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"La escuela así ya no va más": el duro diagnóstico del nuevo presidente de honor de la Academia de Educación
Martes 05 de
Mayo 2026
Alberto Taquini asumió el cargo este lunes. Es el autor del plan que creó casi 20 nuevas universidades en los años 70. Advirtió que la IA será dominante en la educación en poco tiempo más y fue muy crítico con el "uso político" de las universidades.
A Alberto Taquini (91) muchos lo conocen, en el ámbito educativo, por haber sido la persona que impulsó la primera gran expansión del sistema universitario en el país.
Corrían los últimos años de la década del sesenta cuando presentó un plan para crear nuevas universidades en el interior, con el objetivo de descentralizar la oferta de educación superior. El plan (conocido después como “Plan Taquini”) fue puesto en marcha en los setenta: se crearon casi 20 nuevas casas de estudios en ciudades grandes de las provincias.
Doctor en Medicina por la UBA y ex investigador del CONICET, Alberto Taquini vuelve a ser noticia, pero ahora porque este lunes fue nombrado presidente de honor de la Academia Nacional de Educación.
Y vuelve recargado. En un diálogo con Clarín a propósito de la nueva designación, hizo un filoso y por momentos polémico análisis sobre el sistema educativo, en el país y en el mundo.
Dijo que la educación está viviendo “un cambio copernicano” frente al nuevo escenario de globalización e hiperconectividad. Anticipó que la IA y las plataformas educativas serán dominantes en poco tiempo y definió a la escuela como un sistema “antinatural” y en crisis.
Con respecto a las universidades, destacó el impacto positivo en el interior de la expansión universitaria, pero cuestionó la baja eficiencia actual, las “carreras sin sentido” o con poca demanda y el "uso político" de las universidades. Propuso mayor transparencia y financiamiento por resultados y proyectos de calidad.
- Le voy a dar mi lectura personal. Para mí, hay un problema conceptual de base: hay que separar lo que es educación de lo que fue la instrucción pública. La instrucción pública fue un gran logro de los estados modernos, sobre todo a fines del siglo XIX y principios del XX, cuando había que alfabetizar. Pero hoy el desafío es distinto: no se trata solo de formar a un ciudadano en su juventud, sino de pensar en una persona que va a tener una trayectoria mucho más larga, mucho más compleja. Entonces hay que cambiar la lógica.
- Estamos frente a un cambio copernicano, es un cambio de paradigma. Hoy un chico entra al sistema educativo a los 5 o 6 años, sale a los 18, pero va a vivir 80, 90 o 100 años. Es decir, va a atravesar todo el siglo XXI y probablemente parte del XXII. Y ese mundo va a ser totalmente distinto. Entonces, ¿cómo lo estamos formando? Con un modelo pensado para otra época. Ahí está el problema.
- Implica que el objetivo central ya no puede ser transmitir contenidos. Eso era lo que hacía la instrucción pública: bajar línea, enseñar contenidos básicos. Hoy el desafío es empoderar a cada chico para que sea un aprendiz permanente. Que aprenda a aprender. Porque ese sujeto, a lo largo de su vida, se va a tener que reconfigurar muchas veces. Va a tener que cambiar de trabajo, de habilidades, de entorno.
- Es clave. Hoy estamos frente a un ciudadano del mundo. Hoy cualquier chico tiene un celular, tiene acceso a Internet. Más del 70% de la población mundial está conectada. Entonces su referencia ya no es solo local. Es global. Eso cambia todo.
- Correcto. Por ahora es una herramienta que manejamos nosotros, pero también plantea riesgos, como el transhumanismo: el día que no podamos manejarla. Puede ir un paso más adelante de la persona. Pero, más allá de eso, lo concreto es que ya está transformando el aprendizaje. Así como hoy las plataformas son imbatibles en ajedrez o en Go, dentro de poco van a enseñar Matemática, Historia o Filosofía. Van a intervenir directamente en el aprendizaje. Y lo van a hacer con una calidad muy alta, porque detrás va a estar el mejor conocimiento disponible.
- Está en crisis. El aprendizaje formal requiere menos tiempo del que ocupa la jornada escolar. Si uno toma lo que evalúan las pruebas PISA, el tiempo necesario para aprender esos contenidos es bastante menor que el tiempo escolar total. Con dos horas por día, durante 150 días al año, es suficiente. En la escuela, entonces, pasan otras cosas. Pero eso no siempre está claramente pensado. Se fue incorporando de manera discrecional.
- Es probable que en un plazo relativamente breve haya plataformas de aprendizaje basadas en IA, accesibles desde los celulares, que cambien la forma de aprender lo básico. Y eso va a elevar la calidad del contenido. Para mí estamos ante un “game over” del modelo educativo actual. Seguir analizando el viejo modelo ya no tiene sentido. Lo que hay que hacer es permitir que surjan modelos distintos, con tecnologías distintas, siempre que puedan ser evaluados y acreditados de manera equivalente. El viejo modelo es antinatural para los alumnos, porque no responde a su realidad. El docente está dando clase y el chico, si quiere, en ese mismo momento puede verificar todo con el teléfono. Puede decir “esto que me están diciendo no es así”. Entonces el modelo de transmisión vertical pierde sentido. Además, el chico se aburre. Y cuando se aburre, desconecta. Es un sistema que ya no engancha.
- Muy atrasada, cristalizada. Hay un discurso que no se corresponde con la realidad. Por ejemplo, todavía no se puede hacer el secundario 100% online, y hay colegios extranjeros que vienen a tomar alumnos acá del secundario. Eso muestra la inercia del sistema.
- No, de ninguna manera. Pero si un alumno quiere estudiar online, que pueda hacerlo. Esto haría reducir el presupuesto de educación en las provincias.
- Hay que revisar cómo se usan los recursos. Sabemos que la tasa de natalidad ha caído un 50%. Y si tenemos el presupuesto de educación cercano al 30% del gasto total de las provincias. ¿Qué vamos a hacer? ¿Vamos a achicar el presupuesto ahora que hay menos chicos? ¿Qué porcentaje de los ñoquis de todas las provincias están ahí, en ese gasto?
- En pocos años pasamos de nueve universidades a más de veinte. Se instaló una universidad en cada ciudad grande o capital de provincia. Y eso tuvo un efecto muy fuerte. El presupuesto de una universidad en ciudades como Tandil, Río Cuarto o San Luis es equivalente -o incluso superior- al del propio municipio. Pero es inversión pública, no gasto. Porque eso implicó un aumento enorme de recursos en cada ciudad. Hubo inversión no solo en infraestructura o en funcionamiento, sino también en capital humano: la gente se quedó en esas ciudades. Los chicos que terminaban la secundaria ya no se iban, se quedaban a estudiar ahí. Eso permitió descentralizar el conocimiento y la población. Las universidades ayudaron a ocupar el territorio y a distribuir mejor el capital humano en el país.
- La matrícula creció, pero la eficiencia del sistema universitario es muy baja. Hay muchas carreras que no tienen sentido o que tienen muy pocos alumnos, y en un plazo relativamente corto va a haber que cerrarlas, en el marco de este cambio copernicano que estamos viviendo. Además, la universidad se convirtió, en parte, en una caja política. Eso desvirtúa el sistema en algunos aspectos. No me refiero a la política como debate de ideas sino al uso partidario y de poder dentro de la estructura universitaria.
- Primero, transparencia. Segundo, financiamiento orientado a resultados, a proyectos de calidad, a utilidad para el país. No todo puede financiarse igual. Hay que priorizar.
- En general no. Puede haber casos puntuales, pero no es el problema central hoy. Eso es más algo del siglo XX.
Corrían los últimos años de la década del sesenta cuando presentó un plan para crear nuevas universidades en el interior, con el objetivo de descentralizar la oferta de educación superior. El plan (conocido después como “Plan Taquini”) fue puesto en marcha en los setenta: se crearon casi 20 nuevas casas de estudios en ciudades grandes de las provincias.
Doctor en Medicina por la UBA y ex investigador del CONICET, Alberto Taquini vuelve a ser noticia, pero ahora porque este lunes fue nombrado presidente de honor de la Academia Nacional de Educación.
Y vuelve recargado. En un diálogo con Clarín a propósito de la nueva designación, hizo un filoso y por momentos polémico análisis sobre el sistema educativo, en el país y en el mundo.
Dijo que la educación está viviendo “un cambio copernicano” frente al nuevo escenario de globalización e hiperconectividad. Anticipó que la IA y las plataformas educativas serán dominantes en poco tiempo y definió a la escuela como un sistema “antinatural” y en crisis.
Con respecto a las universidades, destacó el impacto positivo en el interior de la expansión universitaria, pero cuestionó la baja eficiencia actual, las “carreras sin sentido” o con poca demanda y el "uso político" de las universidades. Propuso mayor transparencia y financiamiento por resultados y proyectos de calidad.
- ¿Cuáles son hoy las principales preocupaciones en educación?
- Le voy a dar mi lectura personal. Para mí, hay un problema conceptual de base: hay que separar lo que es educación de lo que fue la instrucción pública. La instrucción pública fue un gran logro de los estados modernos, sobre todo a fines del siglo XIX y principios del XX, cuando había que alfabetizar. Pero hoy el desafío es distinto: no se trata solo de formar a un ciudadano en su juventud, sino de pensar en una persona que va a tener una trayectoria mucho más larga, mucho más compleja. Entonces hay que cambiar la lógica.
- ¿Cómo sería esa nueva lógica?
- Estamos frente a un cambio copernicano, es un cambio de paradigma. Hoy un chico entra al sistema educativo a los 5 o 6 años, sale a los 18, pero va a vivir 80, 90 o 100 años. Es decir, va a atravesar todo el siglo XXI y probablemente parte del XXII. Y ese mundo va a ser totalmente distinto. Entonces, ¿cómo lo estamos formando? Con un modelo pensado para otra época. Ahí está el problema.
- ¿Qué implica ese cambio en términos educativos?
- Implica que el objetivo central ya no puede ser transmitir contenidos. Eso era lo que hacía la instrucción pública: bajar línea, enseñar contenidos básicos. Hoy el desafío es empoderar a cada chico para que sea un aprendiz permanente. Que aprenda a aprender. Porque ese sujeto, a lo largo de su vida, se va a tener que reconfigurar muchas veces. Va a tener que cambiar de trabajo, de habilidades, de entorno.
- Este gran cambio viene de la mano de la globalización que plantea Internet y la hiperconectividad…
- Es clave. Hoy estamos frente a un ciudadano del mundo. Hoy cualquier chico tiene un celular, tiene acceso a Internet. Más del 70% de la población mundial está conectada. Entonces su referencia ya no es solo local. Es global. Eso cambia todo.
- A esto hay que agregarle el desarrollo de la Inteligencia Artificial.
- Correcto. Por ahora es una herramienta que manejamos nosotros, pero también plantea riesgos, como el transhumanismo: el día que no podamos manejarla. Puede ir un paso más adelante de la persona. Pero, más allá de eso, lo concreto es que ya está transformando el aprendizaje. Así como hoy las plataformas son imbatibles en ajedrez o en Go, dentro de poco van a enseñar Matemática, Historia o Filosofía. Van a intervenir directamente en el aprendizaje. Y lo van a hacer con una calidad muy alta, porque detrás va a estar el mejor conocimiento disponible.
- ¿Cómo está parada la escuela frente a estos cambios?
- Está en crisis. El aprendizaje formal requiere menos tiempo del que ocupa la jornada escolar. Si uno toma lo que evalúan las pruebas PISA, el tiempo necesario para aprender esos contenidos es bastante menor que el tiempo escolar total. Con dos horas por día, durante 150 días al año, es suficiente. En la escuela, entonces, pasan otras cosas. Pero eso no siempre está claramente pensado. Se fue incorporando de manera discrecional.
- ¿Cómo mejorar entonces este modelo?
- Es probable que en un plazo relativamente breve haya plataformas de aprendizaje basadas en IA, accesibles desde los celulares, que cambien la forma de aprender lo básico. Y eso va a elevar la calidad del contenido. Para mí estamos ante un “game over” del modelo educativo actual. Seguir analizando el viejo modelo ya no tiene sentido. Lo que hay que hacer es permitir que surjan modelos distintos, con tecnologías distintas, siempre que puedan ser evaluados y acreditados de manera equivalente. El viejo modelo es antinatural para los alumnos, porque no responde a su realidad. El docente está dando clase y el chico, si quiere, en ese mismo momento puede verificar todo con el teléfono. Puede decir “esto que me están diciendo no es así”. Entonces el modelo de transmisión vertical pierde sentido. Además, el chico se aburre. Y cuando se aburre, desconecta. Es un sistema que ya no engancha.
El impacto en la Argentina
- ¿Cómo ve a la Argentina frente al escenario que está describiendo?
- Muy atrasada, cristalizada. Hay un discurso que no se corresponde con la realidad. Por ejemplo, todavía no se puede hacer el secundario 100% online, y hay colegios extranjeros que vienen a tomar alumnos acá del secundario. Eso muestra la inercia del sistema.
- ¿Usted dice que la secundaria debería ser online?
- No, de ninguna manera. Pero si un alumno quiere estudiar online, que pueda hacerlo. Esto haría reducir el presupuesto de educación en las provincias.
- ¿Hay que seguir reduciendo el presupuesto?
- Hay que revisar cómo se usan los recursos. Sabemos que la tasa de natalidad ha caído un 50%. Y si tenemos el presupuesto de educación cercano al 30% del gasto total de las provincias. ¿Qué vamos a hacer? ¿Vamos a achicar el presupuesto ahora que hay menos chicos? ¿Qué porcentaje de los ñoquis de todas las provincias están ahí, en ese gasto?
El desafío de las universidades
- Usted fue el impulsor de la expansión universitaria. ¿Qué impacto tuvo ese proceso?
- En pocos años pasamos de nueve universidades a más de veinte. Se instaló una universidad en cada ciudad grande o capital de provincia. Y eso tuvo un efecto muy fuerte. El presupuesto de una universidad en ciudades como Tandil, Río Cuarto o San Luis es equivalente -o incluso superior- al del propio municipio. Pero es inversión pública, no gasto. Porque eso implicó un aumento enorme de recursos en cada ciudad. Hubo inversión no solo en infraestructura o en funcionamiento, sino también en capital humano: la gente se quedó en esas ciudades. Los chicos que terminaban la secundaria ya no se iban, se quedaban a estudiar ahí. Eso permitió descentralizar el conocimiento y la población. Las universidades ayudaron a ocupar el territorio y a distribuir mejor el capital humano en el país.
- ¿Cómo evalúa al sistema universitario actual?
- La matrícula creció, pero la eficiencia del sistema universitario es muy baja. Hay muchas carreras que no tienen sentido o que tienen muy pocos alumnos, y en un plazo relativamente corto va a haber que cerrarlas, en el marco de este cambio copernicano que estamos viviendo. Además, la universidad se convirtió, en parte, en una caja política. Eso desvirtúa el sistema en algunos aspectos. No me refiero a la política como debate de ideas sino al uso partidario y de poder dentro de la estructura universitaria.
- ¿Qué propone para mejorar?
- Primero, transparencia. Segundo, financiamiento orientado a resultados, a proyectos de calidad, a utilidad para el país. No todo puede financiarse igual. Hay que priorizar.
- ¿Existe adoctrinamiento en el sistema?
- En general no. Puede haber casos puntuales, pero no es el problema central hoy. Eso es más algo del siglo XX.
Con información de
Infobae

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