Córdoba
Fue arrastrado tres cuadras y sobrevivió
Jueves 17 de
Abril 2014

El casco le salvó la vida al engancharse bajo el cárter del auto que lo embistió. Intentan develar quién lo chocó y dejó abandonado.
Jonathan Giacomelli tiene 25 años. Hace dos meses y medio se compró una motocicleta de 125 cc de cilindrada para ir a su nuevo empleo, como perito de granos. El domingo, poco antes de las ocho, cuando iba a trabajar, la muerte lo arrinconó durante tres cuadras debajo de un coche, pero el casco que usa desde el primer día en que se subió a la moto le salvó la vida.
“Yo venía por calle General Paz, veo en Mansilla que venía un auto negro por la izquierda, muy fuerte. Aunque tenía prioridad, frené, pero como había helado, la moto patinó. Y él me encaraba como venía, por lo que, antes del impacto, salté y caí en el asfalto, y ahí me pasó por arriba, mi casco se encajó en el cárter, debajo del motor, y me arrastró”, relata.
“Yo iba con la parte del hombro izquierdo rozando el piso, encajado de perfil, mirando la goma derecha del auto, todo mi soporte era el casco. Iba con las piernas para atrás del auto, a lo largo. Como soy del campo, voy al gimnasio, a lo mejor ayudó. Pienso que alcancé a agarrar algo del chasis porque la espalda no me pegó”, explica.

El Volkswagen Fox negro que lo atropelló recorrió tres cuadras antes de parar y hacer marcha atrás para desprenderlo en la esquina de avenida Italia. Lo soltó y escapó.
“Cuando me quedé enganchado no sabía si era un sueño, si así se sentía morir… Se me venía a la mente que no iba a ver más a mis familiares, a mi novia, a mis amigos. Tampoco quería creer que yo era el que estaba ahí abajo, porque uno siempre mira las noticias, pero no puede creer que a uno le pase semejante cosa”, expresa.
Jonathan estuvo siempre consciente, recuerda todo lo que sentía: “Yo estaba enganchado en el cárter y veía el cordón y las casas y se me hacía eterno. Sentía mucho ruido, la rueda, calor, porque el casco se quemaba. No sentí ningún tipo de dolor. Pensaba, sí, que me estaba moliendo, que me estaba muriendo, que mi cabeza se destrozaba. No sabía si estaba muerto, si era un sueño, qué me estaba pasando”.
Como una piedra esmeril
Tras estar internado desde el domingo, ayer le dieron el alta a “Jona” en la Clínica del Sur, aunque posiblemente necesite un injerto en el hombro. Con buen ánimo, explica que, al principio, como llevaba una campera gruesa, impermeable y con tela de algodón abajo, el abrigo ofició “de patín”.
“En la última cuadra había manchas de sangre, como que empezó a trabajar mi músculo. Pero no sentí dolor, solamente el calor. Cuando zafé, descubrí que salía humo de mi carne y del casco, porque, a unos 80 kilómetros por hora que iba el auto, es como una piedra esmeril, quema, agarra una temperatura increíble”, asegura.
Y recuerda: “Las piernas me arrastraban, me pelé un poco el dedo, la rodilla, tengo un poco quemado el brazo derecho y la herida más grande es en el omóplato izquierdo, en el hombro, donde el asfalto me desgastó, se ve que las piedras me han sacado como un centímetro de carne, me tengo que aguantar los dolores, pero gracias a Dios lo puedo contar”.
“Lo primero que vi cuando me libró el auto fue el cielo. Ahí me di cuenta de que estaba vivo. Fue como nacer de nuevo. Rarísimo. Me saqué el casco y me toqué la cara, las piernas. Gracias al casco estoy acá”, dice.
Investigan al conductor
El siniestro es investigado por el fiscal Fernando Moine. Un hombre de 41 años se presentó ante la policía para hacerse cargo del hecho, pero testigos sostienen que quien manejaba no era él, sino un menor. Además, está probado que ese mismo auto Volkswagen Fox color negro protagonizó meses atrás otro siniestro en el que también fue atropellado un joven (que aún sufre las secuelas en una rodilla) y del mismo modo fue abandonado tras la colisión.
“No vi quién manejaba. Cuando frena y hace para atrás para desengancharme, me esquiva, y se va. Grité pero un domingo, a esa hora, no me escuchó nadie. Con las fuerzas que me quedaban, caminé hasta la estación de servicio de la esquina de avenida Italia. Me contaron que habían visto pasar un auto que llevaba algo abajo. ¡Era yo!”, recuerda Jonathan.
Y agrega: “Mi sentido de la vida cambió mucho, uno empieza a valorar más todo, a creer en los milagros, a decirles a los que usan moto que el casco salva la vida. Increíblemente”.
“Yo venía por calle General Paz, veo en Mansilla que venía un auto negro por la izquierda, muy fuerte. Aunque tenía prioridad, frené, pero como había helado, la moto patinó. Y él me encaraba como venía, por lo que, antes del impacto, salté y caí en el asfalto, y ahí me pasó por arriba, mi casco se encajó en el cárter, debajo del motor, y me arrastró”, relata.
“Yo iba con la parte del hombro izquierdo rozando el piso, encajado de perfil, mirando la goma derecha del auto, todo mi soporte era el casco. Iba con las piernas para atrás del auto, a lo largo. Como soy del campo, voy al gimnasio, a lo mejor ayudó. Pienso que alcancé a agarrar algo del chasis porque la espalda no me pegó”, explica.

El Volkswagen Fox negro que lo atropelló recorrió tres cuadras antes de parar y hacer marcha atrás para desprenderlo en la esquina de avenida Italia. Lo soltó y escapó.
“Cuando me quedé enganchado no sabía si era un sueño, si así se sentía morir… Se me venía a la mente que no iba a ver más a mis familiares, a mi novia, a mis amigos. Tampoco quería creer que yo era el que estaba ahí abajo, porque uno siempre mira las noticias, pero no puede creer que a uno le pase semejante cosa”, expresa.
Jonathan estuvo siempre consciente, recuerda todo lo que sentía: “Yo estaba enganchado en el cárter y veía el cordón y las casas y se me hacía eterno. Sentía mucho ruido, la rueda, calor, porque el casco se quemaba. No sentí ningún tipo de dolor. Pensaba, sí, que me estaba moliendo, que me estaba muriendo, que mi cabeza se destrozaba. No sabía si estaba muerto, si era un sueño, qué me estaba pasando”.
Como una piedra esmeril
Tras estar internado desde el domingo, ayer le dieron el alta a “Jona” en la Clínica del Sur, aunque posiblemente necesite un injerto en el hombro. Con buen ánimo, explica que, al principio, como llevaba una campera gruesa, impermeable y con tela de algodón abajo, el abrigo ofició “de patín”.
“En la última cuadra había manchas de sangre, como que empezó a trabajar mi músculo. Pero no sentí dolor, solamente el calor. Cuando zafé, descubrí que salía humo de mi carne y del casco, porque, a unos 80 kilómetros por hora que iba el auto, es como una piedra esmeril, quema, agarra una temperatura increíble”, asegura.
Y recuerda: “Las piernas me arrastraban, me pelé un poco el dedo, la rodilla, tengo un poco quemado el brazo derecho y la herida más grande es en el omóplato izquierdo, en el hombro, donde el asfalto me desgastó, se ve que las piedras me han sacado como un centímetro de carne, me tengo que aguantar los dolores, pero gracias a Dios lo puedo contar”.
“Lo primero que vi cuando me libró el auto fue el cielo. Ahí me di cuenta de que estaba vivo. Fue como nacer de nuevo. Rarísimo. Me saqué el casco y me toqué la cara, las piernas. Gracias al casco estoy acá”, dice.
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Con información de
lavoz
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