huida. Esa es la trágica memoria colectiva.
La violencia surge como herencia de un proceso de descolonización que, una vez más, enemistó a creyentes, enfrentó a etnias y linajes, levantó fronteras que separan comunidades y distribuyó la riqueza de manera desigual, dejando al país fracturado en dos. El sur, de mayoría cristiana, con tierras fértiles, industria y petróleo como sostén de una economía cada vez más creciente. Y el norte, de mayoría musulmana, tierras inhóspitas sedientas, con altas tasas de pobreza, desempleo y analfabetismo, comunidades ganaderas que buscan sobrevivir con pequeñas producciones hortícolas en una situación de extrema vulnerabilidad.
En la provincia de Borno, al noroeste de Nigeria, se gestó Boko Haram, que podría traducirse como “la educación occidental es pecado”. Su líder fundador fue Utas Mohamed Yosef, un clérigo musulmán que hasta ese entonces criticaba al Gobierno a través de sus “Jubtas” en la mezquita de Maiduguri. En 2009 llamó a sus seguidores a las armas. Terminaría ese año ejecutado por la policía en plena calle. Heredó el liderazgo Abubaker Shekau quien, en 2011, modificó la estrategia del grupo y viró hacia la barbarie. Sin contemplaciones, arrasaba lo que tenía enfrente y dejó al Ejército nigeriano desorientado y diezmado.
En 2014 “#bringbackourgirls” (“traigan a nuestras niñas a casa”) abrió la portada de periódicos en todo el mundo. El grupo armado había secuestrado el 14 de abril de ese año a más de 200 niñas en una escuela de Chibok (pueblo situado a unos 100 kilómetros de Maiduguri). La mayoría de esas niñas aún no han sido liberadas. Este incidente no describe la real tragedia de esta práctica. Se calcula que hay más de 10 mil mujeres y niñas que han sido secuestradas por Boko Haram desde el inicio de la guerra.
Leales al “califato”
Al final de 2014, Boko Haram se declaró (unilateralmente) filial del Estado Islámico.
Con el objetivo final de instaurar un califato, las acciones hacia la población civil se intensificaron. Se instauró la violencia sin razón.
Atravesaron el norte de Nigeria, cruzaron a Níger, Chad y Camerún asaltando aldeas y pueblos para conseguir comida. Esclavizando a mujeres y niñas que eran violadas en las mayoría de los casos y muchas obligadas a casarse con combatientes. Secuestrando a hombres y niños para reclutarlos como combatientes. Asaltando puestos militares para conseguir armas. Utilizando a hombres, mujeres, niñas y niños suicidas para atacar mercados y espacios públicos.
Este horror ha provocado que más 2,6 millones de personas hayan tenido que abandonar sus vidas y pasar a formar parte de ese éxodo de desplazados y refugiados que se extiende por toda la cuenca del lago Chad.
La Organización de Naciones Unidas estima en 11 millones las víctimas del conflicto en términos humanitarios. Se calcula que unas 150 mil personas han sido asesinadas.
Pero los desplazamientos, el reclutamiento forzoso, las torturas, los asesinatos, las violaciones no son las únicas tragedias de este conflicto. El hambre es la otra herida de esta guerra. De esa violencia surgió esta hambre.
Mientras, la ONU declara que el mundo atraviesa la mayor crisis humanitaria desde 1945. Más de 20 millones de personas están al borde de la muerte segura por inanición y millones más corren riesgo inmediato de morir por enfermedades asociadas a la falta de alimentos y agua potable en países como Yemen, Sudán del Sur, Somalía y Nigeria.
Al menos dos mil personas han muerto de hambre sólo en la provincia de Borno. Siete millones están en riesgo por esa hambruna.
Con mirada cordobesa. Pablo Tosco es un foto-videoperiodista cordobés, de 41 años. Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba y máster en Documental Creativo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Reside en la capital catalana y trabaja desde hace más de 12 años en Oxfam Intermón. Desde 2004 viaja con esta ONG por África, América latina y Asia.
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