La investigación de la trama rusa identifica a un sospechoso en el círculo más cercano a Trump
Sábado 20 de
Mayo 2017

El presidente dijo al ministro de Exteriores ruso que el despido del director del FBI le quitaba “una gran presión de encima”. Comey declarará en público ante el Comité de Inteligencia
Primero fueron las sospechas, ahora llegan los sospechosos. La investigación de la trama rusa ha dado un nuevo salto y, según The Washington Post, ha identificado en los más altos niveles de gobierno a un supuesto implicado. Su nombre no ha sido revelado, tampoco sus nexos con el escándalo, pero el solo hecho de que un miembro del círculo presidencial esté bajo la lupa del FBI como posible sospechoso eleva a niveles insólitos la presión sobre Donald Trump.
Trump emprendió este viernes su primera gira internacional. Subió la escalerilla y tal y como despegaba el Air Force One, las revelaciones sobre la trama rusa empezaron a sacudir Washington. El caso, con la presidencia literalmente en el aire, entraba en una nueva fase.
Los agentes tratan desde julio pasado de determinar si el equipo de Trump se coordinó con el Kremlin en la campaña de desprestigio que Vladímir Putin lanzó contra la candidata demócrata Hillary Clinton. El ataque, al que Clinton atribuye parte de su derrota, incluyó la diseminación en las redes de información falsa, el ataque a los ordenadores del Partido Demócrata y el saqueo del correo del jefe de campaña demócrata, John Podesta.
Hasta la fecha, no ha trascendido que se haya descubierto ninguna prueba de este supuesto vínculo. Pero la aparición de un sospechoso (person of interest, alguien no acusado, pero sometido a especial escrutinio) cambia las tornas e indica que el FBI ha avanzado mucho más de lo que se pensaba. Aunque no se ha facilitado ningún nombre, las filtraciones indican que se trata de alguien cercano al presidente y, por tanto, con capacidad para contaminarle.
Las pesquisas del FBI abarcan desde los intensos contactos de los colaboradores de Trump con el Kremlin, hasta las relaciones financieras con Rusia. Un campo muy extenso donde ya se han destapado conductas irregulares, como las del exconsejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn.
Destituido a los 24 días de ocupar el puesto, el general Flynn no declaró que había cobrado de empresas rusas. También ocultó que había trabajado como lobista para una compañía ligada al Gobierno turco. Todo ello emergió tras su cese, desencadenado por haber mentido al vicepresidente sobre el contenido de sus conversaciones con el embajador ruso en Washington, Sergéi Kislyak. Una conducta parecida, aunque ante el Senado, acarreó la inhabilitación parcial del fiscal general, Jeff Sessions. El tercer miembro del círculo presidencial salpicado por el escándalo, es Jared Kushner, el yerno de Trump. También estuvo reunido con el embajador Kislyak y mantuvo una estrecha vinculación con el general Flynn. Pero de momento sigue incólume.
Las sospechas no se han sustanciado en cargos y ni siquiera hay acusaciones preliminares. Pero el empeño del FBI en este asunto ha disparado las alarmas de la Casa Blanca. Encolerizado y nervioso, Trump ha destituido al director de la agencia federal, James Comey, en un intento de cortocircuitar la investigación. Su odio hacia Comey, que ha decidido declarar en público ante el Comité de Inteligencia, llegó a tal punto que al día siguiente de fulminarlo, en una reunión con el ministro de Exteriores ruso y el embajador en Washington, les dijo abiertamente que el despedido era “un chalado” y que, según The New York Times, con su destitución se había quitado “una gran presión de encima”. Unas palabras que pueden engrosar un supuesto cargo de obstrucción a la justicia y que, en cualquier caso, no resultaron al final ciertas.
Este miércoles, el fiscal general adjunto, Rod Rosenstein, dio un golpe de timón y nombró a Robert Mueller, director del FBI de 2001 a 2013, fiscal especial para la trama. Una medida extraordinaria y que deja el futuro del presidente de Estados Unidos en manos de un investigador conocido por su sangre fría y honestidad. Será él quien recabe todo el material acumulado por el FBI y articule el desarrollo futuro de las pesquisas.
Los agentes tratan desde julio pasado de determinar si el equipo de Trump se coordinó con el Kremlin en la campaña de desprestigio que Vladímir Putin lanzó contra la candidata demócrata Hillary Clinton. El ataque, al que Clinton atribuye parte de su derrota, incluyó la diseminación en las redes de información falsa, el ataque a los ordenadores del Partido Demócrata y el saqueo del correo del jefe de campaña demócrata, John Podesta.
Hasta la fecha, no ha trascendido que se haya descubierto ninguna prueba de este supuesto vínculo. Pero la aparición de un sospechoso (person of interest, alguien no acusado, pero sometido a especial escrutinio) cambia las tornas e indica que el FBI ha avanzado mucho más de lo que se pensaba. Aunque no se ha facilitado ningún nombre, las filtraciones indican que se trata de alguien cercano al presidente y, por tanto, con capacidad para contaminarle.
Las pesquisas del FBI abarcan desde los intensos contactos de los colaboradores de Trump con el Kremlin, hasta las relaciones financieras con Rusia. Un campo muy extenso donde ya se han destapado conductas irregulares, como las del exconsejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn.
Destituido a los 24 días de ocupar el puesto, el general Flynn no declaró que había cobrado de empresas rusas. También ocultó que había trabajado como lobista para una compañía ligada al Gobierno turco. Todo ello emergió tras su cese, desencadenado por haber mentido al vicepresidente sobre el contenido de sus conversaciones con el embajador ruso en Washington, Sergéi Kislyak. Una conducta parecida, aunque ante el Senado, acarreó la inhabilitación parcial del fiscal general, Jeff Sessions. El tercer miembro del círculo presidencial salpicado por el escándalo, es Jared Kushner, el yerno de Trump. También estuvo reunido con el embajador Kislyak y mantuvo una estrecha vinculación con el general Flynn. Pero de momento sigue incólume.
Las sospechas no se han sustanciado en cargos y ni siquiera hay acusaciones preliminares. Pero el empeño del FBI en este asunto ha disparado las alarmas de la Casa Blanca. Encolerizado y nervioso, Trump ha destituido al director de la agencia federal, James Comey, en un intento de cortocircuitar la investigación. Su odio hacia Comey, que ha decidido declarar en público ante el Comité de Inteligencia, llegó a tal punto que al día siguiente de fulminarlo, en una reunión con el ministro de Exteriores ruso y el embajador en Washington, les dijo abiertamente que el despedido era “un chalado” y que, según The New York Times, con su destitución se había quitado “una gran presión de encima”. Unas palabras que pueden engrosar un supuesto cargo de obstrucción a la justicia y que, en cualquier caso, no resultaron al final ciertas.
Este miércoles, el fiscal general adjunto, Rod Rosenstein, dio un golpe de timón y nombró a Robert Mueller, director del FBI de 2001 a 2013, fiscal especial para la trama. Una medida extraordinaria y que deja el futuro del presidente de Estados Unidos en manos de un investigador conocido por su sangre fría y honestidad. Será él quien recabe todo el material acumulado por el FBI y articule el desarrollo futuro de las pesquisas.
Con información de
EL PAIS
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