Alberto Fernández y el espejo de Néstor Kirchner en 2006

Por: Carlos Burgueño
Viernes 17 de Abril 2020

Argentina será el primer país del mundo en entrar en un cronograma de 20 días, donde los mercados decidirán si es el primer Estado o no en entrar en default.
El país se convertirá desde hoy en un caso extremo, complicado, límite y testigo, en medio de la pandemia mundial y la crisis económica que se generó a partir del coronavirus. Argentina será el primer país del globo en ingresar en un cronograma de 20 días, donde los mercados decidirán si se convierte en el primer Estado en entrar, o no, en default. Para enfrentar la circunstancia, Alberto Fernández decidió ayer avalar dos cambios de último momento para mejorar la oferta a los acreedores con bonos por unos u$s68.800 millones con respecto al plan original que se había deslizado (con resultado negativo) ante algunos acreedores “friendly” que aceptaron convertirse en interlocutores habilitados válidos para testear que tan rechazable era la propuesta primaria. En primer lugar se adelantaron los tiempos, y en lugar de comenzar a pagarse en el 2024, ya en el 2023 habrá una liquidación de intereses del 0,5% del total.
 
 
El dato no es menor, ya que será el propio gobierno de Alberto Fernández en el último año de su gestión; el que haya el primer y simbólico pago de la deuda. El segundo cambio de último momento, fue reducir en 4,5 puntos porcentuales la rebaja del capital a reconocer; ya que la propuesta original que fue conversada con algunos bonistas implicaba una contracción de 10%, mientras que la planteada ayer en Olivos reduce la quita a 5,4%. Como contrapartida, la mayor cantidad de reducción se concentra, como se preveía, en los intereses; con una quita de 62% y un plan de cálculo de los intereses con paulatino crecimiento hasta llegar al 4,5% en 2031 y un promedio de 2,33%. Ese 62% resulta entonces un porcentaje muy similar al que el gobierno de Néstor Kirchner aplicó en 2006; en la negociación espejo que Alberto Fernández quiere ahora imitar. Se prepara para la negociación un as en la manga: la oferta que se conocerá esta tarde contiene la emisión de tres bonos: un Par, un Discount y un tercer título que podría ser un Cupón PBI o un papel que recalcule la quita de intereses, y le reconozca a los que lo tomen, parte de la quita presentada ayer. En cualquiera de los casos, si se apuesta por la Argentina. La quita final sería de 45% y no de 55%.
 
Las armas que Alberto Fernández tendrá a su favor son cierto apoyo internacional, comenzando por el del papa Francisco y la titular del Fondo Monetario Internacional (FMI) Kristalina Georgieva en un primer eslabón; de la Unión Europea (UE) después (que le aceptará en semanas la postergación por un año del pago del vencimiento de u$s2.100 millones del 7 de mayo al Club de París); y, supone el Ejecutivo, también de Donald Trump. En contra tendrá un enemigo poderosísimo: un sistema financiero internacional cansado de la Argentina y sus irresponsabilidades económicas.
 
El principal riesgo del país desde hoy no es el default, sino una consecuencia peligrosísima de caer en esta situación: que la no aceptación de la propuesta genere una nueva ola de demandas en los tribunales del Segundo Distrito Sur de Nueva York, donde el país ya tiene la jurisprudencia de haber pedido el “Juicio del Siglo” contra los fondos buitres; y donde la reiteración de faltas es multada con dureza. Dicho de otra manera, si la causa que comandó Thomas Griesa demando algo más de seis años en resolverse; un nuevo juicio contra el país por sus bonos impagos, tendrá una duración mucho menor y el país se verá obligado por las leyes norteamericanas a pagar la totalidad de la deuda que hoy debe negociar, más intereses y punitorios y, obviamente, sin quitas. Estos u$s68.800 millones se transformarían por arte de magia legal, en más de u$s80.000 millones de deuda. Que esto suceda, y una vez que se abra la negociación, todo dependerá de una decisión casi inmanejable para el Gobierno y que surgirá de un estado de ánimo hoy bombardeado en su integridad: el humor de los principales tenedores de la deuda a reestructurar, y su voluntad de esperar o no a la Argentina en medio de una catástrofe financiera internacional de dimensiones épicas.
 
Fondos de inversión como Templeton, BlackRock, Gramercy, Pimco, o similar, que detentan no la mayoría de los títulos, pero sí más del 25% necesario para que la oferta sea aceptada; tendrán que decidir si aceptan perder casi el 55% de sus tenencias y cobrar en un período de tiempo que se medirá en décadas, o si venden todas sus posiciones en las próximas semanas a un valor de menos del 30%. Si la decisión es la primera, el canje será exitoso y el país evitará el default. Si la decisión es la segunda, Argentina se encaminará a un nuevo período en un larguísimo desierto financiero internacional, además de a un juicio que puede ser sumarísimo y perdidoso. Y a la necesidad de renegociar más de u$s80.000 millones; no ya con acreedores
 
Alberto Fernández se tiene fe. Hacia adentro de su gabinete más cercano afirma que podrá repetir la experiencia más importante que vivió como jefe de Gabinete de Néstor Kirchner durante el 2005 y 2006. En esos tiempos el ahora presidente protagonizó el que quizá haya sido el más importante y profesional acto económico de la gestión kirchnerista en términos financieros, al salir del default en una dura negociación que terminó con el canje de deuda más importante de la historia mundial, al menos hasta ese momento. Vivió Fernández como se desplegaba una estrategia de pinzas sobre los acreedores, a partir de presionar con una oferta imposible de aceptar en un principio, pero que en un momento clave se mejoró y se convirtió en viable para la mayoría de los acreedores; lográndose un acuerdo que le posibilitó al país presentar un canje exitoso. Esa estrategia, diseñada en conjunto por el entonces ministro de Economía Roberto Lavagna y su viceministro Guillermo Nielsen (con aportes del entonces presidente del Banco Central Alfonso Prat Gay), llegó a buen puerto; más allá que se haya quedado un resquicio de cierre que derivó en el Juicio del Siglo.
 
Desde hoy será el turno de Alberto Fernández. El jefe de Estado estará durante el tiempo que se inaugura hoy y que terminará el 21 de mayo (ese día formalmente argentina caería en default al no pagar el 22 de abril el bono Global que vence el 22 de este mes), con lo que el plazo de algo más de un mes será autoimpuesto por el propio oficialismo. El tiempo es corto. Pero tampoco puede Argentina extender la situación mucho tiempo más. La incógnita debe ser despejada. Las armas del gobierno son pocas, pero útiles. No es menor el apoyo internacional. Tampoco la alternativa de mejorar la oferta en algún momento de la negociación. Pero probablemente el éxito dependerá de la evolución de una variable convertida en un Cisne Negro: el coronavirus. La megacrisis épica obligará a los tenedores de deuda del exterior a decidir qué hacer con el puñado de tenencias de títulos públicos argentinos; en medio de una situación donde la atención está puesta en como salvar sus pérdidas antológicas de acciones de bancos, petroleras, automotrices, constructoras y empresas de consumo masivo; todas de historia impecable y trayectoria con ganancias victoriosas por décadas, y que, en menos de un mes, perdieron más del 50% de su valor de cartera. Los fondos podrán tomar la decisión de aceptar la propuesta (quizá mejorada con el tiempo), perder el 45% y cerrar el capítulo argentino y no volver por mucho tiempo a pensar en compra un bono local. Pero también podrán tomar otra decisión. Vender a menos del 30% y, otra vez, cerrar el capítulo argentino y no volver por mucho tiempo a pensar en compra un bono local. En ambos casos la consecuencia será la misma. Pasará mucho tiempo, quizá décadas, hasta que el país pueda volver a pensar en emitir algo de deuda que ayude, no ya a cubrir baches fiscales; sino a algún tipo de inversión estructural que le permita al país pensar en hacer crecer su economía, exportar más, y dejar de lado los 10 años de estancamiento económico que se acumulan desde 2010, y que, inevitablemente, podrían extenderse al menos dos años más.
 
Tendrá que pensar el Gobierno en todo momento de la negociación, que para el mundo Argentina no es una víctima, sino una vergüenza. Así como en el 2001 el país logró cierta empatía de los mercados mundiales luego de la crisis de salida de la convertibilidad, hoy la visión que se tiene del manejo de las cuentas públicas locales, es que se trata de la consecuencia de una clase política que compite por ser de las peores del mundo en décadas. Nadie, en el mundo financiero, le tendrá contemplación. Si bien en el 2001 el gran desafío de los acreedores fue aplicar la sofisticada Teoría de los Juegos, decidiendo en qué momento exacto entrar a la oferta; ahora todo dependerá de sumas, restas y conveniencias. Argentina se convierte hoy en un digno ejemplo de la máxima de Carlos Marx en el 18 Brumario de Luis Bonaparte: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”. Será responsabilidad de Alberto Fernández y su equipo de negociadores encabezados por el ministro de Economía Martín Guzmán, de demostrar que lo que comienza hoy no es una farsa, sino la resolución definitiva del problema de deuda del país. Y del inicio de una nueva y responsable etapa de la economía argentina.
Con información de Ámbito

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