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El Chapo Guzmán ha burlado en dos ocasiones el cerco militar
Domingo 18 de
Octubre 2015
La leyenda se agiganta. Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, el narcotraficante cuya fuga ha puesto en jaque al Estado mexicano, ha burlado ya dos veces el cerco de sus perseguidores. Primero fue a finales de julio en Los Mochis, Sinaloa, y hace ocho días, en un rancho de la Sierra Madre. En ambas ocasiones, según fuentes cercanas a la investigación, el hombre más buscado de América se libró por minutos de caer en manos de los comandos de élite de la Marina. Tras su última fuga ha quedado herido en piernas y rostro, presumiblemente al accidentarse el todoterreno en el que huía.
Nadie sabe con seguridad cómo ha logrado evadirse dos veces. Si hubo suerte, previsión o directamente un aviso es algo que, posiblemente, quedará enterrado para siempre. Ya 2014, en las semanas anteriores a su caída en un departamento turístico de Mazatlán, también escapó en el último momento de sus perseguidores. Fue en una casa de seguridad de Culiacán. Una puerta de blindaje hidráulico le dio los minutos necesarios para huir por un pasadizo que desembocaba en las alcantarillas. Tras este episodio, del que también salió herido, decidió romper su círculo de seguridad, en la creencia que estaba minado por los servicios de inteligencia, y buscar refugio de las montañas de Sinaloa donde se crio. Antes de su partida, acudió a ver a su esposa y sus hijas gemelas. Esa fue su perdición.
Ahora, todas las sospechas le vuelven a situar en el denominado Triángulo de Oro, entre Sinaloa y Durango. A ese agreste reino del narco han sido desplazadas las unidades de la élite de la Marina. Implacables y entrenadas para misiones de alto riesgo, estas fuerzas son de las pocas que en México gozan de la confianza plena de Estados Unidos. El año pasado ya detuvieron a Guzmán Loera y ahora ha vuelto a recaer sobre ellos la responsabilidad de atraparle. Para cumplir su misión disponen de un gigantesco arsenal de inteligencia y medios, pero también de la presión del Gobierno mexicano, a quien la pasmosa fuga de El Chapo ha dejado en ridículo frente a su vecino del norte y a su propia ciudadanía.
La reconstrucción policial muestra que, tras su huida de la cárcel de máxima seguridad de El Altiplano por un túnel de 1.500 metros, El Chapo fue conducido en coche hasta Querétaro, en el centro del país. Y desde allí llevado en avioneta hasta las montañas de Sinaloa. El piloto ya ha sido detenido. Y los drones de Estados Unidos han permitido rastrear llamadas clave en el entorno del criminal. El cerco, con estos medios, se ha estrechado. Pero el líder del cártel de Sinaloa, libre en un territorio que conoce como la palma de su mano, está demostrando una enorme capacidad de evasión. Sus movimientos se han vuelto imprevisibles. Los saltos y huidas son continuos. Y a sus hombres no les tiembla el pulso a la hora de disparar. Poco les importa que sean tropas de Infantería o los comandos de la Marina. El Chapo, de momento, se resiste.
En esta coreografía de la evasión, Guzmán Loera no está solo. A su lado cuenta con su histórico socio, Ismael El Mayo Zambada, uno de los grandes capos del narco mexicano. Con su apoyo, El Chapo habría organizado su fuga del presidio y hallado refugio en las montañas de la Sierra Madre.
Junto a esta ayuda, algunas fuentes oficiales citadas por medios mexicanos señalan también una estratégica y reciente alianza con el Cártel Jalisco Nueva Generación, el terrible grupo que en mayo pasado derribó un helicóptero militar y estranguló a plena luz del día la ciudad de Guadalajara, la tercera del país. Este pacto, aparte de multiplicar la capacidad letal de ambas organizaciones, habría ampliado el campo de acción de El Chapo y, por ende, sus posibilidades de fuga. Una nueva dificultad para un objetivo que se ha vuelto una prueba de fuego para la credibilidad de Estado mexicano.
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Con información de
EL PAÍS
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