Entre Ríos
En la región costará imponer la práctica de comer insectos
Domingo 19 de
Mayo 2013

La FAO afirmó que constituyen un alimento nutritivo que ayudará a combatir el hambre. Acá no se consumen y hasta causan cierta repulsión
Esta semana, la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) lanzó una campaña para promocionar el consumo de insectos luego de que un estudio revelara que son nutritivos, abundantes, económicos y hasta deliciosos”. Desde el organismo se afirmó: “Esto puede ayudar a combatir el hambre y mejorar la salud en todo el mundo, porque reducirá la malnutrición e incluso la obesidad”.
En diversos países es una costumbre arraigada la de preparar platos con tarántulas, langostas, hormigas o gusanos. Y no hace falta viajar hasta el continente africano, donde es una práctica muy difundida: también en América Latina se pueden degustar este tipo de opciones culinarias. En Brasil, Perú, Venezuela, Colombia y otros lugares se pueden probar alimentos a base de alguna especie invertebrada.
Sin embargo en la Argentina, tierra del asado vacuno por excelencia, la idea por lo general provoca cierta repugnancia. Incluso también existe cierto tabú para hablar sobre las posibilidades de que los insectos formen parte de la dieta. Por ejemplo, no es un tema que se aborde en las investigaciones de la Facultad de Ciencias de la Alimentación, con sede en Concordia, que depende de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER). Al respecto, Hugo Cives, actual decano de la institución, señaló a UNO: “No hay ningún proyecto sobre eso y por una cuestión de responsabilidad prefiero no comentar nada, porque no es que se puede agarrar una cucaracha y comerla, ya que trasmite un montón de enfermedades”. Por su parte, el director del Instituto de Control, Alimentación y Bromatología de la Provincia, Pablo Basso, afirmó que “en Entre Ríos no hay ningún emprendimiento de este tipo que esté aprobado”.
“Probando, gustando”
“Acá se suelen comer caracoles de jardín y de vez en cuando los preparo”, contó el ingeniero agrónomo especializado en alimentos y experimentado cocinero Ángel Sánchez. A su vez, expresó: “Hay que diferenciar las distintas especies, ya que los insectos son los que tienen seis patas y los arácnidos los que tienen ocho, aunque nosotros llamemos por igual también a los gusanos, por ejemplo”.
En este marco, admitió que “todos los gusanos que después se convierten en otra cosa son comestibles, como la larva de la mosca y la isoca”.
“Yo insectos no he comido, pero sí en un viaje a Italia probé lombrices, que se sazonaban con harina estando vivas, mientras se retorcían en un recipiente, y de ahí se ponían directamente en la freidora. Quedaban muy crocantes y sabrosas”, agregó como anécdota.
También Mariano, un avezado turista que prefirió no revelar su apellido, brindó su testimonio a UNO: “En Camboya degusté distintos insectos, porque allá es común que se preparen como alimentos”.
“No es fácil describir qué se siente. Comí una langosta y fue una sensación rara; no me sentaría a comer un plato entero”, admitió entre risas. También mencionó que había otros tipo de gusanos, entre ellos el de seda y el del bambú, que es medio regordete”.
“Lo que fue una sorpresa fue la chinche de agua: es muy rica, tenía las alas como de celofán y un sabor parecido al queso”, describió.
Además recordó: “En Venezuela también probé algo que estaba hecho a base de las termitas que comen la madera, y la katara, una salsa picante típica elaborada por los nativos”, dijo en referencia a la receta que lleva como ingredientes principales ají y bachaco, una hormiga gigante de la selva amazónica de ese país.
Un cambio radical
La nutricionista Laura Larrateguy sintetizó: “Básicamente y en líneas generales, para que algo se admita como alimento para el ser humano no debe contener cosas tóxicas ni representar un peligro para su salud; hay que ver después cuáles son los nutrientes, las grasas y los minerales que aporta al organismo”. En referencia a la posibilidad de que en la Argentina se incorpore la práctica de comer insectos, señalados como una gran fuente de proteínas, indicó: “Hay regiones en África y el Caribe donde se consumen ciertos tipos de hormigas, langostas y otras especies, pero nosotros tenemos otra cultura alimentaria, que se construye incluyendo varias aristas, como los hábitos, el tipo de vida y las influencias religiosas”.
Por su parte, Ángel Sánchez explicó que “la alimentación tiene dos niveles de satisfacción: la neurofisiológica y la psicológica”.
“Después de la faceta física, donde hay que tener en cuenta qué se debe comer, en base a las proteínas y vitaminas que el cuerpo necesita, también hay un componente relacionado a la sensación de placer que produce ingerir determinados alimentos, la forma en que están cocinados, la temperatura, la consistencia, la manera en que se condimenta; esto tiene más que ver con lo cultural”, aclaró. En este sentido, afirmó: “Hasta hace 25 años estábamos adaptados a comer carne de vaca o de pollo, pero era muy raro que se ingiriera habitualmente cerdo o cordero. Hoy, por una cuestión de costos, el cerdo es una carne que comúnmente forma parte de la dieta. Pero veo más difícil que se incorporen los insectos como parte de nuestro alimento cotidiano. Si se trabajara para que haya un cambio cultural para integrarlos a nuestra mesa, puede demandar más de 50 años lograrlo; sería todo un cambio generacional”.
Por último, recordó: “Se sabe que en cuanto a antecedentes, en la Argentina los guaraníes incluían en su dieta unos gusanos blancos de la madera”.
“Son más saludables”
Los autores del estudio del Departamento de Silvicultura, parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), dijeron que muchos insectos contienen la misma cantidad de proteínas y minerales que la carne y más grasas saludables que los médicos recomiendan en dietas balanceadas. En el reporte también se menciona que la cría de insectos sería menos dependiente de la tierra que el ganado y produciría menos gases de efecto invernadero. Más de 1.900 especies de insectos sirven como alimento en todo el mundo, en su mayoría en África y Asia, pero los occidentales en general rechazan comer saltamontes, termitas y otros platos crujientes.
Cómo se decide qué cosas son aptas para el consumo humano
En contradicción con la popular frase que establece que “todo bicho que camina va a parar al asador”, la licenciada en Nutrición María Laura Larrateguy contó a UNO que existe un código alimentario a nivel mundial y otro que rige lo que se consume dentro del país “donde se especifican las condiciones que debe reunir cada cosa que está incluida en este compendio”.
El Código Alimentario Argentino está regido según la Ley Nº 18.284, implementada a través del Decreto Nº 2.126/71. Se trata de un reglamento técnico en permanente actualización que establece las normas higiénicas, sanitarias, bromatológicas, de calidad y genuinidad que deben cumplir las personas físicas o jurídicas, los establecimientos, y los productos que están bajo su órbita. Esta normativa tiene como objetivo primordial la protección de la salud de la población, y la buena fe en las transacciones comerciales.
En la antigüedad, cuando se escribió la Biblia, no existían los códigos alimentarios. Seguramente por este motivo y para que la gente tomara ciertas precauciones y no se llevara cualquier cosa a la boca, se estableció un apartado en el capítulo 14 del libro Deuteronomio donde se especifican las condiciones que debe reunir un animal para ser ingerido. “No comerás de ningún animal detestable”, es una de las premisas que rige a determinadas culturas en la elección de los alimentos, según este texto, que incluye al buey, la oveja, la cabra, el ciervo, entre otros “mamíferos rumiantes y con pezuñas partidas” como aptos para el consumo humano.
En referencia a los insectos, no hay mucha información y solamente se menciona: “Todos los insectos con alas que caminan por el suelo son ceremonialmente impuros para ti y no los comerás; pero sí puedes comer de las aves y de los insectos con alas que son ceremonialmente puros”.
Sin embargo en la Argentina, tierra del asado vacuno por excelencia, la idea por lo general provoca cierta repugnancia. Incluso también existe cierto tabú para hablar sobre las posibilidades de que los insectos formen parte de la dieta. Por ejemplo, no es un tema que se aborde en las investigaciones de la Facultad de Ciencias de la Alimentación, con sede en Concordia, que depende de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER). Al respecto, Hugo Cives, actual decano de la institución, señaló a UNO: “No hay ningún proyecto sobre eso y por una cuestión de responsabilidad prefiero no comentar nada, porque no es que se puede agarrar una cucaracha y comerla, ya que trasmite un montón de enfermedades”. Por su parte, el director del Instituto de Control, Alimentación y Bromatología de la Provincia, Pablo Basso, afirmó que “en Entre Ríos no hay ningún emprendimiento de este tipo que esté aprobado”.
“Probando, gustando”
“Acá se suelen comer caracoles de jardín y de vez en cuando los preparo”, contó el ingeniero agrónomo especializado en alimentos y experimentado cocinero Ángel Sánchez. A su vez, expresó: “Hay que diferenciar las distintas especies, ya que los insectos son los que tienen seis patas y los arácnidos los que tienen ocho, aunque nosotros llamemos por igual también a los gusanos, por ejemplo”.
En este marco, admitió que “todos los gusanos que después se convierten en otra cosa son comestibles, como la larva de la mosca y la isoca”.
“Yo insectos no he comido, pero sí en un viaje a Italia probé lombrices, que se sazonaban con harina estando vivas, mientras se retorcían en un recipiente, y de ahí se ponían directamente en la freidora. Quedaban muy crocantes y sabrosas”, agregó como anécdota.
También Mariano, un avezado turista que prefirió no revelar su apellido, brindó su testimonio a UNO: “En Camboya degusté distintos insectos, porque allá es común que se preparen como alimentos”.
“No es fácil describir qué se siente. Comí una langosta y fue una sensación rara; no me sentaría a comer un plato entero”, admitió entre risas. También mencionó que había otros tipo de gusanos, entre ellos el de seda y el del bambú, que es medio regordete”.
“Lo que fue una sorpresa fue la chinche de agua: es muy rica, tenía las alas como de celofán y un sabor parecido al queso”, describió.
Además recordó: “En Venezuela también probé algo que estaba hecho a base de las termitas que comen la madera, y la katara, una salsa picante típica elaborada por los nativos”, dijo en referencia a la receta que lleva como ingredientes principales ají y bachaco, una hormiga gigante de la selva amazónica de ese país.
Un cambio radical
La nutricionista Laura Larrateguy sintetizó: “Básicamente y en líneas generales, para que algo se admita como alimento para el ser humano no debe contener cosas tóxicas ni representar un peligro para su salud; hay que ver después cuáles son los nutrientes, las grasas y los minerales que aporta al organismo”. En referencia a la posibilidad de que en la Argentina se incorpore la práctica de comer insectos, señalados como una gran fuente de proteínas, indicó: “Hay regiones en África y el Caribe donde se consumen ciertos tipos de hormigas, langostas y otras especies, pero nosotros tenemos otra cultura alimentaria, que se construye incluyendo varias aristas, como los hábitos, el tipo de vida y las influencias religiosas”.
Por su parte, Ángel Sánchez explicó que “la alimentación tiene dos niveles de satisfacción: la neurofisiológica y la psicológica”.
“Después de la faceta física, donde hay que tener en cuenta qué se debe comer, en base a las proteínas y vitaminas que el cuerpo necesita, también hay un componente relacionado a la sensación de placer que produce ingerir determinados alimentos, la forma en que están cocinados, la temperatura, la consistencia, la manera en que se condimenta; esto tiene más que ver con lo cultural”, aclaró. En este sentido, afirmó: “Hasta hace 25 años estábamos adaptados a comer carne de vaca o de pollo, pero era muy raro que se ingiriera habitualmente cerdo o cordero. Hoy, por una cuestión de costos, el cerdo es una carne que comúnmente forma parte de la dieta. Pero veo más difícil que se incorporen los insectos como parte de nuestro alimento cotidiano. Si se trabajara para que haya un cambio cultural para integrarlos a nuestra mesa, puede demandar más de 50 años lograrlo; sería todo un cambio generacional”.
Por último, recordó: “Se sabe que en cuanto a antecedentes, en la Argentina los guaraníes incluían en su dieta unos gusanos blancos de la madera”.
“Son más saludables”
Los autores del estudio del Departamento de Silvicultura, parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), dijeron que muchos insectos contienen la misma cantidad de proteínas y minerales que la carne y más grasas saludables que los médicos recomiendan en dietas balanceadas. En el reporte también se menciona que la cría de insectos sería menos dependiente de la tierra que el ganado y produciría menos gases de efecto invernadero. Más de 1.900 especies de insectos sirven como alimento en todo el mundo, en su mayoría en África y Asia, pero los occidentales en general rechazan comer saltamontes, termitas y otros platos crujientes.
Cómo se decide qué cosas son aptas para el consumo humano
En contradicción con la popular frase que establece que “todo bicho que camina va a parar al asador”, la licenciada en Nutrición María Laura Larrateguy contó a UNO que existe un código alimentario a nivel mundial y otro que rige lo que se consume dentro del país “donde se especifican las condiciones que debe reunir cada cosa que está incluida en este compendio”.
El Código Alimentario Argentino está regido según la Ley Nº 18.284, implementada a través del Decreto Nº 2.126/71. Se trata de un reglamento técnico en permanente actualización que establece las normas higiénicas, sanitarias, bromatológicas, de calidad y genuinidad que deben cumplir las personas físicas o jurídicas, los establecimientos, y los productos que están bajo su órbita. Esta normativa tiene como objetivo primordial la protección de la salud de la población, y la buena fe en las transacciones comerciales.
En la antigüedad, cuando se escribió la Biblia, no existían los códigos alimentarios. Seguramente por este motivo y para que la gente tomara ciertas precauciones y no se llevara cualquier cosa a la boca, se estableció un apartado en el capítulo 14 del libro Deuteronomio donde se especifican las condiciones que debe reunir un animal para ser ingerido. “No comerás de ningún animal detestable”, es una de las premisas que rige a determinadas culturas en la elección de los alimentos, según este texto, que incluye al buey, la oveja, la cabra, el ciervo, entre otros “mamíferos rumiantes y con pezuñas partidas” como aptos para el consumo humano.
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Con información de
UNO Entre Ríos
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