Las seis diferencias geopolíticas que separan a Alberto Fernández de Jair Bolsonaro y enfrían la relación bilateral entre Argentina y Brasil
Por:
Román Lejtman
Domingo 08 de
Marzo 2020
Más allá de la escasez de empatía personal entre ambos mandatarios del cono sur, la distancia aumenta por las profundas diferencias que tienen sobre asuntos clave de la agenda regional y global
Alberto Fernández no tiene apuro en protagonizar una cumbre con Jair Bolsonaro y tampoco le importa exhibir distancia personal y política. El Presidente asume la importancia de las relaciones bilaterales, pero Bolsonaro le produce un sarpullido ideológico que ya causó inesperadas situaciones palaciegas y puso en estado de alerta al Mercosur, que soportará en su próxima reunión en Asunción un fuerte debate interno entre Argentina y Brasil sobre su funcionamiento económico y su futuro institucional.
A fines de octubre del año pasado, Eduardo Bolsonaro -hijo del presidente brasileño- ejecutó un agrio estiletazo discriminatorio contra Estanislao Fernández, hijo del Jefe de estado. Bolsonaro nunca se disculpó, y Alberto Fernández jamás lo perdonará.
A continuación, el presidente brasileño cuestionó a Alberto Fernández por su defensa de la inocencia de Lula da Silva y calificó de mala manera la probable agenda de gobierno del Frente de Todos. Bolsonaro siempre apoyó a Mauricio Macri, y su capacidad para entender las reglas diplomáticas es limitada e intermitente.
En este contexto histórico, Alberto Fernández colocó en el freezer a su par brasileño y sólo mantiene la formalidad institucional a través de la Cancillería. Felipe Solá hace lo que puede -tampoco conoce mucho de política exterior- y pagó con creces un gesto de acercamiento político a Bolsonaro que el Presidente facturó al instante.
Durante la reunión entre Bolsonaro, Felipe Solá, Gustavo Béliz y Daniel Scioli, ocurrida hace casi cuatro semanas, el presidente del Brasil tuvo comentarios misóginos respecto a la Argentina y luego se sacó una fotografía junto al canciller, que aparecía con una sonrisa esplendorosa y sobrecargada.
Esa foto provocó una inesperada refriega palaciega: Alberto Fernández recriminó la posición de Sola ante Bolsonaro y no le habló por unos días.
La postura presidencial frente al jefe de Estado de Brasil es personal y política, y se expresa de esa manera en la intimidad del poder. Sergio Massa conoce a Alberto Fernández desde hace décadas y entendió el mensaje que transmitió con el abrupto silencio impuesto al Canciller.
La semana pasada, Massa visitó a Bolsonaro en su despacho, y se sacó casi 30 fotos oficiales y extraoficiales. En ninguna sonrió: y le avisó al Presidente.
Al margen de la Historia de las Dos Fotografías, que exhiben un estado de ánimo personal manifiesto, Alberto Fernández tiene profundas diferencias geopolíticas con Bolsonaro que implican una estrategia diferente de la Argentina ante la agenda de América Latina y el mundo. Brasil se plegó a la perspectiva global de Donald Trump, mientras que el presidente peronista pretende articular un proyecto de política exterior equidistante de la Casa Blanca y con soporte en México y la Unión Europea.
La posición de Bolsonaro en el sistema internacional creo un vacío geopolítico que Alberto Fernández intenta llenar con una ambiciosa agenda de relaciones exteriores. Bolsonaro reniega de la Unión Europea, repite los argumentos de Trump respecto a la crisis de Venezuela y apoya la reelección de Luis Almagro en la Organización de Estados Americanos (OEA). Esta agenda brasileña abre un espacio global inédito que el presidente quiere llenar con una diplomacia activa y ambiciosa.
Se trata de un programa que juega con el plegamiento de Bolsonaro a Washington y que carga con un eventual costo bilateral que Alberto Fernández debería evitar en la actual coyuntura económica del país. Bolsonaro es Trump, y si el Presidente va a explotar los alineamientos geopolíticos de su adversario regional, tendrá que ser muy cuidadoso para no entrar en una diagonal que complique la negociación con los bonistas internacionales y el Fondo Monetario Internacional (FMI).
La Guerra Fría terminó hace 30 años, pero el concepto de Área de Influencia continúa vigente y Argentina está al Sur de la Casa Blanca. Alberto Fernández considera que el país tiene “una dependencia cultural con los Estados Unidos”, y que “ha llegado el momento de ponerle fin”. Una concepción política que pertenece a la ética de las convicciones que delineó Max Weber, y que confronta con la ética de las responsabilidades en un momento que Argentina negocia 120.000 millones de dólares de deuda externa.
La primera diferencia de Alberto Fernández con Bolsonaro radica en el Acuerdo de París sobre cambio climático. Emmanuel Macron y Angela Merkel empujaron ese tratado histórico que el presidente respalda sin dudar. Bolsonaro llegó al poder y denunció el Tratado como en su tiempo lo hizo Trump. Estas diferencias sobre el destino ecológico del planeta, acerca a Alberto Fernández a Europa y aceita su estrategia de liderazgo regional ante el presidente de Brasil y su alianza full-full con la Casa Blanca.
La posición sobre la crisis en Venezuela también aumenta la distancia entre Alberto Fernández y Bolsonaro. Europa tiene a su Grupo de Contacto para resolver la salida de Nicolás Maduro, que confronta con el denominado Grupo de Lima, manejado por Estados Unidos, Brasil y Colombia. Argentina jugó aquí en épocas de Macri, pero su sucesor justicialista tomó distancia y se acercó a la propuesta que lideran España, Francia y Alemania.
La posición in extremis de Bolsonaro creó un espacio vacío con Europa que Alberto Fernández intenta capitalizar. A diferencia de la posición argentina respecto al Acuerdo del Cambio Climático, que causa cierto recelo en Washington, la mirada presidencial sobre Venezuela es observada con interés desde el Departamento de Estado. Trump no pudo forzar la caída de Maduro, el Grupo de Lima comienza a fosilizarse y el Grupo de Contacto ahora aparece como una variable diplomática verosímil.
En este esquema de relaciones exteriores, Alberto Fernández puede ofrecer una capacidad geopolítica que no tiene Bolsonaro: habla con Maduro, mantendrá la embajada en Caracas abierta y ya ha hecho movimientos solicitados por Trump en Venezuela que exhibieron su capacidad de negociación en las dos trincheras ideológicas.
Las diferencias entre Alberto Fernández y Bolsonaro también incluye al Mercosur. El presidente del Brasil pretende “flexibilizar” este foro regional para permitir que cualquiera de los cuatro socios pueda hacer acuerdos bilaterales al margen de los otros miembros del bloque multilateral. Bolsonaro empuja un tratado de libre comercio con Estados Unidos, y sin flexibilización del Mercosur no puede por sus normas de funcionamiento.
El presidente del Brasil es respaldado por Paraguay y Uruguay, mientras que Alberto Fernández sostiene lo contrario. “No creo que sea el momento de flexibilizar; creo que es tiempo de consolidar el Mercosur y trabajar juntos los cuatro países", aseguró el Jefe de Estado cuando le preguntaron al respecto.
La Cumbre del Mercosur será en Asunción a principios de julio. Paraguay y Uruguay sostienen con vehemencia los cánones del Libre Comercio y aseguran que la actual normativa del Mercosur limitan sus posibilidades de crecimiento económico. Alberto Fernández ya habló al respecto con Luis Lacalle Pou y Mario Abdo Benítez, y aún está en condiciones de inferioridad numérica.
En la Organización de Estados Americanos (OEA) y en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Alberto Fernández y Bolsonaro también medirán fuerzas. Estados Unidos y Brasil avalan la reelección de Luis Almagro, mientras que Argentina apoyada por México sostiene que su tiempo se ha terminado y ambos países están construyendo una candidatura que se despegue del guión que escribió el Departamento de Estado para la región.
La doble jugada que empuja Alberto Fernández en estos dos organismos clave del multilateralismo regional exhibe su vocación de crear un liderazgo en América Latina que aproveche la cercanía ideológica de Bolsonaro con Trump. Este proyecto -ambicioso y apoyado por México- embiste contra la táctica de acumulación de la Casa Blanca. Y abre un escenario de recelo que podría atenuar la predisposición de Washington a facilitar la negociación de la deuda externa.
Trump desea que Almagro sea reelecto, y si Argentina no avala su designación, la candidatura de Gustavo Beliz al BID es un fracaso asegurado. La Casa Blanca estaría dispuesta a aceptar un abstención al momento de la votación -el próximo 20 de marzo-, pero Alberto Fernández ya comunicó a la diplomacia norteamericana que votará en contra de Almagro.
“Estamos tratando de construir un espacio regional que nos representa, por eso no apoyamos la candidatura de Almagro”, explicó el presidente en Olivos.
-Pero su reelección está asegurada -le contestaron a Alberto Fernández mientras revisaba los mensajes que caían en su celular.
-Eso no es cierto -replicó el Presidente. Y añadió: "Se necesitan 18 votos, y todavía nadie los tiene. Podemos dar una sorpresa.
-No le preocupa que Estados Unidos respalde a Almagro, y Argentina está en plena negociación de la deuda externa...-le insistieron al Presidente.
-Ellos tienen una política exterior. Y nosotros la nuestra. Yo creo que es un horror votar a Almagro. Y Argentina no lo va a votar.
Juntos a las diferencias sobre el Cambio Climático, el Mercosur, la crisis en Venezuela y las candidaturas en la OEA y el BID, Alberto Fernández y Bolsonaro tampoco coinciden sobre Evo Morales y su caída política en Bolivia. El presidente argentino considera que Morales sufrió un golpe de Estado, asegura que no hizo fraude y sueña con su regreso al poder. En cambio, el jefe de Estado de Brasil sostiene que Morales abandonó La Paz por sus conducta irregular en los comicios presidenciales y apuesta a su derrota en las próxima elecciones.
La posición de Alberto Fernández se acerca a la perspectiva de Cuba y Venezuela, y lo coloca en una falsa escuadra con Brasil que sigue la agenda de los Estados Unidos. Cris Andino, jefe de la Sección Política de la embajada norteamericana en la Argentina, comunicó el malestar de Trump con las actividades desplegadas por Morales en la Argentina, un movimiento diplomático que fue replicado sin eufemismos por Solá. Ocurrió en Casa Rosada, y Andino aún recuerda los gestos del canciller peronista.
Alberto Fernández asume la importancia de las relaciones comerciales con Brasil y apuesta a que la Cancillería -Itamaraty- pula la política exterior de Bolsonaro. Será una tarea difícil y con final incierto.
A fines de octubre del año pasado, Eduardo Bolsonaro -hijo del presidente brasileño- ejecutó un agrio estiletazo discriminatorio contra Estanislao Fernández, hijo del Jefe de estado. Bolsonaro nunca se disculpó, y Alberto Fernández jamás lo perdonará.
A continuación, el presidente brasileño cuestionó a Alberto Fernández por su defensa de la inocencia de Lula da Silva y calificó de mala manera la probable agenda de gobierno del Frente de Todos. Bolsonaro siempre apoyó a Mauricio Macri, y su capacidad para entender las reglas diplomáticas es limitada e intermitente.
En este contexto histórico, Alberto Fernández colocó en el freezer a su par brasileño y sólo mantiene la formalidad institucional a través de la Cancillería. Felipe Solá hace lo que puede -tampoco conoce mucho de política exterior- y pagó con creces un gesto de acercamiento político a Bolsonaro que el Presidente facturó al instante.
Durante la reunión entre Bolsonaro, Felipe Solá, Gustavo Béliz y Daniel Scioli, ocurrida hace casi cuatro semanas, el presidente del Brasil tuvo comentarios misóginos respecto a la Argentina y luego se sacó una fotografía junto al canciller, que aparecía con una sonrisa esplendorosa y sobrecargada.
Esa foto provocó una inesperada refriega palaciega: Alberto Fernández recriminó la posición de Sola ante Bolsonaro y no le habló por unos días.
La postura presidencial frente al jefe de Estado de Brasil es personal y política, y se expresa de esa manera en la intimidad del poder. Sergio Massa conoce a Alberto Fernández desde hace décadas y entendió el mensaje que transmitió con el abrupto silencio impuesto al Canciller.
La semana pasada, Massa visitó a Bolsonaro en su despacho, y se sacó casi 30 fotos oficiales y extraoficiales. En ninguna sonrió: y le avisó al Presidente.
Al margen de la Historia de las Dos Fotografías, que exhiben un estado de ánimo personal manifiesto, Alberto Fernández tiene profundas diferencias geopolíticas con Bolsonaro que implican una estrategia diferente de la Argentina ante la agenda de América Latina y el mundo. Brasil se plegó a la perspectiva global de Donald Trump, mientras que el presidente peronista pretende articular un proyecto de política exterior equidistante de la Casa Blanca y con soporte en México y la Unión Europea.
La posición de Bolsonaro en el sistema internacional creo un vacío geopolítico que Alberto Fernández intenta llenar con una ambiciosa agenda de relaciones exteriores. Bolsonaro reniega de la Unión Europea, repite los argumentos de Trump respecto a la crisis de Venezuela y apoya la reelección de Luis Almagro en la Organización de Estados Americanos (OEA). Esta agenda brasileña abre un espacio global inédito que el presidente quiere llenar con una diplomacia activa y ambiciosa.
Se trata de un programa que juega con el plegamiento de Bolsonaro a Washington y que carga con un eventual costo bilateral que Alberto Fernández debería evitar en la actual coyuntura económica del país. Bolsonaro es Trump, y si el Presidente va a explotar los alineamientos geopolíticos de su adversario regional, tendrá que ser muy cuidadoso para no entrar en una diagonal que complique la negociación con los bonistas internacionales y el Fondo Monetario Internacional (FMI).
La Guerra Fría terminó hace 30 años, pero el concepto de Área de Influencia continúa vigente y Argentina está al Sur de la Casa Blanca. Alberto Fernández considera que el país tiene “una dependencia cultural con los Estados Unidos”, y que “ha llegado el momento de ponerle fin”. Una concepción política que pertenece a la ética de las convicciones que delineó Max Weber, y que confronta con la ética de las responsabilidades en un momento que Argentina negocia 120.000 millones de dólares de deuda externa.
La primera diferencia de Alberto Fernández con Bolsonaro radica en el Acuerdo de París sobre cambio climático. Emmanuel Macron y Angela Merkel empujaron ese tratado histórico que el presidente respalda sin dudar. Bolsonaro llegó al poder y denunció el Tratado como en su tiempo lo hizo Trump. Estas diferencias sobre el destino ecológico del planeta, acerca a Alberto Fernández a Europa y aceita su estrategia de liderazgo regional ante el presidente de Brasil y su alianza full-full con la Casa Blanca.
La posición sobre la crisis en Venezuela también aumenta la distancia entre Alberto Fernández y Bolsonaro. Europa tiene a su Grupo de Contacto para resolver la salida de Nicolás Maduro, que confronta con el denominado Grupo de Lima, manejado por Estados Unidos, Brasil y Colombia. Argentina jugó aquí en épocas de Macri, pero su sucesor justicialista tomó distancia y se acercó a la propuesta que lideran España, Francia y Alemania.
La posición in extremis de Bolsonaro creó un espacio vacío con Europa que Alberto Fernández intenta capitalizar. A diferencia de la posición argentina respecto al Acuerdo del Cambio Climático, que causa cierto recelo en Washington, la mirada presidencial sobre Venezuela es observada con interés desde el Departamento de Estado. Trump no pudo forzar la caída de Maduro, el Grupo de Lima comienza a fosilizarse y el Grupo de Contacto ahora aparece como una variable diplomática verosímil.
En este esquema de relaciones exteriores, Alberto Fernández puede ofrecer una capacidad geopolítica que no tiene Bolsonaro: habla con Maduro, mantendrá la embajada en Caracas abierta y ya ha hecho movimientos solicitados por Trump en Venezuela que exhibieron su capacidad de negociación en las dos trincheras ideológicas.
Las diferencias entre Alberto Fernández y Bolsonaro también incluye al Mercosur. El presidente del Brasil pretende “flexibilizar” este foro regional para permitir que cualquiera de los cuatro socios pueda hacer acuerdos bilaterales al margen de los otros miembros del bloque multilateral. Bolsonaro empuja un tratado de libre comercio con Estados Unidos, y sin flexibilización del Mercosur no puede por sus normas de funcionamiento.
El presidente del Brasil es respaldado por Paraguay y Uruguay, mientras que Alberto Fernández sostiene lo contrario. “No creo que sea el momento de flexibilizar; creo que es tiempo de consolidar el Mercosur y trabajar juntos los cuatro países", aseguró el Jefe de Estado cuando le preguntaron al respecto.
La Cumbre del Mercosur será en Asunción a principios de julio. Paraguay y Uruguay sostienen con vehemencia los cánones del Libre Comercio y aseguran que la actual normativa del Mercosur limitan sus posibilidades de crecimiento económico. Alberto Fernández ya habló al respecto con Luis Lacalle Pou y Mario Abdo Benítez, y aún está en condiciones de inferioridad numérica.
En la Organización de Estados Americanos (OEA) y en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Alberto Fernández y Bolsonaro también medirán fuerzas. Estados Unidos y Brasil avalan la reelección de Luis Almagro, mientras que Argentina apoyada por México sostiene que su tiempo se ha terminado y ambos países están construyendo una candidatura que se despegue del guión que escribió el Departamento de Estado para la región.
La doble jugada que empuja Alberto Fernández en estos dos organismos clave del multilateralismo regional exhibe su vocación de crear un liderazgo en América Latina que aproveche la cercanía ideológica de Bolsonaro con Trump. Este proyecto -ambicioso y apoyado por México- embiste contra la táctica de acumulación de la Casa Blanca. Y abre un escenario de recelo que podría atenuar la predisposición de Washington a facilitar la negociación de la deuda externa.
Trump desea que Almagro sea reelecto, y si Argentina no avala su designación, la candidatura de Gustavo Beliz al BID es un fracaso asegurado. La Casa Blanca estaría dispuesta a aceptar un abstención al momento de la votación -el próximo 20 de marzo-, pero Alberto Fernández ya comunicó a la diplomacia norteamericana que votará en contra de Almagro.
“Estamos tratando de construir un espacio regional que nos representa, por eso no apoyamos la candidatura de Almagro”, explicó el presidente en Olivos.
-Pero su reelección está asegurada -le contestaron a Alberto Fernández mientras revisaba los mensajes que caían en su celular.
-Eso no es cierto -replicó el Presidente. Y añadió: "Se necesitan 18 votos, y todavía nadie los tiene. Podemos dar una sorpresa.
-No le preocupa que Estados Unidos respalde a Almagro, y Argentina está en plena negociación de la deuda externa...-le insistieron al Presidente.
-Ellos tienen una política exterior. Y nosotros la nuestra. Yo creo que es un horror votar a Almagro. Y Argentina no lo va a votar.
Juntos a las diferencias sobre el Cambio Climático, el Mercosur, la crisis en Venezuela y las candidaturas en la OEA y el BID, Alberto Fernández y Bolsonaro tampoco coinciden sobre Evo Morales y su caída política en Bolivia. El presidente argentino considera que Morales sufrió un golpe de Estado, asegura que no hizo fraude y sueña con su regreso al poder. En cambio, el jefe de Estado de Brasil sostiene que Morales abandonó La Paz por sus conducta irregular en los comicios presidenciales y apuesta a su derrota en las próxima elecciones.
La posición de Alberto Fernández se acerca a la perspectiva de Cuba y Venezuela, y lo coloca en una falsa escuadra con Brasil que sigue la agenda de los Estados Unidos. Cris Andino, jefe de la Sección Política de la embajada norteamericana en la Argentina, comunicó el malestar de Trump con las actividades desplegadas por Morales en la Argentina, un movimiento diplomático que fue replicado sin eufemismos por Solá. Ocurrió en Casa Rosada, y Andino aún recuerda los gestos del canciller peronista.
Alberto Fernández asume la importancia de las relaciones comerciales con Brasil y apuesta a que la Cancillería -Itamaraty- pula la política exterior de Bolsonaro. Será una tarea difícil y con final incierto.
Con información de
Infobae
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El principio de confianza es una doctrina jurídica, clave en la imputación objetiva del derecho penal, que permite a una persona asumir que los demás actuarán conforme a las normas de cuidado y diligencia exigibles, eximiéndola de responsabilidad si ocurre un daño debido a la negligencia de un tercero. Se aplica en actividades compartidas y no funciona si hay indicios de conducta irregular.
