Belgrano educador
Por:
DIEGO VALENZUELA Y MERCEDES SANGUINETI*
Domingo 24 de
Noviembre 2013

Los autores de Belgrano. La revolución de las ideas rescatan las preocupaciones del prócer sobre educación. Anticipándose a su tiempo, el creador de la bandera fue un defensor de la enseñanza pública, gratuita y obligatoria. Donó bienes personales para la fundación de escuelas y resaltó el rol del maestro en la comunidad.
Detrás del creador de la bandera y del militar de las guerras de Independencia, se esconde el Belgrano intelectual que, durante la transición entre la colonia y la independencia, sembró con sus ideas los cimientos de nuestra nación. Ese costado menos conocido es el que rescatamos en el libro Belgrano. La revolución de las ideas. Allí sale a la luz el Belgrano economista, el periodista y, tal vez, el menos conocido de todos, el educador.
Después de ocho años de estudio y ejercicio del Derecho en España, en 1794 nuestro prócer volvió a Buenos Aires impregnado de nuevas ideas que buscó difundir para vencer el atraso intelectual en el Río de la Plata. Muchas de las páginas que escribió las dedicó a la educación, a la que consideraba motor del progreso económico, social y cultural. Su insistencia sobre, entre otras cosas, la necesidad de fundar escuelas gratuitas y de calidad para todos los niños y las niñas fue una verdadera audacia en aquella sociedad estamental de fines del siglo XVIII, cuando la revolución aún no asomaba en el horizonte.
“Sin que se ilustren los habitantes de un país, o lo que es lo mismo, sin enseñanza, nada podríamos adelantar”, escribió Belgrano tan temprano como 1798 en su Memoria del Consulado. Para él, el fin último de la educación era el trabajo, que a su vez constituía la “emancipación de los pobres”, quienes no tenían más que su fuerza personal para generar riqueza.
Su plan educativo fue vasto. Defendió tanto la educación básica como la especializada y técnica, orientada al trabajo y a la producción. Innovó al plantear la importancia de la educación de la mujer y la obligatoriedad de que todos los padres enviaran a sus hijos a la escuela. Propuso la acción coordinada de padres, párrocos, maestros y funcionarios reales para crear escuelas, colegios y academias, y, además, sacar la educación del ámbito de lo privado (una idea profundamente revolucionaria para la época). También insistió en el sistema de premios para fomentar la dedicación de niños, jóvenes y adultos en las diferentes tareas. “Jamás me cansaré de recomendar la escuela y el premio; nada se puede conseguir sin éstos”, escribió en otra de sus Memorias.
Belgrano diseñó este programa de enseñanza pública en un escenario educacional primitivo, fuertemente vinculado a la religión católica y con altas dosis de represión. Pocos niños eran educados en las escasas instituciones existentes. En ellas se enseñaba el Catecismo, a leer y a escribir y las nociones básicas de aritmética. La educación media o superior era monopolio de las órdenes religiosas, y solo se dictaba en Charcas y Chuquisaca. Los únicos que entonces enseñaban oficios eran los jesuitas.
La pretensiosa revolución que Belgrano añoraba para la educación quedó más bien en el plano de las ideas; aunque algunas iniciativas suyas pudieron cobrar forma. Como secretario del Consulado, fundó las escuelas de Dibujo y de Náutica, que funcionaron unos pocos años con unas decenas de alumnos. Luego de la revolución, como vocal de la Primera Junta, creó la Academia de Matemáticas, cuya misión principal fue formar militares y cadetes. Y cuando Mariano Moreno fundó la Biblioteca Pública, Belgrano donó 86 de sus obras personales para abastecerla.
Una de sus grandes renuncias personales también fue para la educación. Cuando la Asamblea Constituyente lo premió con 40.000 pesos (equivalente a 80 kilos de oro) por los triunfos en las batallas de Tucumán y Salta, los donó para la fundación de cuatro escuelas. Las mismas debían abrirse en las localidades de Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero, bajo el reglamento que él mismo presentó en mayo de 1813. En el artículo 18 de ese reglamento resaltó el lugar que el maestro debía ocupar en lo educativo y como referente civil más importante de la comunidad. La historia de las cuatro escuelas del Norte esconde, sin embargo, un lado oscuro: las mismas no se llegaron erigir sino hasta el siglo XX, hecho que refleja la desidia que siguió a la muerte de Belgrano en 1820 en cuanto a la concreción de su deseo personal.
Nuestro prócer pasó los últimos diez años de su vida al frente de campañas militares, expandiendo la revolución por el interior del país. En sus escritos se muestra al servicio de la causa revolucionaria, realidad que lo alejó de su gran pasión, la vocación intelectual. Aun en medio de las luchas por la Independencia, Belgrano continuó su plan educativo: visitó escuelas y llamó la atención sobre la poca concurrencia a las mismas. Al fundar pueblos, sugirió la creación de escuelas en ellos y propuso los medios para sostenerlas. Asimismo para con sus soldados ocupó el lugar de educador al punto que Mitre lo definió como “el fundador de una escuela militar, que ha dado a la patria guerreros ilustres”.
Aunque limitado en sus acciones, Belgrano logró echar raíces que más adelante dieron origen y sustento a la educación que forjó el progreso social de nuestra nación. Mirada en su conjunto, la obra de nuestro prócer tiene un marcado carácter pedagógico: para él la clave estaba en formar a cada uno de los habitantes del pueblo en su doble condición de sujeto económico y ciudadano. Solo así podrían vencerse el ocio, la pobreza y el atraso que él tampoco se cansó de denunciar. Sus ideas pueden ser condensadas en la frase que acuñó en 1810: “La patria necesita de ciudadanos instruidos”.
“Sin que se ilustren los habitantes de un país, o lo que es lo mismo, sin enseñanza, nada podríamos adelantar”, escribió Belgrano tan temprano como 1798 en su Memoria del Consulado. Para él, el fin último de la educación era el trabajo, que a su vez constituía la “emancipación de los pobres”, quienes no tenían más que su fuerza personal para generar riqueza.
Su plan educativo fue vasto. Defendió tanto la educación básica como la especializada y técnica, orientada al trabajo y a la producción. Innovó al plantear la importancia de la educación de la mujer y la obligatoriedad de que todos los padres enviaran a sus hijos a la escuela. Propuso la acción coordinada de padres, párrocos, maestros y funcionarios reales para crear escuelas, colegios y academias, y, además, sacar la educación del ámbito de lo privado (una idea profundamente revolucionaria para la época). También insistió en el sistema de premios para fomentar la dedicación de niños, jóvenes y adultos en las diferentes tareas. “Jamás me cansaré de recomendar la escuela y el premio; nada se puede conseguir sin éstos”, escribió en otra de sus Memorias.
Belgrano diseñó este programa de enseñanza pública en un escenario educacional primitivo, fuertemente vinculado a la religión católica y con altas dosis de represión. Pocos niños eran educados en las escasas instituciones existentes. En ellas se enseñaba el Catecismo, a leer y a escribir y las nociones básicas de aritmética. La educación media o superior era monopolio de las órdenes religiosas, y solo se dictaba en Charcas y Chuquisaca. Los únicos que entonces enseñaban oficios eran los jesuitas.
La pretensiosa revolución que Belgrano añoraba para la educación quedó más bien en el plano de las ideas; aunque algunas iniciativas suyas pudieron cobrar forma. Como secretario del Consulado, fundó las escuelas de Dibujo y de Náutica, que funcionaron unos pocos años con unas decenas de alumnos. Luego de la revolución, como vocal de la Primera Junta, creó la Academia de Matemáticas, cuya misión principal fue formar militares y cadetes. Y cuando Mariano Moreno fundó la Biblioteca Pública, Belgrano donó 86 de sus obras personales para abastecerla.
Una de sus grandes renuncias personales también fue para la educación. Cuando la Asamblea Constituyente lo premió con 40.000 pesos (equivalente a 80 kilos de oro) por los triunfos en las batallas de Tucumán y Salta, los donó para la fundación de cuatro escuelas. Las mismas debían abrirse en las localidades de Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero, bajo el reglamento que él mismo presentó en mayo de 1813. En el artículo 18 de ese reglamento resaltó el lugar que el maestro debía ocupar en lo educativo y como referente civil más importante de la comunidad. La historia de las cuatro escuelas del Norte esconde, sin embargo, un lado oscuro: las mismas no se llegaron erigir sino hasta el siglo XX, hecho que refleja la desidia que siguió a la muerte de Belgrano en 1820 en cuanto a la concreción de su deseo personal.
Nuestro prócer pasó los últimos diez años de su vida al frente de campañas militares, expandiendo la revolución por el interior del país. En sus escritos se muestra al servicio de la causa revolucionaria, realidad que lo alejó de su gran pasión, la vocación intelectual. Aun en medio de las luchas por la Independencia, Belgrano continuó su plan educativo: visitó escuelas y llamó la atención sobre la poca concurrencia a las mismas. Al fundar pueblos, sugirió la creación de escuelas en ellos y propuso los medios para sostenerlas. Asimismo para con sus soldados ocupó el lugar de educador al punto que Mitre lo definió como “el fundador de una escuela militar, que ha dado a la patria guerreros ilustres”.
Aunque limitado en sus acciones, Belgrano logró echar raíces que más adelante dieron origen y sustento a la educación que forjó el progreso social de nuestra nación. Mirada en su conjunto, la obra de nuestro prócer tiene un marcado carácter pedagógico: para él la clave estaba en formar a cada uno de los habitantes del pueblo en su doble condición de sujeto económico y ciudadano. Solo así podrían vencerse el ocio, la pobreza y el atraso que él tampoco se cansó de denunciar. Sus ideas pueden ser condensadas en la frase que acuñó en 1810: “La patria necesita de ciudadanos instruidos”.
* Autores del libro Belgrano. La revolución de las ideas (Sudamericana)
Con información de
Clarin | NOTA22.COM
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