Más allá del Súper Niño: el informe de The Lancet que alerta sobre incendios, dengue y sequías en América Latina

Miércoles 28 de Octubre 2026 - 07:36

El informe Lancet Countdown 2026 advierte sobre el impacto del cambio climático en la salud: más muertes por humo de incendios, expansión de enfermedades y sequías extremas que amenazan el agua y los alimentos en América Latina
Con la agenda que impuso El Niño en los últimos meses, la crisis climática quedó relegada, pero sus efectos siguen manifestándose de manera progresiva en todo el planeta. Sus consecuencias serán mucho más duraderas y su vínculo con la salud resulta clave.
 
El informe anual publicado este martes por la prestigiosa revista científica The Lancet reúne varios datos que constituyen, en realidad, un llamado de atención para las autoridades sanitarias de todo el mundo y, en particular, para las de América Latina. La región fue señalada como una de las más vulnerables.
 
A nivel global, un dato para subrayar es la cifra de muertes asociadas al calor. Hace no mucho tiempo, las imágenes del Reino Unido, Francia o España inundaban las redes sociales por el estupor que generaban entre la población y las autoridades. Eran países aparentemente preparados para todo, pero, en los cálculos de gestión e incluso de mercado, un aire acondicionado no era considerado fundamental. Solo en Europa, las olas de calor dejaron este año más de 200.000 muertes asociadas a las altas temperaturas.
 
Según The Lancet, los últimos 11 años fueron los más cálidos desde que existen registros y las muertes relacionadas con este fenómeno siguen aumentando. En 2023 hubo 710.000 muertes por calor a nivel mundial, de las cuales el 71,5% estuvieron asociadas al cambio climático.
 
Hace unas semanas, el exsecretario de Cambio Climático de la Nación, Rodrigo Rodríguez Tornquist, explicó en una conferencia en Buenos Aires que la intensidad de las lluvias o sequías que experimentaremos durante algunos meses con El Niño puede ser un espejo de lo que sucederá en un escenario de aumento de la temperatura media global de 1,5 °C. En otras palabras, lo que hoy vivimos como un evento puntual, que durará como mucho nueve o diez meses, podría convertirse en la nueva normalidad dentro de pocos años.
 
Ese aumento, que parece mínimo, promedia cambios enormes en toda la Tierra. No se trata solo de más calor. También de todo lo que se deriva de él, en una suerte de efecto dominó que, para muchos, se asemeja a un efecto mariposa. Más lluvias, más tormentas, pero también más sequías y olas de calor. A su vez, esto provoca cambios en la biodiversidad, en el nivel del mar, en la calidad del suelo y, posteriormente, en la calidad de vida de la población humana, en la producción, en el cálculo del riesgo financiero y en la política.
 
Como ocurre con cualquier fenómeno de semejante complejidad, comprender sus efectos concretos implica analizar un sinnúmero de variables interrelacionadas. En ese esfuerzo, The Lancet reveló que América Latina es una de las regiones más vulnerables al cambio climático, en particular por tres consecuencias de este fenómeno global.

 

Incendios, humo, la región y la Argentina

 
Uno de los datos que el relevamiento de la revista científica destacó para América Latina es el de las muertes asociadas a incendios, pero no por calcinamiento, sino por asfixia. El humo, en especial en zonas de interfase, puede dificultar la orientación y la evacuación y, con suficiente exposición, convertirse en un factor letal.
 
A inicios de este año, LA NACION conversó con una brigadista de la zona de Mallín Ahogado, en la Patagonia argentina, llamada Natalia Dobranski. Ella fue la primera persona en ver el cuerpo sin vida de su vecino durante un incendio forestal gigantesco en 2026. Lo conocía como don Reyes y lo encontró desplomado sobre el camino, con su bicicleta tirada a unos metros.
 
Días antes de encontrarse con aquella escena, Dobranski lo había visto subido a su guindo buscando cerezas.
 
“Era un hombre bajito, parecía frágil, pero era tremendamente fuerte”, recordó.
 
Durante ese incendio, las llamas rodearon tanto la casa de don Reyes como la base de la Brigada Andina, grupo en el que esta mujer de 35 años sigue combatiendo el fuego. Tanto ella como sus compañeros perdieron todas sus herramientas de trabajo y sus pertenencias. Los pulmones de don Reyes colapsaron por el humo.
 
A diferencia de lo ocurrido a nivel mundial, donde la mortalidad por asfixia asociada al humo de incendios forestales disminuyó, The Lancet calculó que en América Latina aumentó un 33%. Pero el incremento no se registró en la Patagonia, como ocurrió en el caso de don Reyes, sino en la Amazonia y en el Gran Chaco, primer y segundo bosque más extensos de América del Sur.
 
Marcela Godoy, investigadora del Conicet y docente de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, lleva años estudiando el régimen del fuego en la Argentina y plantea que la tendencia regional exhibida por la revista científica no coincide con la situación nacional.
 
“En comparación con otros países, por incendios en la Argentina muere muy poca gente. Tanto población civil como brigadistas, incluso si nos comparamos con Estados Unidos y Australia”, señaló la especialista, quien agregó que la correlación entre las muertes y la cantidad o magnitud de los incendios no es proporcional.
 
Por supuesto que existe un mayor riesgo de muertes cuando hay más incendios. Y la especialista sostiene que existe consenso respecto de que hoy se registran más focos en el país y que muchos de ellos crecen con mayor rapidez. Pero las muertes por incendios forestales y, más específicamente, por asfixia o enfermedades asociadas al humo, también están vinculadas con la ubicación de las poblaciones afectadas.
 
En el caso argentino, a diferencia de lo que ocurre en Bolivia, Brasil, Perú o Colombia, la concentración demográfica es menor y el acceso a las zonas de interfase resulta más sencillo. A pesar de ello, Godoy advirtió que la inversión pública en gestión de riesgos deberá aumentar si se pretende evitar futuras tragedias.
 

Clima y vectores de enfermedades en América Latina

 
A nivel global, 2024 fue el año récord en casos de dengue registrados. El ritmo anual de incremento en la capacidad de transmisión del mosquito Aedes aegypti, vector del dengue, se aceleró un 125% entre los períodos 2006-2015 y 2016-2025. Según The Lancet, fenómenos similares de expansión climática también afectan al zika y al chikungunya.
 
El dengue no es una enfermedad nueva en América Latina, aunque estuvo cerca de ser erradicada hace algunas décadas. Esa situación se revirtió, especialmente durante los últimos años. Durante el siglo pasado constituyó un importante problema de salud pública en la región, lo que impulsó campañas masivas de control del mosquito vector. Para 1972, el dengue había sido eliminado en 21 países de América.
 
Hoy se registran explosiones poblacionales del vector asociadas a cambios en la temperatura y la humedad, que derivaron en un aumento de los casos y una notable expansión territorial. En la Argentina ya se registraron casos incluso en Neuquén.
 
Un estudio publicado el año pasado por los National Institutes of Health de Estados Unidos determinó un incremento global del 18% en la incidencia de contagios. En el país, entre 1990 y 2021, los reportes pasaron de poco más de 38.000 a más del doble, según datos del Institute for Health Metrics and Evaluation de la Universidad de Washington.
 
Diversos institutos coinciden en atribuir esta expansión al aumento de las temperaturas. Pero el Aedes aegypti no es el único vector beneficiado por el calor.
 
El informe de The Lancet afirmó que América Latina también se ubica como la segunda región con mayor idoneidad térmica del mundo para la transmisión del virus del Nilo Occidental, que puede provocar complicaciones neurológicas graves, solo por detrás de los pequeños Estados insulares y por delante de África y Europa.
 

Sequías extensas y prolongadas

 
Durante el período 2016-2025, el 41,7% de la superficie terrestre mundial sufrió al menos un mes de sequía extrema por año, frente al 28,4% registrado entre 2006 y 2015. En 2025, esa cifra alcanzó el 51,8% de la superficie global, el segundo nivel más alto del que se tiene registro.
 
El ritmo al que se expanden las zonas afectadas por sequías extremas se aceleró un 704% entre la última década y el decenio anterior. De acuerdo con el reporte de The Lancet, América Latina y, especialmente, la cuenca amazónica, figuran entre las regiones más afectadas de manera desproporcionada por este fenómeno de estrés hídrico extremo.
 
Además de las sequías, el informe destaca el aumento de la deforestación, particularmente entre 2023 y 2024, una tendencia que favorece la falta de agua y reduce la capacidad del bosque amazónico para absorber dióxido de carbono.
 
En términos globales, las sequías son identificadas como el riesgo climático más destructivo para la agricultura y son responsables de más del 30% de las pérdidas de cultivos en países en desarrollo.
 
Un análisis satelital incluido en el informe mostró que entre 2003 y 2025 se registró una disminución persistente en el almacenamiento de agua en el 43% de la superficie terrestre, lo que afecta el acceso al agua segura y al saneamiento.
 
Combinado con una mayor frecuencia de días con olas de calor y meses de sequía, este fenómeno provocó, según el informe, que 127,9 millones de personas adicionales sufrieran inseguridad alimentaria moderada o grave en 2024.
 
A diferencia de lo que ocurre en la Amazonia, las zonas agrícolas y ganaderas de la Argentina, que son las más vulnerables a las sequías, se encuentran en áreas donde el Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) proyecta una mayor disponibilidad de agua.
 
Sin embargo, una parte importante de la región patagónica, así como Cuyo y el noroeste argentino, padecen desde hace más de una década sequías que, en mayor o menor medida, se han vuelto persistentes. Al menos, eso indican los últimos datos disponibles.
 
En el plano político, el informe sostiene que la respuesta a la crisis climática requiere mucho más que compromisos de reducción de emisiones. Entre sus principales recomendaciones figura reconocer formalmente el cambio climático como una emergencia sanitaria global, mediante un instrumento específico en la Organización Mundial de la Salud (OMS), y coordinar mejor las instituciones internacionales para que la salud ocupe un lugar central en las políticas climáticas.
 
También destaca la necesidad de crear una plataforma pública global de datos que permita mejorar la vigilancia epidemiológica y los sistemas de alerta temprana, además de ampliar el financiamiento internacional destinado a los países en desarrollo mediante subvenciones y créditos concesionales, sin agravar sus niveles de endeudamiento.
 
Las metas para la próxima década son igualmente ambiciosas. El informe fija como objetivos detener de inmediato la exploración de nuevos yacimientos de combustibles fósiles, eliminar la generación eléctrica a carbón para 2035 y alcanzar, para esa misma fecha, un suministro energético compuesto en un 96% por fuentes de cero emisiones.
 
Además, propone eliminar los subsidios netos a los combustibles fósiles antes de 2030 y desarrollar sistemas de alerta temprana para los principales riesgos climáticos en todos los países antes de 2027, junto con la incorporación de planes de adaptación sanitaria para 2030.
 
A esto se suman otras metas, como detener la deforestación, restaurar 350 millones de hectáreas antes del final de la década y promover dietas más saludables y con menor impacto ambiental.
Con información de La Nación



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