El terror se apodera de Kabul tras el peor atentado en 15 años: 90 muertos
Jueves 01 de
Junio 2017
Un camión bomba estalló en una zona de la capital afgana que alberga el palacio presidencial, la sede de la Otan y embajadas. La cifra de víctimas por el ataque podría variar a raíz del estado de muchos de los 465 heridos.
En lo que va de 2017, los habitantes de Kabul vivieron ya muchos horrores: en un ataque a un hospital murieron al menos 49 personas; en otro atentado contra un convoy de la Otan, otras ocho, y en una acción suicida frente a los juzgados perdieron la vida 22 personas más. Pero el camión bomba que ayer a la mañana estalló en medio del barrio de las embajadas y de edificios del Gobierno en la capital afgana superó en atrocidad a todos los anteriores.
La detonación de un camión cisterna repleto de explosivos provocó el incendio de decenas de autos de civiles, que quedaron calcinados. También se veían cuerpos de transeúntes despedazados y, en oficinas cercanas, numerosas personas fueron heridas por cristales rotos a raíz de la onda expansiva. El estallido retumbó en toda la ciudad y estremeció a sus habitantes, como si los agresores hubiesen imaginado el peor escenario posible, y así lo concretaron.
Al menos 90 personas murieron, pero la cifra de víctimas podría crecer, mientras unas 465 personas resultaron heridas. En los hospitales se formaron largas colas de personas desesperadas que buscan a familiares.
Es el ataque más letal de los últimos 15 años. Hasta anoche se desconocía cuál fue el objetivo de los terroristas que lo perpetraron. La bomba estalló cerca de la Embajada alemana; pero, inicialmente, nadie señaló a los alemanes como objetivo del ataque.
Cerca del lugar hay muchos objetivos posibles: el palacio presidencial, los ministerios, el cuartel general de la Otan, muchas embajadas, pero también grandes supermercados y oficinas de megaempresas, como la de telecomunicaciones Roshan. Entre los muertos hay muchos trabajadores de esa compañía.
Tal vez, la detonación fue justo donde se preveía: en una calle concurrida entre dos altos muros de contención, que apenas pudieron resistir la onda expansiva, precisamente por donde cada mañana miles de personas pasan para ir a sus lugares de trabajo.
Los agresores, aún desconocidos, han atacado a un amplio espectro de afganos que trabajan, sobre todo, para el Gobierno, tan odiado por los islamistas, así como para extranjeros, a quienes los extremistas consideran “ocupantes”.
Además han sembrado el miedo en el corazón de mando del Gobierno y en aquellos que lo apoyan. La idea de que los agresores hayan podido entrar con tantos explosivos en el centro político del país resulta paralizante y contribuirá a que los afganos vean con pesimismo a su Gobierno, tan dividido como ineficaz. El atentado supone un nuevo golpe contra la democratización del país.
El ministro del Interior alemán, Thomas de Maiziere, dijo que Kabul es una ciudad a grandes rasgos segura a la cual se puede devolver a inmigrantes, como pensaba hacer Berlín con un grupo de afganos en las próximas horas. Pero ahora que el edifico principal de la embajada está destrozado y que la fuerte explosión dejó sólo el forjado de hierro, la situación podría revisarse.
Lo cierto es que Kabul no es una ciudad segura. En 2016 murieron tantos civiles como en la guerra civil de los ’90. Las cifras se dispararon un 75 por ciento respecto de 2015. Este año, la capital se sitúa a la cabeza de víctimas civiles en comparación con otras ciudades del país. En los últimos meses se podía respirar nerviosismo en Kabul; desde ayer se respira miedo.
Ramadán enlutado. El atentado se produjo en el cuarto día del mes sagrado de Ramadán y en hora clave de ingreso a oficinas y a empleos.
La detonación de un camión cisterna repleto de explosivos provocó el incendio de decenas de autos de civiles, que quedaron calcinados. También se veían cuerpos de transeúntes despedazados y, en oficinas cercanas, numerosas personas fueron heridas por cristales rotos a raíz de la onda expansiva. El estallido retumbó en toda la ciudad y estremeció a sus habitantes, como si los agresores hubiesen imaginado el peor escenario posible, y así lo concretaron.
Al menos 90 personas murieron, pero la cifra de víctimas podría crecer, mientras unas 465 personas resultaron heridas. En los hospitales se formaron largas colas de personas desesperadas que buscan a familiares.
Es el ataque más letal de los últimos 15 años. Hasta anoche se desconocía cuál fue el objetivo de los terroristas que lo perpetraron. La bomba estalló cerca de la Embajada alemana; pero, inicialmente, nadie señaló a los alemanes como objetivo del ataque.
Cerca del lugar hay muchos objetivos posibles: el palacio presidencial, los ministerios, el cuartel general de la Otan, muchas embajadas, pero también grandes supermercados y oficinas de megaempresas, como la de telecomunicaciones Roshan. Entre los muertos hay muchos trabajadores de esa compañía.
Tal vez, la detonación fue justo donde se preveía: en una calle concurrida entre dos altos muros de contención, que apenas pudieron resistir la onda expansiva, precisamente por donde cada mañana miles de personas pasan para ir a sus lugares de trabajo.
Los agresores, aún desconocidos, han atacado a un amplio espectro de afganos que trabajan, sobre todo, para el Gobierno, tan odiado por los islamistas, así como para extranjeros, a quienes los extremistas consideran “ocupantes”.
Además han sembrado el miedo en el corazón de mando del Gobierno y en aquellos que lo apoyan. La idea de que los agresores hayan podido entrar con tantos explosivos en el centro político del país resulta paralizante y contribuirá a que los afganos vean con pesimismo a su Gobierno, tan dividido como ineficaz. El atentado supone un nuevo golpe contra la democratización del país.
El ministro del Interior alemán, Thomas de Maiziere, dijo que Kabul es una ciudad a grandes rasgos segura a la cual se puede devolver a inmigrantes, como pensaba hacer Berlín con un grupo de afganos en las próximas horas. Pero ahora que el edifico principal de la embajada está destrozado y que la fuerte explosión dejó sólo el forjado de hierro, la situación podría revisarse.
Lo cierto es que Kabul no es una ciudad segura. En 2016 murieron tantos civiles como en la guerra civil de los ’90. Las cifras se dispararon un 75 por ciento respecto de 2015. Este año, la capital se sitúa a la cabeza de víctimas civiles en comparación con otras ciudades del país. En los últimos meses se podía respirar nerviosismo en Kabul; desde ayer se respira miedo.
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Con información de
lavoz
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