Córdoba

Un saqueo y un funeral

Domingo 02 de Marzo 2014

Hace tres meses, Javier Rodríguez se convirtió en el único muerto de los ataques irracionales ocurridos el 3 de diciembre en la ciudad de Córdoba, donde muchos ciudadanos fueron ladrones, amparados por el acuartelamiento policial. Al día de hoy, no hay ningún acusado.
 

 
La misma bala que mató a su amigo en la noche de los saqueos lo hirió a él después y ahí está todavía, en su espalda, recordándole lo pequeña que es la frontera entre la vida y la muerte.
 
El que está vivo es Eduardo Bustamante, de 22 años, amigo desde la más temprana infancia de Javier Rodríguez, de 20, el que está muerto.
 
En esa larga noche del 3 de diciembre de 2013, Eduardo manejaba una moto y Javier iba sentado atrás, cuando se desató una balacera a la vuelta de un supermercado que estaba sufriendo un robo masivo.
 
¿Quiénes dispararon en la penumbra de ese descampado cercano a Ciudad Evita, cuando los vecinos huían? Mientras la Justicia provincial elabora la respuesta, avanzaron las causas contra saqueadores y policías acusados de instigar al delito, en el marco del acuartelamiento que conmocionó a la provincia.
 
La pregunta sobre la única muerte de esas horas aciagas sigue sin respuesta. Hasta ahora, porque parece que la causa judicial se apresta a señalar por primera vez a alguien.
 
La sospecha es que pueden haber disparado policías.
 
La balacera
 
Javier no murió ahí, en el descampado entre Ciudad Evita y el barrio Deán Funes, en la periferia sudeste de Córdoba, incluso más allá de Circunvalación, cuando su amigo lo llevaba en moto y vino la balacera y un disparo lo arrojó al suelo.
 
Lo levantaron, lo subieron al rodado y lo llevaron hasta el asfalto de este barrio ciudad.
 
Eduardo tocaba la bocina con desesperación y pedía auxilio a gritos. Llegó al dispensario que se encuentra a dos cuadras de donde estaban sus madres y el lugar comenzó a llenarse de gente. ¿Habrá muerto ahí?
 
En una ambulancia fueron trasladados Eduardo y Javier, mientras un grupo de vecinos comenzó a atacar la comisaría, convencidos ya, por los rumores, de que el tirador era un policía.
 
Eduardo y Javier fueron trasladados hasta el hospital San Roque, donde horas después, pasada ya una noche insomne, el director contó a los periodistas, llorando, que Córdoba tenía un muerto, en medio de los saqueos y del acuartelamiento policial.
 
La investigación
 
La fiscal que investiga la muerte de Javier dice que se vienen tomando numerosas medidas.
 
“Son muchas y hemos tomado varios testimonios”, cuenta por teléfono, amable, Adriana Abad. Pero por ahora no puede decir cuáles son las medidas adoptadas.
 
–¿Se hace la investigación con policías comisionados o se los ha separado, ante la posibilidad de que el tirador sea de la fuerza?
 
–No, no se separó a nadie. Parte de la investigación se hace con policías y parte, con el Centro de Investigaciones Criminales de Policía Judicial 
 
Hipótesis
 
La versión que sostienen los familiares –de que haya sido un policía– es una de las varias líneas de investigación.
 
No hay certeza aún, pero todo indica –los testimonios y la opinión de los médicos– que la bala que mató a Javier e impactó en Eduardo es calibre 9 milímetros, compatible con las que utiliza la Policía.
 
La fiscal asegura que se ha acelerado la investigación desde febrero, cuando terminó el receso judicial. En enero no hubo avances, en contraste con la causa que se lleva adelante por la responsabilidad de efectivos de la fuerza, que derivó en el arresto de 19 sospechosos (16 siguen presos).
 
Hace algunos años, Natalia Bermúdez, antropóloga y doctora en Ciencias Sociales, se preguntaba, cuando analizaba muertes en el sur de la ciudad de Córdoba: “¿La muerte puede merecerse? ¿Hay muertes más merecidas que otras?”.
 
El modo en que se respondía a esa pregunta socialmente, explicaba, resultaba central para que se visibilizara o no un caso y se activaran o no mecanismos de denuncias a través de la Justicia.
 
La muerte de Javier Rodríguez incomoda. Un lector en el sitio web de este diario se quejaba en diciembre pasado, en medio de las noticias por las pérdidas de comerciantes y vecinos: “¿Quieren que les hagamos una estatua?”.
 
Sin cena
 
En la casa de Sandra Carrizo, la noche del 3 de diciembre, cuando se comenzaba a escuchar alboroto en las calles, Javier le dijo que ya volvía, que iba a acompañar a su novia Thalía hasta su casa. “Vuelvo para que cenemos fiambre”, le prometió.
 
Sandra, madre de otros seis hijos que en su casa cría además a nietos, se quedó en la vereda, esperando. Dos casas más allá, en lo de Graciela Peludero, la que cose, su amiga de décadas atrás –cuando vivían en el asentamiento Capullo de Esperanza–, les pedía a los hijos y nietos que tenía al alcance que no salieran.
 
No sabía que, a pocas cuadras, uno de sus siete hijos, Eduardo, dejaba la casita en la que vive con su novia y su bebé de casi 1 año para acompañar a otros amigos, pasando el descampado y avanzando hasta barrio Deán Funes, donde había un saqueo, en el supermercado Buenos Días. Ahí fue con Javier y con Jonathan, otro amigo, 
el dueño de la moto.
 
“Supuestamente fueron al súper, pero ni llegaron... Ahí nomás dicen que salieron en la moto. Manejaba Eduardo y él se alcanzó a colgar”, cuenta Sandra.
 
Graciela, madre del amigo de Javier, dice: “No entiendo por qué fueron, pero fueron. Por una cuestión de curiosidad, de joda, a ver, o a saquear... No lo entiendo porque Eduardo vive de su trabajo”.
 
La mujer incluso asegura que si alguien le muestra una imagen de su hijo Eduardo saqueando, él tendrá que ir preso y ella, pedir perdón.
 
El súper de barrio Deán Funes cerró; también otro cercano, ambos de la cadena Buenos Días. Según la fiscal Abad, los registros de las cámaras de seguridad del local cercano a la escena del crimen no muestran lo que ocurrió con los jóvenes.
 
Mientras tanto, tres meses después de la balacera, Graciela salta el charco que hay justo en el límite entre el barrio Deán Funes y el descampado que lleva a Ciudad Evita.
 
Se imagina a la multitud de gente, en la noche, corriendo, con productos en las manos, y a su hijo manejando una moto con Javier aferrado a su cintura. Y los disparos.
 
Decisivo para la suerte de Javier parece haber sido el alambrado con una especie de tranquera que marca la frontera entre la calle José Antonio Cabrera al 5300 y ese campito, con sólo medio metro para escabullirse.
 
“Eduardo cuenta que se dio vuelta y vio que había gente de pantalón azul y camisa celeste, y uno con un chaleco negro, disparando”, dice Graciela. Los hermanos de Javier ya dijeron en diciembre mismo cuáles eran los sobrenombres de los supuestos policías.
 
Hubo tres impactos: dos fueron a la pierna izquierda de Eduardo (acaba de dejar de usar una bota de yeso). La tercera perforó a Javier. “¡Ay, me pegaron!”, gritó. En el barrio, Sandra estaba en la calle, conversando con vecinos, cuando llegó alguien que ya no sabe quién es y dijo algo parecido: “Le dieron a Javier”.
 
La ciudad


Ciudad Evita es un barrio-ciudad de la periferia sur de Córdoba. Si uno la recorre una tarde, la verá con niños y adolescentes en las calles y mujeres solas criando a varios hijos y nietos en las casitas de colores. Por el asfalto pasan algunas motos, con intervalos casi cronometrados. Truenan los escapes.
 
Según el censo provincial de 2008 –el último que tiene los datos procesados de este sector–, hay 603 hogares y una población de 2.678 personas.
 
La mitad de las casas tiene entre tres y seis ocupantes. Hay 93 familias con necesidades básicas insatisfechas. Sólo 32 personas tienen el secundario completo, de las cuales sólo ocho son mujeres.
 
En las inmediaciones, donde antes estaba “la villa” Capullo de Esperanza, volvió a formarse un asentamiento. “Son hijos de los de acá, que se fueron a hacer sus casitas”, cuenta Graciela, que es también la secretaria del centro vecinal.
 
En el barrio, otra familia llora todavía la desaparición de Jimena Natalí Arias desde el 5 de marzo, aunque para la Justicia está claro que fue asesinada en el marco de un abuso sexual y uso de drogas. Suelen hacerse marchas hasta poco más allá del ingreso al barrio-ciudad.
 
Un recorrido similar hacen ahora las marchas en reclamo de justicia por el único muerto de los saqueos, a veces hasta el Arco de Córdoba, con consignas contra policías y un cartel que dice: “Todos somos Javier Rodríguez”.
 
Eduardo ya no quiere hablar con los periodistas. No ha vuelto a trabajar en la panificadora en la que estaba antes de diciembre. Exjugador del club Los Andes, es el DT de un equipo de fútbol de chicos del barrio que se llama “Las Águilas”.
 
En su casa, Sandra imprimió una foto a color donde se ve a su hijo, que trabajaba como personal de mantenimiento en barrios cerrados, de pie y con un uniforme del club Barcelona de España. Era hincha de Talleres.
 
Eduardo no se anima a hablar con la madre de su amigo. Sandra lo comprende. Ella confía en que la investigación judicial avance. Dice, despacito: “Quiero saber qué pasó con mi hijo”.
Con información de lavoz

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