Primer revés de Clinton en la lucha por la presidencia
Sábado 07 de
Marzo 2015

Pide que se publique todo su correo electrónico como secretaria de Estado
El caso de Hillary Clinton y los correos electrónicos es un escándalo o una anécdota dependiendo de las fuentes a las que se recurra. Para Peter Roskam, representante republicano por Illinois, “el último alto cargo del Gobierno que vimos editar sus propias respuestas fue Nixon y al menos él disfrutaba del privilegio del poder ejecutivo”. Alejado del fantasma del Watergate tan recurrente en Washington se encuentra David Brock, fundador de la web Media Matters For America y quien considera que la historia revelada por The New York Times es “una operación republicana del principio al fin” para desacreditar a la exsecretaria de Estado.
En medio, muchas preguntas sin respuestas todavía definidas. ¿Por qué se permitió a la secretaria de Estado mantener exclusivamente una cuenta privada para sus comunicaciones electrónicas de correo? ¿Qué implicaciones tiene esto de cara a las presidenciales de 2016 en el campo demócrata? ¿Importa a los electores? La última incógnita parece más fácil de desentrañar y resulta difícil imaginar un escenario en el que dentro de 20 meses, cuando los votantes acudan a las urnas para elegir nuevo presidente —en este caso presidenta— lo hagan pensando en que Hillary Clinton no se ajustó al milímetro al reglamento y tan solo usó su correo privado para todos los asuntos referentes a Foggy Bottom, donde se encuentra la sede del Departamento de Estado en Washington.
Pero es que además resulta que el reglamento es ambiguo, como de alguna manera expone la información que proporciona el Times, ya que el diario neoyorquino establece que otros anteriores secretarios de Estado, como fue el caso de Colin Powell, también usaron su correo privado. Es más, no ha sido hasta la llegada del actual inquilino a la sede de la diplomacia de EE UU, John Kerry, cuando se ha acuñado la cuenta asociada a state.gov para el secretario de Estado. De hecho, en la época que Clinton fue secretaria de Estado —2009-2013—, la ley federal que regula preservar las comunicaciones de los empleados federales no obligaba a usar cuentas del Gobierno, solo a preservar sus contenidos, algo que parece claro que la exsenadora sí ha hecho, como el Departamento de Estado ha reconocido y ella misma ha ofrecido para revisión. “Quiero que los ciudadanos vean mi correo. He pedido al Departamento de Estado que los publique y me han dicho que los revisarán para publicarlos lo antes posible”, escribió en la noche del miércoles Clinton en su cuenta de Twitter, en su primera y hasta ahora única salida al paso del traspié sufrido.
El escándalo que podría no ser puede quedarse solo en un guijarro en el camino, aunque precipitaría, en opinión por ejemplo de The Wall Street Journal, que Clinton adelante la fecha en la que pensaba hacer pública su candidatura, de julio al próximo mes de abril. Hasta ahora, la eventual candidata demócrata no veía necesidad de comenzar a desgastarse en una batalla presidencial que, de momento, tiene ganada de calle en los sondeos, que la sitúan por delante de cualquier candidato republicano. Su candidatura se atisba —a día de hoy— única en las filas demócratas.
Lo que ha hecho el emailgate ha sido reavivar el halo de opacidad que rodea al matrimonio Clinton, pareja asociada con lograr sus objetivos a cualquier precio, justo días después de que se conocieran las ingentes sumas de dinero donadas a la Fundación Clinton por parte de Gobiernos extranjeros y agentes con agendas concretas que se asume buscarán rentabilizar sus inversiones una vez que la señora Clinton ocupe el número 1600 de Pennsylvania Avenue. Sin embargo, son varios los columnistas que recuerdan que las alegaciones de 1992 del Times contra los Clinton en el caso Whitewater por el escándalo inmobiliario de Arkansas se quedaron en nada. Y que la pareja nunca fue acusada, a pesar del esfuerzo puesto en ello por el fiscal independiente Ken Starr.
Al margen de violaciones federales todavía por probar, los correos de Clinton han alertado sobre un asunto que concierne a la seguridad nacional, ya que la exsecretaria de Estado estaba usando una cuenta no codificada que funcionaba con un servidor que albergaba en su propia casa. En este sentido, parte de los correos que ahora los republicanos le reclaman a Clinton tienen que ver con la eterna polémica que los republicanos parecen dispuestos a no abandonar sobre la responsabilidad de la exsecretaria en el ataque terrorista de Bengasi (Libia) de 2012, en el que murieron cuatro norteamericanos, entre ellos el embajador Christopher Stevens.
Aún así, es muy probable que para estas fechas, el año que viene, nadie recuerde la historia de Hillary Clinton y su correo electrónico personal. Porque es muy probable que este haya sido solo el inicio de lo que se aventura una dura campaña para Clinton, quien sin ser todavía oficialmente candidata es el político demócrata mejor situado en una carrera para unas primarias demócratas desde 1960. Y eso tiene un precio. Quizá es este un buen momento para recordar la frase del periodista del Washington Post, Dana Milbank, ante el inicio de campaña de Hillary Clinton en 2008: “No importa qué haga, la prensa siempre la va a destrozar”.
Pero es que además resulta que el reglamento es ambiguo, como de alguna manera expone la información que proporciona el Times, ya que el diario neoyorquino establece que otros anteriores secretarios de Estado, como fue el caso de Colin Powell, también usaron su correo privado. Es más, no ha sido hasta la llegada del actual inquilino a la sede de la diplomacia de EE UU, John Kerry, cuando se ha acuñado la cuenta asociada a state.gov para el secretario de Estado. De hecho, en la época que Clinton fue secretaria de Estado —2009-2013—, la ley federal que regula preservar las comunicaciones de los empleados federales no obligaba a usar cuentas del Gobierno, solo a preservar sus contenidos, algo que parece claro que la exsenadora sí ha hecho, como el Departamento de Estado ha reconocido y ella misma ha ofrecido para revisión. “Quiero que los ciudadanos vean mi correo. He pedido al Departamento de Estado que los publique y me han dicho que los revisarán para publicarlos lo antes posible”, escribió en la noche del miércoles Clinton en su cuenta de Twitter, en su primera y hasta ahora única salida al paso del traspié sufrido.
El escándalo que podría no ser puede quedarse solo en un guijarro en el camino, aunque precipitaría, en opinión por ejemplo de The Wall Street Journal, que Clinton adelante la fecha en la que pensaba hacer pública su candidatura, de julio al próximo mes de abril. Hasta ahora, la eventual candidata demócrata no veía necesidad de comenzar a desgastarse en una batalla presidencial que, de momento, tiene ganada de calle en los sondeos, que la sitúan por delante de cualquier candidato republicano. Su candidatura se atisba —a día de hoy— única en las filas demócratas.
Lo que ha hecho el emailgate ha sido reavivar el halo de opacidad que rodea al matrimonio Clinton, pareja asociada con lograr sus objetivos a cualquier precio, justo días después de que se conocieran las ingentes sumas de dinero donadas a la Fundación Clinton por parte de Gobiernos extranjeros y agentes con agendas concretas que se asume buscarán rentabilizar sus inversiones una vez que la señora Clinton ocupe el número 1600 de Pennsylvania Avenue. Sin embargo, son varios los columnistas que recuerdan que las alegaciones de 1992 del Times contra los Clinton en el caso Whitewater por el escándalo inmobiliario de Arkansas se quedaron en nada. Y que la pareja nunca fue acusada, a pesar del esfuerzo puesto en ello por el fiscal independiente Ken Starr.
Al margen de violaciones federales todavía por probar, los correos de Clinton han alertado sobre un asunto que concierne a la seguridad nacional, ya que la exsecretaria de Estado estaba usando una cuenta no codificada que funcionaba con un servidor que albergaba en su propia casa. En este sentido, parte de los correos que ahora los republicanos le reclaman a Clinton tienen que ver con la eterna polémica que los republicanos parecen dispuestos a no abandonar sobre la responsabilidad de la exsecretaria en el ataque terrorista de Bengasi (Libia) de 2012, en el que murieron cuatro norteamericanos, entre ellos el embajador Christopher Stevens.
Aún así, es muy probable que para estas fechas, el año que viene, nadie recuerde la historia de Hillary Clinton y su correo electrónico personal. Porque es muy probable que este haya sido solo el inicio de lo que se aventura una dura campaña para Clinton, quien sin ser todavía oficialmente candidata es el político demócrata mejor situado en una carrera para unas primarias demócratas desde 1960. Y eso tiene un precio. Quizá es este un buen momento para recordar la frase del periodista del Washington Post, Dana Milbank, ante el inicio de campaña de Hillary Clinton en 2008: “No importa qué haga, la prensa siempre la va a destrozar”.
Con información de
El País
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