Introducir inmunidad en las mucosas
Uruguay inicia el desarrollo de un prototipo de vacuna oral contra el COVID-19, ¿de qué se trata?
Viernes 05 de
Noviembre 2021
Los científicos locales buscan que mediante la modificación de la bacteria de la salmonella, pueda vehiculizarse una protección a la altura de las mucosas.
En los laboratorios del primer piso del Instituto de Higiene de Uruguay, los científicos locales iniciaron el desarrollo de un prototipo de vacuna oral contra el COVID-19. Porque según el profesor del Departamento de Desarrollo Biotecnológico de la Udelar, Alejandro Chabalgoity, “si queremos lograr la erradicación del nuevo coronavirus, casi con seguridad tendremos que tener vacunas de otro tipo, como son las de mucosas, las orales”.
Las vacunas contra el COVID-19 que se administran hasta ahora -las inyectables- evitan el desarrollo de enfermedades graves, pero no alcanzarían, a priori, para que la humanidad acabe con el virus. Así lo demuestra la historia.
La viruela es la única enfermedad que se logró erradicar con las vacunas. La segunda que va por ese camino (de hecho, es parte de los planes de la Organización Mundial de la Salud) es la polio. Solo tres países (Afganistán, Nigeria y Paquistán) no lograron aún detener la transmisión de esta enfermedad viral que causa debilidad muscular y parálisis. Y es justamente de la estrategia de erradicación de la polio que los científicos uruguayos toman la enseñanza.
“Para erradicar la polio hay que usar dos vacunas distintas: una que evita la enfermedad (es la polio inactivada), y otra que es oral e impide que el virus ingrese a las mucosas. Esta última no siempre se usa porque tiene algunas desventajas”, explica el investigador Chabalgoity.
Cuando Uruguay tenía circulación del virus de la polio vacunaba con la oral. Hace una década, tras varios años sin circulación comunitaria, se pasó a la vacuna inyectable que usa el virus inactivado. Eso permite mantener estable el estatus sanitario.
Para el caso del nuevo coronavirus (SARS-CoV-2), los investigadores estiman que habrá que seguir una estrategia similar. Y corren con una ventaja, porque ya conocen cuál es el elemento clave del virus, ese que hace que infecte al humano: la proteína S (está en la forma de pico del virus y hace que cuaje, como una llave, en la célula humana).
Las vacunas que hasta ahora se usan contra el nuevo coronavirus se hicieron en tiempo récord. Parte de ese hito se debió a que, en la previa, existieron otros dos coronavirus (SARS y MERS) de los cuales los científicos conocían que la proteína S era la principal para atacar. Y como sabían cuál era ese punto clave, solo debían secuenciar esa parte específica del nuevo coronavirus y adaptar la tecnología existente.
Los científicos uruguayos se basan ahora en este conocimiento previo para avanzar. Al final del ala este del largo pasillo del primer piso del Instituto de Higiene, Chabalgoity y el resto de su equipo de investigación llevan años intentando modificar la bacteria de la salmonela para que sirva como vehículo para introducir antígenos (vacuna) contra otros patógenos.
La salmonela es una bacteria que es conocida por causar infecciones intestinales y que ingresa por la ingesta de alimentos contaminados. Pero mediante técnicas de laboratorio (que no son nuevas y que ya se usan) es posible modificar la bacteria para que sea inocua (es decir, que no cause una enfermedad).
Por más que sea inocua, sigue manteniendo la capacidad de inducir una respuesta inmune (que el organismo humano salga al ataque). Gracias a esta capacidad, dice el profesor Chabalgoity, “desde hace ya varias décadas (la salmonela) se ha convertido en un organismo modelo para usarlo como vehículo para antígenos de otros patógenos y generar así vacunas contra esos otros patógenos que se puedan administrar por vía oral”. En definitiva, “la salmonela funciona como una suerte de caballo de Troya que lleva la vacuna contra el patógeno generando respuesta inmune en las mucosas”.
Para el caso del nuevo coronavirus, los científicos están intentado una mínima modificación genética para que la bacteria de la salmonela sea capaz de producir la proteína S que saben es clave en el ataque del virus que causa la enfermedad de COVID-19. Lo que se proponen es que genere una protección a la altura de las mucosas y que al virus le cueste entrar a las células.
La investigación recién comienza, pero de antemano se sabe que, en caso de resultar exitosa, los científicos tendrán que apelar al trabajo con organismos o empresas extrajeras. Sucede que Uruguay no tiene una planta de fabricación de vacunas necesaria para los ensayos clínicos. El país no cuenta con una fábrica de este tipo de empresas privadas locales ni tampoco del Estado. La construcción de esa planta es parte del proyecto del Instituto de Vacunas para el cual el Parlamento acaba de aprobar una partida de dinero inicial, pero demoraría años en estar en funcionamiento; tal vez más de los necesarios para probar la vacuna oral contra el COVID-19 made in Uruguay.
Las vacunas contra el COVID-19 que se administran hasta ahora -las inyectables- evitan el desarrollo de enfermedades graves, pero no alcanzarían, a priori, para que la humanidad acabe con el virus. Así lo demuestra la historia.
La viruela es la única enfermedad que se logró erradicar con las vacunas. La segunda que va por ese camino (de hecho, es parte de los planes de la Organización Mundial de la Salud) es la polio. Solo tres países (Afganistán, Nigeria y Paquistán) no lograron aún detener la transmisión de esta enfermedad viral que causa debilidad muscular y parálisis. Y es justamente de la estrategia de erradicación de la polio que los científicos uruguayos toman la enseñanza.
“Para erradicar la polio hay que usar dos vacunas distintas: una que evita la enfermedad (es la polio inactivada), y otra que es oral e impide que el virus ingrese a las mucosas. Esta última no siempre se usa porque tiene algunas desventajas”, explica el investigador Chabalgoity.
Cuando Uruguay tenía circulación del virus de la polio vacunaba con la oral. Hace una década, tras varios años sin circulación comunitaria, se pasó a la vacuna inyectable que usa el virus inactivado. Eso permite mantener estable el estatus sanitario.
Para el caso del nuevo coronavirus (SARS-CoV-2), los investigadores estiman que habrá que seguir una estrategia similar. Y corren con una ventaja, porque ya conocen cuál es el elemento clave del virus, ese que hace que infecte al humano: la proteína S (está en la forma de pico del virus y hace que cuaje, como una llave, en la célula humana).
Las vacunas que hasta ahora se usan contra el nuevo coronavirus se hicieron en tiempo récord. Parte de ese hito se debió a que, en la previa, existieron otros dos coronavirus (SARS y MERS) de los cuales los científicos conocían que la proteína S era la principal para atacar. Y como sabían cuál era ese punto clave, solo debían secuenciar esa parte específica del nuevo coronavirus y adaptar la tecnología existente.
Los científicos uruguayos se basan ahora en este conocimiento previo para avanzar. Al final del ala este del largo pasillo del primer piso del Instituto de Higiene, Chabalgoity y el resto de su equipo de investigación llevan años intentando modificar la bacteria de la salmonela para que sirva como vehículo para introducir antígenos (vacuna) contra otros patógenos.
La salmonela es una bacteria que es conocida por causar infecciones intestinales y que ingresa por la ingesta de alimentos contaminados. Pero mediante técnicas de laboratorio (que no son nuevas y que ya se usan) es posible modificar la bacteria para que sea inocua (es decir, que no cause una enfermedad).
Por más que sea inocua, sigue manteniendo la capacidad de inducir una respuesta inmune (que el organismo humano salga al ataque). Gracias a esta capacidad, dice el profesor Chabalgoity, “desde hace ya varias décadas (la salmonela) se ha convertido en un organismo modelo para usarlo como vehículo para antígenos de otros patógenos y generar así vacunas contra esos otros patógenos que se puedan administrar por vía oral”. En definitiva, “la salmonela funciona como una suerte de caballo de Troya que lleva la vacuna contra el patógeno generando respuesta inmune en las mucosas”.
Para el caso del nuevo coronavirus, los científicos están intentado una mínima modificación genética para que la bacteria de la salmonela sea capaz de producir la proteína S que saben es clave en el ataque del virus que causa la enfermedad de COVID-19. Lo que se proponen es que genere una protección a la altura de las mucosas y que al virus le cueste entrar a las células.
La investigación recién comienza, pero de antemano se sabe que, en caso de resultar exitosa, los científicos tendrán que apelar al trabajo con organismos o empresas extrajeras. Sucede que Uruguay no tiene una planta de fabricación de vacunas necesaria para los ensayos clínicos. El país no cuenta con una fábrica de este tipo de empresas privadas locales ni tampoco del Estado. La construcción de esa planta es parte del proyecto del Instituto de Vacunas para el cual el Parlamento acaba de aprobar una partida de dinero inicial, pero demoraría años en estar en funcionamiento; tal vez más de los necesarios para probar la vacuna oral contra el COVID-19 made in Uruguay.
Con información de
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