Tecnología y mercado de trabajo

Martes 22 de Abril 2025

Aunque algunas tareas desaparecen, la innovación transforma el empleo y exige adaptación, instituciones sólidas y un sistema educativo moderno para adaptarse
Unos meses atrás participé de un debate sobre cómo afecta la tecnología a los puestos de trabajo. En rigor, el tema no es nuevo, ya que comenzó con la Revolución Industrial de la segunda mitad del siglo XVIII.
 
Hasta ese momento, la mayoría de la población vivía de la actividad agrícola-ganadera, con un ingreso por habitante que estuvo estancado durante siglos, según los registros de Angus Maddison. Una vez producida la Revolución Industrial, hubo un fuerte movimiento migratorio dentro de los mismos países, del campo a la ciudad, donde estaban las fábricas.
 
Transcurrido aproximadamente un siglo y medio, se produjo otro salto tecnológico, esta vez a partir de las comunicaciones y las computadoras. Ese cambio modificó la ubicación de las empresas.
 
Hoy, con internet, una persona puede trabajar desde un bar en cualquier parte del país. Ya no hace falta estar cerca de ningún lugar en particular para trabajar, excepto del hogar si se quiere ahorrar tiempo de viaje.
 
En 1985 comencé a escribir una nota semanal para el diario La Prensa, cuando su director era mi estimado amigo Máximo Gainza Paz. En esos años, primero escribía la nota a mano, luego la pasaba a máquina, después hacía una fotocopia, la metía en un sobre y se la llevaba personalmente al diario todos los viernes por la tarde, donde Maxi me recibía en su despacho. Charlábamos mientras revisaba la nota.
 
Luego vino el fax y ya no hizo falta que fuera a verlo personalmente. Eso me permitía evitar el traslado, aunque perdía las charlas de los viernes por la tarde con el director.
 
Posteriormente llegó la computadora y ya no había que escribir la nota a mano. La empecé a escribir directamente en la computadora y, al poco tiempo, aparecieron los programas que permitían mandar un fax desde ella. Así que no había que imprimir la nota: solo enviarla. Hoy está el mail, que en segundos permite mandar la nota a una redacción al otro lado del mundo.
 
Es cierto que hoy las máquinas reemplazan mano de obra en los bancos. Hay menos necesidad de cajeros humanos, que son reemplazados por cajeros automáticos e incluso por el uso del home banking. Las fábricas de autos están llenas de robots que pintan, ensamblan y realizan todo el proceso productivo. Son puestos de trabajo que se perdieron.
 
Pero también existen miles de otros empleos que antes no existían: gente que trabaja en programación, call centers, canales de cable, empresas de mensajería y envío de pedidos, búsqueda de vuelos, de hospedaje, alquiler de autos, y tantas otras empresas que no existían 30 años atrás porque la tecnología era distinta.
 
No tiene demasiada lógica pensar que la tecnología va a generar una desocupación en masa que impedirá a las empresas vender sus productos y que terminaremos en una catástrofe laboral. La evidencia empírica no muestra eso. Muestra que, al igual que las empresas, las personas también debemos adaptarnos a los cambios y producir otras cosas o hacer lo mismo de manera diferente.
 
Dudo que pueda argumentarse que, por la tecnología, se quedó sin trabajo el cochero del carro de tracción a sangre. Tuvo que aprender a manejar un auto en lugar de un caballo.
 
El señor que arreglaba máquinas de escribir tuvo que aprender a mantener computadoras. El mecánico de autos que antes le daba un martillazo al motor para que arrancara, tuvo que aprender a cambiar piezas selladas completas.
 
Otros directamente cambiaron de profesión. El que fabricaba velas cerró su fábrica, pero se generaron empleos en la producción de bombitas de luz. Los que fabricaban candelabros dejaron de hacerlo, pero se contrataron trabajadores para producir aparatos eléctricos: veladores, arañas, etc.
 
En definitiva, la tecnología genera un cambio en la asignación de recursos, en particular de la mano de obra. Pero también incrementa la productividad. La máquina permite aumentar la producción por trabajador. No es lo mismo un trabajador con una pala de mano haciendo un gran pozo que uno que maneja una retroexcavadora.
 
Las fábricas de autos generaron tal escala que la gente puede acceder a un automóvil sin problemas (no hablo de Argentina, obviamente). La producción en escala permite bajar los costos y, en consecuencia, los precios. En lugar de buscar precio, las empresas de consumo masivo buscan mayores volúmenes de venta.
 
La gente paga menos por bienes de mejor calidad y le quedan liberados recursos para adquirir otros productos, generando más demanda en otros sectores y, también, más demanda de mano de obra.
 

Aumenta la productividad laboral

 
A modo de ejemplo, imaginemos a Robinson Crusoe solo en la isla. Si para bajar los cocos adopta una nueva tecnología -una escalera-, su productividad aumentará. Ya no necesita treparse al cocotero con sus manos y piernas para descolgar unos pocos cocos, sino que con la escalera baja más, con menos esfuerzo y en menos tiempo.
 
Justamente ese tiempo que le sobra puede asignarlo a mejorar su choza, hacer una red para pescar, construir una balsa o simplemente descansar. Crusoe no queda desocupado por incorporar tecnología (la escalera), sino que reduce su costo de producción (tiempo) y libera recursos (tiempo y esfuerzo) para acceder a otros bienes que antes no podía obtener porque bajar cocos le insumía muchas horas.
 
Quienes ven en la tecnología un peligro para la desocupación no terminan de ver ni todos los nuevos puestos de trabajo que se crean utilizando las nuevas herramientas, ni todos los empleos que se generan al liberarse recursos para producir otros bienes y servicios.
 
Cuando el BCRA autorizó el envío de los resúmenes de cuenta bancaria por mail, algún dirigente sindical protestó argumentando que se perdían puestos de trabajo. En rigor, el que perdía era él un buen curro. Seguir haciendo de forma ineficiente algo que puede hacerse con menor costo era su negocio.
 
De manera que la tecnología no es un problema. Lo que sí constituye un problema para el desarrollo de los países es la falta de instituciones, de flexibilidad laboral y de un buen sistema educativo.
 
Por instituciones me refiero a reglas de juego que no espanten las inversiones y, por lo tanto, no impidan la incorporación de tecnología. Y por educación, a que ya la máquina hace el trabajo repetitivo, y se va a requerir trabajo intelectual, para lo cual se necesita gente preparada.
 
Las escuelas deben dejar de ser centros de adoctrinamiento ideológico y convertirse en espacios donde los chicos aprendan a pensar con criterio propio.
 
Con esos tres elementos, la tecnología puede mejorar de forma impensada la calidad de vida de la población.
Con información de Infobae

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