Historia
Mar del Plata, un balneario de elite
Lunes 06 de
Enero 2014

Las vacaciones a la orilla del mar, sostiene la investigadora Elisa Pastoriza 1, fueron una invención inglesa del siglo XVIII. Pronto el hábito de vacacionar en la playa, originado en Bath y Brighton, se extendió por Europa a otros balnearios, como Trouville, Deauville, Biarritz y San Sebastián.
La llegada de esta costumbre a nuestro país tuvo lugar recién hacia fines del siglo XIX. Fue entonces cuando Mar del Plata, fundada por Patricio Peralta Ramos en 1874, comenzó a imponerse como sitio preferido para entregarse a un buen descanso veraniego. El arribo del ferrocarril a la ciudad atlántica en 1886, el impulso que le dio Pedro Luro y la inauguración del lujoso Bristol Hotel, dos años más tarde, catapultarán a la ciudad balnearia como sitio dilecto de veraneo de la clase alta argentina.
El éxito del hotel fue inmediato y pronto comenzaron las ampliaciones para poder alojar a la creciente cantidad de flamantes turistas que optaban por la ribera atlántica para un descanso de verano. Inicialmente, los visitantes se entretenían en juegos de azar, como el casino, inaugurado en 1889, y las carreras de caballo. También practicaban golf y se efectuaba el tiro de la paloma.
Todavía los baños de mar no despertaban gran interés entre los veraneantes y la relación con las olas era más bien contemplativa. El estricto código de baño establecía que debía asistirse a la playa vestido desde el cuello hasta las rodillas y no era infrecuente que las vestimentas más atrevidas se exhibieran en fiestas y salones.
A continuación transcribimos un artículo publicado en 1889 que describe el ambiente selecto del elegante Bristol Hotel. “La sociedad congregada allí está a salvo de encuentros desagradables. (…) Pertenecen sus componentes a una misma categoría y se halla exento por consiguiente de contrastes inconvenientes ‘shocking’, según la expresión inglesa” dirá el articulista de El Censor.
Más de dos décadas después, el periodista y escritor francés Jules Huret, corresponsal del diario Le Figaro, describirá con elocuencia las preocupaciones de la elite de entonces: “Se entiende que nadie va a Mar del Plata para disfrutar del mar, para admirar los cambiantes juegos de las olas sobre las rocas, la magia de los crepúsculos o de los claros de luna, porque todo el día, con una sinceridad que desarma, las gentes vuelven la espalda al océano, y no tienen ojos más que para los paseantes. Se va a Mar del Plata a lucirse, a lucir su fortuna, a divertir a las muchachas, y a armar las primeras intrigas que se resolverán en los noviazgos de invierno. Las familias de las provincias intentan mezclarse con las de la capital y hacerse relaciones; las niñas de ‘tierra adentro’ que anhelan lanzarse, no tienen bastante con un mes para exhibir todo su guardarropa”.
Fuente: Diario El Censor, 4 de febrero de 1889.
¿Qué es el Bristol Hotel sino un casino? Habitaciones para trescientas personas ampliamente alojadas, salones de baile y de concierto, salas de juego; un servicio inmejorable hecho por los mejores mozos de besas, de frac, correctos, irreprochables, vajilla y cristalería traída de Londres, una cocina excelente; en una palabra, todas las exigencias de la alta vida satisfechas.
Pero hay más: gracias a las severas instrucciones del Sindicato que hizo construir el Bristol, el gerente de este Hotel, lo mismo que el Dr. Luro, no transige en cuanto a la calidad de las familias que solicitan albergue en el vasto establecimiento. No hay temor que en él logren introducirse damas de contrabando. La sociedad congregada allí está a salvo de encuentros desagradables. El mundo del Bristol Hotel es uniforme; pertenecen sus componentes a una misma categoría y se halla exento por consiguiente de contrastes inconvenientes ‘shocking’ según la expresión inglesa.
Por otra parte Mar del Plata se conserva virgen del contrato de esa falange de artistas y de ‘ternuras” de marca, que cual bandada de golondrinas alza su vuelo desde París para detenerse en las playas de Normandía.
El país es bastante rico para alimentar la vida y la animación, no en una sino en tres playas. Calcúlese que solamente en pasajes los turistas de Mar del Plata dejan a la empresa del Ferrocarril del Sud doscientos mil nacionales, y que cada uno de ellos, término medio, no gastan menos de veinte pesos al día en el Bristol Hotel, lo que haría elevar a dos millones la suma total requerida para satisfacer ese capricho de los baños de mar, capricho digno de fomentarse, pues además del placer inocente que proporciona, vigoriza el cuerpo, restauradas las fuerzas del organismo, gastadas en el medio ambiente de la ciudad, con el aire puro de la pampa y la onda saludable de la playa.
Si el género de vida que llevan los bañistas, si a las confortables condiciones del Bristol Hotel, cuya amplia hospitalidad no es posible discutir, si a los conciertos y a la ‘sauterie’ y a ‘la talbe d’hote’, se agrega la variedad novedosa de los trajes y el exquisito ‘pell-mell’ en que se bañan damas y caballeros púdicamente vestidos, se comprenderá que el Ministro de Francia Mr. Rouvier no eche de menos a Trouville y que prefiera Mar del Plata, obligado a elegir entre esta y aquella playa. Digámoslo de una vez. La vida está concentrada para los bañistas en el Bristol Hotel a cuyas comidas, bailes y conciertos acuden también las familias del Grand Hotel.
(…)
El comedor es un salón de vastísimas proporciones, cincuenta metros de largo por veinte de ancho. No tiene rival en Buenos Aires, y sólo se le podría comparar en extensión el café de los 36 billares. Las paredes blancas se hallan desnudas de todo adorno. Para el próximo verano estarán decoradas suntuosamente. Ahora, tal cual está, por la noche, iluminado por un centenar de lamparillas incandescentes, reúne alrededor de sus mesas unas trescientas personas, -las damas con sus trajes risueños, frescos, sencillos, sin los adornos que comportan solo las telas de precio, con flores en el corpiño o en el cabello y vestidas para el concierto y la ‘sauterie’ que se efectúan todas las noches; los hombres de jaquet abierto y chaleco blanco, y uno que otro de ‘smoking-coat’, un saco sin solución de continuidad entre el cuello y la solapa, afectando el corte de un frac y ceñido al talle.
El éxito del hotel fue inmediato y pronto comenzaron las ampliaciones para poder alojar a la creciente cantidad de flamantes turistas que optaban por la ribera atlántica para un descanso de verano. Inicialmente, los visitantes se entretenían en juegos de azar, como el casino, inaugurado en 1889, y las carreras de caballo. También practicaban golf y se efectuaba el tiro de la paloma.
Todavía los baños de mar no despertaban gran interés entre los veraneantes y la relación con las olas era más bien contemplativa. El estricto código de baño establecía que debía asistirse a la playa vestido desde el cuello hasta las rodillas y no era infrecuente que las vestimentas más atrevidas se exhibieran en fiestas y salones.
A continuación transcribimos un artículo publicado en 1889 que describe el ambiente selecto del elegante Bristol Hotel. “La sociedad congregada allí está a salvo de encuentros desagradables. (…) Pertenecen sus componentes a una misma categoría y se halla exento por consiguiente de contrastes inconvenientes ‘shocking’, según la expresión inglesa” dirá el articulista de El Censor.
Más de dos décadas después, el periodista y escritor francés Jules Huret, corresponsal del diario Le Figaro, describirá con elocuencia las preocupaciones de la elite de entonces: “Se entiende que nadie va a Mar del Plata para disfrutar del mar, para admirar los cambiantes juegos de las olas sobre las rocas, la magia de los crepúsculos o de los claros de luna, porque todo el día, con una sinceridad que desarma, las gentes vuelven la espalda al océano, y no tienen ojos más que para los paseantes. Se va a Mar del Plata a lucirse, a lucir su fortuna, a divertir a las muchachas, y a armar las primeras intrigas que se resolverán en los noviazgos de invierno. Las familias de las provincias intentan mezclarse con las de la capital y hacerse relaciones; las niñas de ‘tierra adentro’ que anhelan lanzarse, no tienen bastante con un mes para exhibir todo su guardarropa”.
Fuente: Diario El Censor, 4 de febrero de 1889.
¿Qué es el Bristol Hotel sino un casino? Habitaciones para trescientas personas ampliamente alojadas, salones de baile y de concierto, salas de juego; un servicio inmejorable hecho por los mejores mozos de besas, de frac, correctos, irreprochables, vajilla y cristalería traída de Londres, una cocina excelente; en una palabra, todas las exigencias de la alta vida satisfechas.
Pero hay más: gracias a las severas instrucciones del Sindicato que hizo construir el Bristol, el gerente de este Hotel, lo mismo que el Dr. Luro, no transige en cuanto a la calidad de las familias que solicitan albergue en el vasto establecimiento. No hay temor que en él logren introducirse damas de contrabando. La sociedad congregada allí está a salvo de encuentros desagradables. El mundo del Bristol Hotel es uniforme; pertenecen sus componentes a una misma categoría y se halla exento por consiguiente de contrastes inconvenientes ‘shocking’ según la expresión inglesa.
Por otra parte Mar del Plata se conserva virgen del contrato de esa falange de artistas y de ‘ternuras” de marca, que cual bandada de golondrinas alza su vuelo desde París para detenerse en las playas de Normandía.
El país es bastante rico para alimentar la vida y la animación, no en una sino en tres playas. Calcúlese que solamente en pasajes los turistas de Mar del Plata dejan a la empresa del Ferrocarril del Sud doscientos mil nacionales, y que cada uno de ellos, término medio, no gastan menos de veinte pesos al día en el Bristol Hotel, lo que haría elevar a dos millones la suma total requerida para satisfacer ese capricho de los baños de mar, capricho digno de fomentarse, pues además del placer inocente que proporciona, vigoriza el cuerpo, restauradas las fuerzas del organismo, gastadas en el medio ambiente de la ciudad, con el aire puro de la pampa y la onda saludable de la playa.
Si el género de vida que llevan los bañistas, si a las confortables condiciones del Bristol Hotel, cuya amplia hospitalidad no es posible discutir, si a los conciertos y a la ‘sauterie’ y a ‘la talbe d’hote’, se agrega la variedad novedosa de los trajes y el exquisito ‘pell-mell’ en que se bañan damas y caballeros púdicamente vestidos, se comprenderá que el Ministro de Francia Mr. Rouvier no eche de menos a Trouville y que prefiera Mar del Plata, obligado a elegir entre esta y aquella playa. Digámoslo de una vez. La vida está concentrada para los bañistas en el Bristol Hotel a cuyas comidas, bailes y conciertos acuden también las familias del Grand Hotel.
(…)
El comedor es un salón de vastísimas proporciones, cincuenta metros de largo por veinte de ancho. No tiene rival en Buenos Aires, y sólo se le podría comparar en extensión el café de los 36 billares. Las paredes blancas se hallan desnudas de todo adorno. Para el próximo verano estarán decoradas suntuosamente. Ahora, tal cual está, por la noche, iluminado por un centenar de lamparillas incandescentes, reúne alrededor de sus mesas unas trescientas personas, -las damas con sus trajes risueños, frescos, sencillos, sin los adornos que comportan solo las telas de precio, con flores en el corpiño o en el cabello y vestidas para el concierto y la ‘sauterie’ que se efectúan todas las noches; los hombres de jaquet abierto y chaleco blanco, y uno que otro de ‘smoking-coat’, un saco sin solución de continuidad entre el cuello y la solapa, afectando el corte de un frac y ceñido al talle.
Con información de
elhistoriador
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