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La amenaza de una epidemia desata la alerta sanitaria en Centroamérica
Lunes 23 de
Junio 2014

El temido virus del chikungunya, tras dejar 21 muertos y miles de afectados en el Caribe, da el salto al continente a través de El Salvador. Las autoridades sanitarias, apoyadas por la OMS, toman medidas preventivas para frenar la propagación
El inminente desembarco del virus del dolor, el temido chikungunya, ha puesto en alerta sanitaria a Centroamérica. La enfermedad, originaria de África, se ha extendido en pocos años a una velocidad vertiginosa por los cuatro costados del planeta. Su última zona de propagación epidémica ha sido el Caribe, donde en diciembre de 2013 se detectaron dos afectados y ahora ya son más de 5.200 los casos confirmados (21 muertos) y 183.000 los sospechosos. Desde ese enclave, en el que sigue multiplicándose, ha dado su nuevo y amenazador salto a tierras mesoamericanas. En El Salvador ya se han registrado 1.200 casos, Cuba ha reconocido esta semana seis (aunque procedentes de fuera de la isla) y Panamá otros dos. Ante esta expansión, México ha fortalecido su red de detección, Venezuela ha desplegado controles en aeropuertos y puertos, Guatemala ha declarado la alerta sanitaria preventiva, Honduras han empezado a formar equipos de respuesta, y Costa Rica y Nicaragua ya trabajan con la idea de que el virus aparecerá de un momento a otro.
La fiebre, trasmitida por mosquitos, es rara vez mortal, pero genera fuertes dolores tanto articulares como musculares que, en algunos casos, pueden llegar a durar meses y años. Detectada ya en 1770, durante mucho tiempo se la confundió con el dengue, hasta que se aisló por primera vez en 1952 en Tanzania, de donde tomó el nombre: chikungunya, una expresión bantú que significa doblarse y que no deja lugar a dudas sobre sus amargos efectos.
La enfermedad, que viene acompañada de cansancio profundo, náuseas y erupciones cutáneas, apenas permite levantarse del lecho. En personas de edad avanzada o recién nacidos el riesgo de mortalidad se dispara. Para el chikungunya no hay remedio. Hasta la fecha no se ha desarrollado ningún antivírico eficaz. El tratamiento se limita a aliviar los síntomas.
Uno de los mayores problemas para su erradicación radica en que la transmisión depende habitualmente de dos variedades de mosquitos (Aedes aegypti, causante de la fiebre amarilla, yAedes albopictus o mosquito tigre) cuyas zonas de acción comprenden desde climas tropicales hasta templado-frías, y con horarios de trabajo francamente intensos: atacan desde primera hora de la mañana hasta que cae el sol, ya sea al aire libre o en espacios cerrados. Los efectos se notan, además, de cuatro a ocho días después de la picadura lo que dificulta la localización.
Los mapas epidemiológicos de la Organización Mundial de la Salud muestran que el virus, originalmente radicado en África, se ha propagado, al compás de la globalización, con enorme ímpetu. Primero se expandió hacia el este de África cruzando el Índico y arrasando el sur de Asia. “Desde 2005, India, Indonesia, Maldivas, Myanmar y Tailandia han notificado más de 1,9 millones de casos”, señalan los expertos de la OMS. Con menos fuerza, la fiebre, a través del mosquito tigre, también ha tocado Europa. En Italia se trató en 2007 a casi 200 enfermos. Y en Cataluña, en el último mes, se han registrado ocho casos importados.
Pero la nueva gran zona de expansión ha sido el Caribe, la plataforma perfecta para su entrada en América continental. La cabeza de puente, de momento, es El Salvador, con 1.200 casos y donde ya han empezado las fumigaciones sistemáticas, uno de los métodos tradicionales para combatir esta plaga. “Nos enfrentamos a una nueva enfermedad, pero estamos preparados para la lucha”, ha señalado la ministra de Sanidad salvadoreña, Violeta Menjívar. La rápida propagación en este país se ha debido, según los expertos, a la fuerte implantación del mosquito tigre y a que, al tratarse de una enfermedad desconocida en la región, la población no ha desarrollado aún ninguna barrera inmunológica.
Una de las mayores de dificultades para frenar en Centroamérica el avance del virus radica en la proximidad de su mayor granero: el Caribe. Solo en República Dominicana, Haití, Martinica y Guadalupe se han registrado este año más de 150.000 casos sospechosos y casi 4.000 confirmados, según la Organización Panamericana de Salud.
Con este febril caldo de cultivo , la diáspora del virus hacia los países colindantes resulta extremadamente fácil. Y basta con que un enfermo sea picado por una de las variedades de mosquito descritas para que el insecto se convierta en un acelerado vector de transmisión. “No hay forma de impedir que el chikungunya entre en el país, no se puede cubrir con un mosquitero a todo un país, hay centenares de vuelos entre Costa Rica y los países caribeños”, ha señalado un alto responsable sanitario costarricense.
Y el paso a Centroamérica del chikungunya supone su instalación a las puertas del gran gigante americano, de Estados Unidos, donde ya se han registrado 80 casos, aunque ninguno continental. La posibilidad de esta expansión ha sido contemplada desde 2006 por el Centro de Control de Enfermedades Infecciosas, uno de los organismos rectores en la prevención de epidemias. Para evitarlo ha desplegado una red de laboratorios de referencia y puesto en marcha programas de análisis rápido y entrenamiento a personal sanitario, en colaboración con la Organización Panamericana de la Salud. También ha emitido recomendaciones a los viajeros, sobre todo al Caribe, para evitar la infección (con antimosquitos y permetrina en ropa) y lograr una rápida detección en caso de síntomas.
La fiebre, trasmitida por mosquitos, es rara vez mortal, pero genera fuertes dolores tanto articulares como musculares que, en algunos casos, pueden llegar a durar meses y años. Detectada ya en 1770, durante mucho tiempo se la confundió con el dengue, hasta que se aisló por primera vez en 1952 en Tanzania, de donde tomó el nombre: chikungunya, una expresión bantú que significa doblarse y que no deja lugar a dudas sobre sus amargos efectos.
La enfermedad, que viene acompañada de cansancio profundo, náuseas y erupciones cutáneas, apenas permite levantarse del lecho. En personas de edad avanzada o recién nacidos el riesgo de mortalidad se dispara. Para el chikungunya no hay remedio. Hasta la fecha no se ha desarrollado ningún antivírico eficaz. El tratamiento se limita a aliviar los síntomas.
Uno de los mayores problemas para su erradicación radica en que la transmisión depende habitualmente de dos variedades de mosquitos (Aedes aegypti, causante de la fiebre amarilla, yAedes albopictus o mosquito tigre) cuyas zonas de acción comprenden desde climas tropicales hasta templado-frías, y con horarios de trabajo francamente intensos: atacan desde primera hora de la mañana hasta que cae el sol, ya sea al aire libre o en espacios cerrados. Los efectos se notan, además, de cuatro a ocho días después de la picadura lo que dificulta la localización.
Los mapas epidemiológicos de la Organización Mundial de la Salud muestran que el virus, originalmente radicado en África, se ha propagado, al compás de la globalización, con enorme ímpetu. Primero se expandió hacia el este de África cruzando el Índico y arrasando el sur de Asia. “Desde 2005, India, Indonesia, Maldivas, Myanmar y Tailandia han notificado más de 1,9 millones de casos”, señalan los expertos de la OMS. Con menos fuerza, la fiebre, a través del mosquito tigre, también ha tocado Europa. En Italia se trató en 2007 a casi 200 enfermos. Y en Cataluña, en el último mes, se han registrado ocho casos importados.
Pero la nueva gran zona de expansión ha sido el Caribe, la plataforma perfecta para su entrada en América continental. La cabeza de puente, de momento, es El Salvador, con 1.200 casos y donde ya han empezado las fumigaciones sistemáticas, uno de los métodos tradicionales para combatir esta plaga. “Nos enfrentamos a una nueva enfermedad, pero estamos preparados para la lucha”, ha señalado la ministra de Sanidad salvadoreña, Violeta Menjívar. La rápida propagación en este país se ha debido, según los expertos, a la fuerte implantación del mosquito tigre y a que, al tratarse de una enfermedad desconocida en la región, la población no ha desarrollado aún ninguna barrera inmunológica.
Una de las mayores de dificultades para frenar en Centroamérica el avance del virus radica en la proximidad de su mayor granero: el Caribe. Solo en República Dominicana, Haití, Martinica y Guadalupe se han registrado este año más de 150.000 casos sospechosos y casi 4.000 confirmados, según la Organización Panamericana de Salud.
Con este febril caldo de cultivo , la diáspora del virus hacia los países colindantes resulta extremadamente fácil. Y basta con que un enfermo sea picado por una de las variedades de mosquito descritas para que el insecto se convierta en un acelerado vector de transmisión. “No hay forma de impedir que el chikungunya entre en el país, no se puede cubrir con un mosquitero a todo un país, hay centenares de vuelos entre Costa Rica y los países caribeños”, ha señalado un alto responsable sanitario costarricense.
Y el paso a Centroamérica del chikungunya supone su instalación a las puertas del gran gigante americano, de Estados Unidos, donde ya se han registrado 80 casos, aunque ninguno continental. La posibilidad de esta expansión ha sido contemplada desde 2006 por el Centro de Control de Enfermedades Infecciosas, uno de los organismos rectores en la prevención de epidemias. Para evitarlo ha desplegado una red de laboratorios de referencia y puesto en marcha programas de análisis rápido y entrenamiento a personal sanitario, en colaboración con la Organización Panamericana de la Salud. También ha emitido recomendaciones a los viajeros, sobre todo al Caribe, para evitar la infección (con antimosquitos y permetrina en ropa) y lograr una rápida detección en caso de síntomas.
Con información de
elpais
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