El rebote más triste tras la pandemia
Por:
Ricardo Braginski
Martes 13 de
Junio 2023
Después de una abrupta caída del trabajo infantil durante la cuarentena, las cifras vuelven al mismo lugar. El derecho a la educación es el más vulnerado.
Hay rebote del bueno y rebote del malo.
Hace un par de semanas todos nos sorprendimos con los resultados de la prueba Aprender 2022 de la escuela primaria, que mostró que los alumnos argentinos recuperaron los aprendizajes a niveles de la prepandemia: rendimientos en Matemática y Lengua similares a 2018, última evaluación antes del cierre de las escuelas.
El rebote del malo también involucra a los chicos, pero en este caso se trata del trabajo infantil. El último informe sobre la Deuda Social de la Infancia de la UCA tiene un capítulo al respecto y muestra que la proporción de chicos y adolescentes que trabajan ahora es similar a los que lo hacían em 2019, tras una abrupta caída en 2020 y 2021.
En números: ahora son 14,8% los chicos y adolescentes que hacen trabajo doméstico intensivo (de modo habitual tareas como limpiar, lavar, planchar, cocinar, cuidar hermanos y las compras, entre otros) y/o trabajan en actividades económicas. En 2019 eran 14,7%, casi lo mismo.
Pero durante la pandemia -con todo cerrado y los adultos en casa- ese trabajo infantil había descendido a 5,3% en 2020 y 7,7% en 2021. Triste recuperación de la “normalidad” para esos chicos argentinos.
Hay muchos derechos que se vulneran con el trabajo infantil, pero el más importante es el derecho de los chicos a la educación. Diversas investigaciones muestran que los chicos y adolescentes que trabajan tienen 3 veces más probabilidades de abandonar los estudios. En promedio, tienen 2 años menos de escolaridad. Y cuando son adultos, su salario es 20% menor.
Un chico que trabaja tiene menos tiempo para hacer las tareas y está más cansado en el aula. Todo esto suele traducirse en bajo rendimiento y, al final, en deserción escolar. Bueno es recordar todo esto ahora: este martes es el "Día Mundial Contra el Trabajo Infantil".
No hay Estado más ausente que el que no pone todas sus energías en evitar el trabajo infantil. Que quede claro: la Argentina establece -a partir de sus leyes- que el lugar de los chicos es el colegio.
Pero el derecho de ellos a la educación no solo es vulnerado hoy por la crisis social sino también por la violencia. Los gremios docentes de Santa Fe pararon la semana pasada para pedir seguridad tras un nuevo ataque a balazos contra un colegio de Rosario, que dejó como saldo un alumno de 6 años herido de bala.
Otro rebote del malo y la triste comprobación de que sobre los derechos de los chicos se habla mucho, pero en lo concreto no se ocupa prácticamente nadie.
Hace un par de semanas todos nos sorprendimos con los resultados de la prueba Aprender 2022 de la escuela primaria, que mostró que los alumnos argentinos recuperaron los aprendizajes a niveles de la prepandemia: rendimientos en Matemática y Lengua similares a 2018, última evaluación antes del cierre de las escuelas.
El rebote del malo también involucra a los chicos, pero en este caso se trata del trabajo infantil. El último informe sobre la Deuda Social de la Infancia de la UCA tiene un capítulo al respecto y muestra que la proporción de chicos y adolescentes que trabajan ahora es similar a los que lo hacían em 2019, tras una abrupta caída en 2020 y 2021.
En números: ahora son 14,8% los chicos y adolescentes que hacen trabajo doméstico intensivo (de modo habitual tareas como limpiar, lavar, planchar, cocinar, cuidar hermanos y las compras, entre otros) y/o trabajan en actividades económicas. En 2019 eran 14,7%, casi lo mismo.
Pero durante la pandemia -con todo cerrado y los adultos en casa- ese trabajo infantil había descendido a 5,3% en 2020 y 7,7% en 2021. Triste recuperación de la “normalidad” para esos chicos argentinos.
Hay muchos derechos que se vulneran con el trabajo infantil, pero el más importante es el derecho de los chicos a la educación. Diversas investigaciones muestran que los chicos y adolescentes que trabajan tienen 3 veces más probabilidades de abandonar los estudios. En promedio, tienen 2 años menos de escolaridad. Y cuando son adultos, su salario es 20% menor.
Un chico que trabaja tiene menos tiempo para hacer las tareas y está más cansado en el aula. Todo esto suele traducirse en bajo rendimiento y, al final, en deserción escolar. Bueno es recordar todo esto ahora: este martes es el "Día Mundial Contra el Trabajo Infantil".
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