¿Por qué roban las urracas?
Por:
Vary (Álvaro Bayón)
Lunes 02 de
Mayo 2022

Es ampliamente conocida la tendencia cleptómana de estos pequeños córvidos. ¿A qué se debe? ¿Y es cierta?
Si hay una idea sobre las urracas que rivaliza con la percepción de su extraordinaria e inteligencia es la de su afán por las cosas brillantes. La idea de que las urracas son ladronas por naturaleza, que se llevan al nido cualquier objeto que brille forma parte de la cultura popular, de forma tan arraigada que lo encontramos en dichos, óperas, comics, poemas e incluso en el diccionario de la Real Academia Española.
La historia de una reputación
La figura de la urraca cleptómana tiene una larga trayectoria en gran parte de las culturas europeas. Ya en la mitología griega, las Piérides trataron de robar la victoria en un reto de canto contra la musa Calíope y fueron transformadas en urracas, por su ofensa.
La ópera La urraca ladrona, de Gioachino Rossini, de 1817, narra la historia de una urraca que roba cubiertos de plata y una criada es injustamente acusada del robo. Y ya en el siglo XX, en Las aventuras de Tintín, una urraca tiene su papel antagonista como ladrona de joyas en el número vigésimo primero, Las joyas de la Castafiore, de 1963.
Estudiando su cleptomanía
En el año 2014, un grupo de científicos de la Universidad de Exeter, Reino Unido, liderados por T. V. Shephard, sintieron la curiosidad de hasta qué punto esta tendencia cleptómana estaba generalizada en la especie, y qué motivos se escondían detrás de esta molesta costumbre. Sin embargo, al realizar una búsqueda preliminar de observaciones científicas sobre las que establecer un marco teórico a partir del cual comenzar a trabajar, se encontraron con un curioso problema: no había observaciones empíricas científicamente comprobadas sobre este comportamiento.
Tras una intensa búsqueda en internet solo encontraron dos relatos reales de urracas robando objetos brillantes. El primero, un anillo de compromiso de 5000 libras, hallado en un nido de urracas en 2008, que había sido sustraído tres años antes mientras su dueña, la británica Julia Boaler, se duchaba con la ventana del cuarto de baño abierta. El segundo caso, una urraca de Rochdale, Inglaterra, muy aficionada a robar monedas y llaves de un garaje de automóviles.
Para los investigadores fue llamativa la gran diferencia entre la reputación y los hechos, y decidieron poner a prueba esa fama.
Llevaron a cabo dos estudios, uno en cautividad, con urracas rescatadas del medio natural —y que no podían ser devueltas— y otro en el campo, con urracas salvajes. Para poner a prueba a los animales utilizaron tornillos, anillos pequeños y láminas planas de papel de aluminio. La mitad de los objetos los dejaron con su brillo natural y la otra mitad los pintaron de azul mate.
Los resultados fueron sorprendentes. Las urracas no solo no se sintieron incondicionalmente atraídas por los objetos brillantes, sino que ignoraron e incluso evitaron ambos tipos de objetos de prueba por igual, brillantes y mates. Las únicas interacciones reseñables que observaron los investigadores no sucedieron con la aparición de los objetos, sino cuando la comida de las urracas se había agotado. Por lo tanto, los animales no sintieron ese interés por tratarse de objetos atractivos para su colección inexistente, sino que solo estaban investigando si se podían comer o no.
De hecho, en las pruebas de campo, los animales experimentaron neofobia, es decir, una aversión hacia los objetos por el hecho de ser nuevos —brillantes o no—. Evitaron activamente acercarse a la comida cercana a los objetos al principio, perdiendo esa aversión paulatinamente a medida que se acostumbraban a su presencia.
El sesgo de la observación
Dados los resultados del estudio, parece que en efecto, la reputación de las urracas no se justifica. El afán de robar cosas brillantes no sería, por tanto, un comportamiento común en la especie, sino un comportamiento puntual y anecdótico de algún ejemplar concreto. Análogamente, hay personas que roban cosas brillantes, y no por ello toda la especie humana es cleptómana.
Lo que sucede, entonces, con la mala fama de las urracas, es una generalización cultural de una evidencia anecdótica; una tendencia a favorecer o incluso exagerar las situaciones que aparentemente confirman esa creencia, dejando a un lado todas las que no, a pesar de ser extraordinariamente mayoritarias. Lo que suele denominarse un sesgo de confirmación.
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REFERENCIAS:
Shephard, T. V. et al. 2015. ‘The thieving magpie’? No evidence for attraction to shiny objects. Animal Cognition, 18(1), 393-397. DOI: 10.1007/s10071-014-0794-4
La historia de una reputación
La figura de la urraca cleptómana tiene una larga trayectoria en gran parte de las culturas europeas. Ya en la mitología griega, las Piérides trataron de robar la victoria en un reto de canto contra la musa Calíope y fueron transformadas en urracas, por su ofensa.
La ópera La urraca ladrona, de Gioachino Rossini, de 1817, narra la historia de una urraca que roba cubiertos de plata y una criada es injustamente acusada del robo. Y ya en el siglo XX, en Las aventuras de Tintín, una urraca tiene su papel antagonista como ladrona de joyas en el número vigésimo primero, Las joyas de la Castafiore, de 1963.
Estudiando su cleptomanía
En el año 2014, un grupo de científicos de la Universidad de Exeter, Reino Unido, liderados por T. V. Shephard, sintieron la curiosidad de hasta qué punto esta tendencia cleptómana estaba generalizada en la especie, y qué motivos se escondían detrás de esta molesta costumbre. Sin embargo, al realizar una búsqueda preliminar de observaciones científicas sobre las que establecer un marco teórico a partir del cual comenzar a trabajar, se encontraron con un curioso problema: no había observaciones empíricas científicamente comprobadas sobre este comportamiento.
Tras una intensa búsqueda en internet solo encontraron dos relatos reales de urracas robando objetos brillantes. El primero, un anillo de compromiso de 5000 libras, hallado en un nido de urracas en 2008, que había sido sustraído tres años antes mientras su dueña, la británica Julia Boaler, se duchaba con la ventana del cuarto de baño abierta. El segundo caso, una urraca de Rochdale, Inglaterra, muy aficionada a robar monedas y llaves de un garaje de automóviles.
Para los investigadores fue llamativa la gran diferencia entre la reputación y los hechos, y decidieron poner a prueba esa fama.
Llevaron a cabo dos estudios, uno en cautividad, con urracas rescatadas del medio natural —y que no podían ser devueltas— y otro en el campo, con urracas salvajes. Para poner a prueba a los animales utilizaron tornillos, anillos pequeños y láminas planas de papel de aluminio. La mitad de los objetos los dejaron con su brillo natural y la otra mitad los pintaron de azul mate.
Los resultados fueron sorprendentes. Las urracas no solo no se sintieron incondicionalmente atraídas por los objetos brillantes, sino que ignoraron e incluso evitaron ambos tipos de objetos de prueba por igual, brillantes y mates. Las únicas interacciones reseñables que observaron los investigadores no sucedieron con la aparición de los objetos, sino cuando la comida de las urracas se había agotado. Por lo tanto, los animales no sintieron ese interés por tratarse de objetos atractivos para su colección inexistente, sino que solo estaban investigando si se podían comer o no.
De hecho, en las pruebas de campo, los animales experimentaron neofobia, es decir, una aversión hacia los objetos por el hecho de ser nuevos —brillantes o no—. Evitaron activamente acercarse a la comida cercana a los objetos al principio, perdiendo esa aversión paulatinamente a medida que se acostumbraban a su presencia.
El sesgo de la observación
Dados los resultados del estudio, parece que en efecto, la reputación de las urracas no se justifica. El afán de robar cosas brillantes no sería, por tanto, un comportamiento común en la especie, sino un comportamiento puntual y anecdótico de algún ejemplar concreto. Análogamente, hay personas que roban cosas brillantes, y no por ello toda la especie humana es cleptómana.
Lo que sucede, entonces, con la mala fama de las urracas, es una generalización cultural de una evidencia anecdótica; una tendencia a favorecer o incluso exagerar las situaciones que aparentemente confirman esa creencia, dejando a un lado todas las que no, a pesar de ser extraordinariamente mayoritarias. Lo que suele denominarse un sesgo de confirmación.
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REFERENCIAS:
Shephard, T. V. et al. 2015. ‘The thieving magpie’? No evidence for attraction to shiny objects. Animal Cognition, 18(1), 393-397. DOI: 10.1007/s10071-014-0794-4
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