Analizan 1.700 casos de niños con autismo y hallan que las profesiones de sus madres tienen un patrón común
Jueves 14 de
Mayo 2026
Observaron una mayor probabilidad de que los hijos sufran este trastorno en mujeres que trabajan en ciertos rubros. Es por estar expuestas a sustancias tóxicas o productos de combustión, o exigidas en un tipo de tarea de alto estrés.
Científicos de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins, en Maryland, y de Harvard, en Boston, realizaron un análisis del trastorno del espectro autista (TEA) para determinar si existe una característica común en sus madres, puntualmente en lo vinculado a la actividad laboral. Tras revisar 1.702 casos de niños nacidos con autismo a lo largo de casi 40 años, encontraron un patrón definido en las profesiones.
Los resultados, que acaban de ser publicados en el British Medical Journal (The BMJ), indican que tuvieron más probabilidades de tener un hijo con TEA las madres que se desempeñan en trabajos con exposición frecuente a sustancias tóxicas o productos de combustión, o aquellas con un tipo de tarea que exige un alto nivel de estrés.
Las conclusiones de la investigación estadounidense se obtuvieron en base a nacimientos ocurridos entre 1973 y 2012 en Dinamarca, a partir del Registro Nacional de Pacientes de ese país, y los historiales laborales de las madres se surgieron del Registro del Fondo de Pensiones de Dinamarca. Se buscó asociaciones entre ocupaciones desempeñadas alguna vez, un año antes de la concepción, durante el embarazo y durante la infancia, ajustado por edad de la madre, antecedentes de trastornos neuropsiquiátricos y lugar de residencia.
Hubo mayores probabilidades de tener un hijo con TEA para las madres que trabajaron antes de la concepción hasta la infancia en transporte terrestre, administración pública y ocupaciones militares o de defensa. También se observaron asociaciones para ocupaciones judiciales y servicio militar o de defensa un año antes de la concepción y durante el embarazo. “Observamos diferencias de sexo, con asociaciones significativas en niños varones para el empleo en transporte terrestre y ocupaciones de defensa”, detallan los autores.
En el estudio, los casos con TEA eran predominantemente masculinos (71%) y una gran parte de los participantes (46%) nació en la década de 1990. En promedio, la edad materna al momento del nacimiento del niño en la muestra fue de 29,3 años. Además, los casos con TEA presentaron una mayor proporción de madres con antecedentes de trastornos neuropsiquiátricos que los controles sin autismo (3,6 % y 1,5 %, respectivamente).
Los investigadores profundizan en los posibles riesgos de las actividades laborales identificadas: “Las ocupaciones en defensa pueden implicar múltiples exposiciones peligrosas, incluido el plomo procedente del manejo de artillería y los ejercicios de entrenamiento, los gases de escape y los disolventes industriales. Del mismo modo, las madres empleadas en el transporte terrestre y aéreo también pueden estar expuestas a gases de escape y material particulado, y tenían una mayor probabilidad de tener un hijo con TEA en todos los periodos de exposición”.
Añaden que estos hallazgos “coinciden con investigaciones previas que sugieren un mayor riesgo de TEA en hijos de madres con exposición ocupacional a los gases de escape del tráfico. En conjunto, estos hallazgos enfatizan la complejidad de las exposiciones concurrentes y subrayan la necesidad de futuros estudios que utilicen matrices de exposición laboral para evaluar las exposiciones ocupacionales a tóxicos específicas en el tiempo, de forma individual y conjunta, para dilucidar cómo las exposiciones específicas impactan en el riesgo de TEA y otros trastornos del neurodesarrollo”.
Otro factor común en la defensa y ocupaciones relacionadas es el estrés físico y psicosocial repetido. “La tensión laboral puede contribuir a la fatiga y el malestar materno, lo que puede afectar negativamente el neurodesarrollo infantil a través de una mayor inflamación durante el embarazo”, dicen los autores de la publicación en The BMJ.
Explican más específicamente que “el estrés prenatal se ha relacionado previamente con un mayor riesgo de TEA, con mecanismos propuestos que incluyen la desregulación del eje hipotalámico-hipofisario-suprarrenal, la constricción del flujo sanguíneo uterino y la inducción de la actividad del sistema nervioso simpático fetal, alterando el equilibrio del sistema nervioso autónomo”.
Sin embargo, advierten, “es difícil discernir cuál de estas condiciones concurrentes, la tensión física o psicosocial, tiene el mayor impacto en el neurodesarrollo de la descendencia. También se ha sugerido que el estrés materno podría amplificar los impactos de las exposiciones ambientales concurrentes en la cognición infantil. Incluso observaron mayores probabilidades de TEA para ocupaciones de alto estrés con mínima exposición a tóxicos, entre las que aparecen las carreras judiciales, de administración pública y de bienestar social.
Los resultados, que acaban de ser publicados en el British Medical Journal (The BMJ), indican que tuvieron más probabilidades de tener un hijo con TEA las madres que se desempeñan en trabajos con exposición frecuente a sustancias tóxicas o productos de combustión, o aquellas con un tipo de tarea que exige un alto nivel de estrés.
Las conclusiones de la investigación estadounidense se obtuvieron en base a nacimientos ocurridos entre 1973 y 2012 en Dinamarca, a partir del Registro Nacional de Pacientes de ese país, y los historiales laborales de las madres se surgieron del Registro del Fondo de Pensiones de Dinamarca. Se buscó asociaciones entre ocupaciones desempeñadas alguna vez, un año antes de la concepción, durante el embarazo y durante la infancia, ajustado por edad de la madre, antecedentes de trastornos neuropsiquiátricos y lugar de residencia.
Hubo mayores probabilidades de tener un hijo con TEA para las madres que trabajaron antes de la concepción hasta la infancia en transporte terrestre, administración pública y ocupaciones militares o de defensa. También se observaron asociaciones para ocupaciones judiciales y servicio militar o de defensa un año antes de la concepción y durante el embarazo. “Observamos diferencias de sexo, con asociaciones significativas en niños varones para el empleo en transporte terrestre y ocupaciones de defensa”, detallan los autores.
En el estudio, los casos con TEA eran predominantemente masculinos (71%) y una gran parte de los participantes (46%) nació en la década de 1990. En promedio, la edad materna al momento del nacimiento del niño en la muestra fue de 29,3 años. Además, los casos con TEA presentaron una mayor proporción de madres con antecedentes de trastornos neuropsiquiátricos que los controles sin autismo (3,6 % y 1,5 %, respectivamente).
Factores de riesgo de cada actividad
Los investigadores profundizan en los posibles riesgos de las actividades laborales identificadas: “Las ocupaciones en defensa pueden implicar múltiples exposiciones peligrosas, incluido el plomo procedente del manejo de artillería y los ejercicios de entrenamiento, los gases de escape y los disolventes industriales. Del mismo modo, las madres empleadas en el transporte terrestre y aéreo también pueden estar expuestas a gases de escape y material particulado, y tenían una mayor probabilidad de tener un hijo con TEA en todos los periodos de exposición”.
Añaden que estos hallazgos “coinciden con investigaciones previas que sugieren un mayor riesgo de TEA en hijos de madres con exposición ocupacional a los gases de escape del tráfico. En conjunto, estos hallazgos enfatizan la complejidad de las exposiciones concurrentes y subrayan la necesidad de futuros estudios que utilicen matrices de exposición laboral para evaluar las exposiciones ocupacionales a tóxicos específicas en el tiempo, de forma individual y conjunta, para dilucidar cómo las exposiciones específicas impactan en el riesgo de TEA y otros trastornos del neurodesarrollo”.
Otro factor común en la defensa y ocupaciones relacionadas es el estrés físico y psicosocial repetido. “La tensión laboral puede contribuir a la fatiga y el malestar materno, lo que puede afectar negativamente el neurodesarrollo infantil a través de una mayor inflamación durante el embarazo”, dicen los autores de la publicación en The BMJ.
Explican más específicamente que “el estrés prenatal se ha relacionado previamente con un mayor riesgo de TEA, con mecanismos propuestos que incluyen la desregulación del eje hipotalámico-hipofisario-suprarrenal, la constricción del flujo sanguíneo uterino y la inducción de la actividad del sistema nervioso simpático fetal, alterando el equilibrio del sistema nervioso autónomo”.
Sin embargo, advierten, “es difícil discernir cuál de estas condiciones concurrentes, la tensión física o psicosocial, tiene el mayor impacto en el neurodesarrollo de la descendencia. También se ha sugerido que el estrés materno podría amplificar los impactos de las exposiciones ambientales concurrentes en la cognición infantil. Incluso observaron mayores probabilidades de TEA para ocupaciones de alto estrés con mínima exposición a tóxicos, entre las que aparecen las carreras judiciales, de administración pública y de bienestar social.
Con información de
Clarín
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