La Casa Blanca defiende que hay “hechos alternativos” para analizar la realidad
Lunes 23 de
Enero 2017
El mandatario estadounidense falsea las cifras de asistencia a su inauguración y acusa a la prensa de inventarse su disputa con la CIA
Las primeras 48 horas del Donald Trump presidente han sido en muchos aspectos una proyección del Donald Trump candidato. El giro presidencial que muchos esperaban tras ganar las elecciones el 8 de noviembre no se dio durante su periodo de presidente electo ni tampoco ahora, tras la jura del cargo. El nuevo comandante jefe de Estados Unidos y su equipo lanzaron falsedades a lo largo de su primer día completo en el cargo, tanto referidas al número de asistentes al acto inaugural de su mandato como a los medios de comunicación, a los que acusó de haber fabricado su polémica con la CIA. También insistió en que fue contrario a la guerra de Irak desde el principio, cuando las declaraciones de la época muestran que no tomó una posición hasta mucho después.
La mayor parte de estas cuestiones son muy fáciles de comprobar y rebatir, pero eso no arredra a Trump. Esa osadía es, y fue durante la campaña electoral, una seña de identidad trumpiana de la batalla de la comunicación. El domingo tomó una nueva dimensión. Cuestionada por las cifras de asistentes, la asesora presidencial Kellyanne Conway respondió a un periodista: “No seas tan exagerado, Chuck. Estás diciendo que es una mentira, y ellos están dando… Nuestro jefe de prensa, Sean Spicer, dio hechos alternativos a eso”.
Una cata de la era del relato alternativo tuvo que ver con el caso del espionaje. Desde que los servicios de Inteligencia estadounidenses empezaron a acusar a Rusia de estar detrás de los ciberataques durante las elecciones, y especialmente desde que determinaron que el objetivo del Kremlin era favorecer a Trump, el presidente estadounidense no dejó de poner en duda su fiabilidad, acusarles de estar politizados y, en ocasiones, burlarse de ellos. No lo hizo en reuniones privadas ni conversaciones robadas por un micrófono indiscreto, sino en su propia cuenta de la red social Twitter o en declaraciones a medios.
Pero el pasado sábado, en su visita a la CIA, culpó a esos mismo medios de haber creado la polémica, pese a todas las pruebas documentales en contra. “Julian Assange dice que ‘un chaval de 14 años podría haber hackeado a Podesta’. ¿Por qué tuvo tan poco cuidado el Partido Demócrata? ¡Además dijo que los rusos no le dieron la información!”, tuiteó Trump el pasado 4 de enero, confiriéndole más credibilidad al fundador de Wikileaks, que publicó las informaciones negativas para la campaña de Clinton.
El día anterior ya les había acusado de mentir. “El briefing de ‘inteligencia’ sobre el llamado ‘hackeo ruso’ ha sido retrasado hasta el viernes, quizás necesiten más tiempo para construir su caso. ¡Muy extraño!”, escribió Trump en Twitter, cargando intención en el entrecomillado “inteligencia” y “hackeo ruso”. El 11 de enero, cuando varios medios publicaron informaciones acerca de un informe que sostiene que Moscú podría tener informaciones comprometedoras contra él, Trump estalló en la misma red social: “Las agencias de inteligencia no deberían haber permitido que estas ‘noticias falsas’ se filtraran al público. ¿Vivimos en la Alemania nazi?”.
Pero este sábado, ante el personal de la CIA, dijo que lo primero que hacía era visitarles porque los periodistas se encontraban “entre la gente más deshonesta de la tierra y han hecho creer que yo estoy enfadado con el personal de Inteligencia”.
También arrojó, al igual que el nuevo jefe de comunicación de la Casa Blanca, Sean Spicer, una batería de datos que no se ajustan a la realidad sobre su toma de posesión. Trump ha ganado las elecciones presidenciales del país más poderoso del planeta, podría darle igual que su acto de investidura hubiese resultado más o menos multitudinario que el de su predecesor, pero al empresario neoyorquino le gusta ganar en todo.
Así se entiende que Spicer asegurara que se reunió “al mayor público en cualquier inauguración, punto, tanto en persona como alrededor del mundo”. Pero no es así ni lo uno ni lo otro: dijo que 420.000 personas tomaron el metro de la ciudad ese día, frente a 317.000 en la inauguración de Barack Obama, pero las cifras de la red transportes, citadas por The Washington Post, hablan de 570.557 viajes del pasado viernes, frente a los 1,1 millones con Obama en 2009 y los 782.000 de su segundo mandato, en 2013. Tampoco son ciertos los datos de espectadores por televisión: según datos de Nielsen, l
La mayor parte de estas cuestiones son muy fáciles de comprobar y rebatir, pero eso no arredra a Trump. Esa osadía es, y fue durante la campaña electoral, una seña de identidad trumpiana de la batalla de la comunicación. El domingo tomó una nueva dimensión. Cuestionada por las cifras de asistentes, la asesora presidencial Kellyanne Conway respondió a un periodista: “No seas tan exagerado, Chuck. Estás diciendo que es una mentira, y ellos están dando… Nuestro jefe de prensa, Sean Spicer, dio hechos alternativos a eso”.
Una cata de la era del relato alternativo tuvo que ver con el caso del espionaje. Desde que los servicios de Inteligencia estadounidenses empezaron a acusar a Rusia de estar detrás de los ciberataques durante las elecciones, y especialmente desde que determinaron que el objetivo del Kremlin era favorecer a Trump, el presidente estadounidense no dejó de poner en duda su fiabilidad, acusarles de estar politizados y, en ocasiones, burlarse de ellos. No lo hizo en reuniones privadas ni conversaciones robadas por un micrófono indiscreto, sino en su propia cuenta de la red social Twitter o en declaraciones a medios.
Pero el pasado sábado, en su visita a la CIA, culpó a esos mismo medios de haber creado la polémica, pese a todas las pruebas documentales en contra. “Julian Assange dice que ‘un chaval de 14 años podría haber hackeado a Podesta’. ¿Por qué tuvo tan poco cuidado el Partido Demócrata? ¡Además dijo que los rusos no le dieron la información!”, tuiteó Trump el pasado 4 de enero, confiriéndole más credibilidad al fundador de Wikileaks, que publicó las informaciones negativas para la campaña de Clinton.
El día anterior ya les había acusado de mentir. “El briefing de ‘inteligencia’ sobre el llamado ‘hackeo ruso’ ha sido retrasado hasta el viernes, quizás necesiten más tiempo para construir su caso. ¡Muy extraño!”, escribió Trump en Twitter, cargando intención en el entrecomillado “inteligencia” y “hackeo ruso”. El 11 de enero, cuando varios medios publicaron informaciones acerca de un informe que sostiene que Moscú podría tener informaciones comprometedoras contra él, Trump estalló en la misma red social: “Las agencias de inteligencia no deberían haber permitido que estas ‘noticias falsas’ se filtraran al público. ¿Vivimos en la Alemania nazi?”.
Pero este sábado, ante el personal de la CIA, dijo que lo primero que hacía era visitarles porque los periodistas se encontraban “entre la gente más deshonesta de la tierra y han hecho creer que yo estoy enfadado con el personal de Inteligencia”.
También arrojó, al igual que el nuevo jefe de comunicación de la Casa Blanca, Sean Spicer, una batería de datos que no se ajustan a la realidad sobre su toma de posesión. Trump ha ganado las elecciones presidenciales del país más poderoso del planeta, podría darle igual que su acto de investidura hubiese resultado más o menos multitudinario que el de su predecesor, pero al empresario neoyorquino le gusta ganar en todo.
Así se entiende que Spicer asegurara que se reunió “al mayor público en cualquier inauguración, punto, tanto en persona como alrededor del mundo”. Pero no es así ni lo uno ni lo otro: dijo que 420.000 personas tomaron el metro de la ciudad ese día, frente a 317.000 en la inauguración de Barack Obama, pero las cifras de la red transportes, citadas por The Washington Post, hablan de 570.557 viajes del pasado viernes, frente a los 1,1 millones con Obama en 2009 y los 782.000 de su segundo mandato, en 2013. Tampoco son ciertos los datos de espectadores por televisión: según datos de Nielsen, l
Con información de
elpais
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