ENTRE RÍOS
En una semana los despertó dos veces un arroyo en la habitación
Domingo 28 de
Febrero 2016
En el barrio La Lonja hay 13 familias que en cada tormenta pierden todo. Nélida Acuña tiene de 72 años, necesita ayuda urgente. En una semana el arroyo Las Tunas ingresó dos veces a su casa.

El barrio La Lonja es todo barro y no solo las calles: está adentro de las casas, en las paredes de chapa y de material, en los pisos tapados de plásticos, en los techos, en los patios, en los baños improvisados, lo tienen los animales pegados en el lomo, los chicos en sus pies, los adultos en la ropa. Todo es barro y más cuando el arroyo Las Tunas se pasa de rosca, se zarpa dirían algunos, los inunda afirmaron en esa zona que pertenece a Colonia Avellaneda.
Dos veces en una semana es mucho. Llovió tanto que uno de los brazos de ese curso de agua desbordó y avanzó sobre las viviendas de 13 familias, 25 niños –uno discapacitado– y tres viejos. Varios vecinos, sentados en la puerta de lo que quedó de sus casas, contaron ayer cómo casi pierden hasta las esperanzas. Todavía no abandonaron la pelea y escribieron una nota manuscrita, impecable con la que pidieron ayuda y aclararon: es urgente. Quien firmó la esquela fue Nélida Acuña de 72 años; una mujer de pelo negro y cansada. “Yo no sé escribir, m’hijo, apenas pongo mi nombre en un papel”, dijo después de contar su historia y enseguida aparecieron sus vecinos; corroboraron que a la solicitud de ayuda la habían hecho entre todos.
Entre tanta falta, si hay algo que tiene Nélida Acuña es dignidad. “Venga por favor señor, así conoce como vivimos acá”, dijo por teléfono, pero escuchó atenta y enseguida mandó a dos de sus cuatro hijos que viven con ella, para encontrar al cronista y al fotógrafo en el camino, a menos de una cuadra de su casa.
Para llegar a la vivienda hay que manejar por Almafuerte –también se puede ir en colectivo– pasar el arroyo Las Tunas en la ruta 18 y enseguida después del puente hay una garita de colectivo pintada de blanco frente a un lugar donde venden maquinaria agrícola. De ahí, para adentro y hasta el final. La calle se llama El Pinar y como todo en el barrio, por estos días estaba llena de barro. Había gallinas, patos, perros flacos, gatos, chanchos y chivos viejos entre los pastos altos de veredas ausentes. De lo que está lleno el barrio, también, es de necesidades.
Nélida Acuña se sentó bajo el techo de su casa y contó a UNO que el viernes de la primera tormenta, aquel 19, despertó con el agua adentro de su habitación, que cuando abrió los ojos ya le mojaba la cama, la ropa, lo poco que tenía. “Hasta acá llegó el agua, mirá”, mostró uno de sus hijos y la marca tiene poco más de un metro. Durante una semana empezaron a recuperarse y no lo lograron, las pérdidas para ellos fueron tan grandes que la ayuda que recibieron solo los contuvo algunos días hasta el viernes que otra vez despertaron con Las Tunas en la habitación.
Nélida Acuña lloró con lágrimas sinceras nomás empezó a hablar con un dialecto muy particular. Después contó que nació en Misiones, pero hace muchos años que viven en Entre Ríos. Su pedido fue concreto: necesita un lugar donde vivir. “Ya nada me queda. Perdí todo. Ayer me llevaron al hospital. Tengo pánico, tiemblo. Ya no puedo”, dijo y su casa es una habitación con paredes de material y techos de chapa. La cama es imposible, apenas hay algunos roperos, no existen heladeras y mucho menos algún televisor. No hay canillas, solo toma agua que llega desde una manguera que pasa antes por otras viviendas vecinas.
El arroyo le llevó la cama y su ropa, como las de sus hijos. El viento hizo lo suyo con las chapas. “Es demasiado para mí”, dijo y hubo tal silencio que ni los perros se animaron a ladrar. “Pido un terreno para la poca vida que me espera. Hay tantas casas desocupadas, una las ve con los pastos altos. Que alguien vea cómo vivimos. Todos merecemos ser cristianos y no animales”, y mientras hablaba miraba a la pared del fondo, una que todavía tenía la marca de Las Tunas.
El arroyo le llevó la cama y su ropa, como las de sus hijos. El viento hizo lo suyo con las chapas. “Es demasiado para mí”, dijo y hubo tal silencio que ni los perros se animaron a ladrar. “Pido un terreno para la poca vida que me espera. Hay tantas casas desocupadas, una las ve con los pastos altos. Que alguien vea cómo vivimos. Todos merecemos ser cristianos y no animales”, y mientras hablaba miraba a la pared del fondo, una que todavía tenía la marca de Las Tunas.
Nélida Acuña fue empleada doméstica y ahora está con los trámites para poder tener la jubilación, pero para eso también necesita ayuda. Cuatro de sus hijos viven con ella, otros, dijo, están en Córdoba. Antes tenía su casa en La Toma, pero alguien le aseguró en Las Lonjas iba a tener tranquilidad y que los terrenos en ese lugar no se inundaban. Ya lleva tres años en esa zona. .
Al baño lo tiene afuera, como el de sus vecinos, y se trata de construcciones igual de difíciles y complejas. Les falta lavandina y desinfectantes como tantas otras cosas. En el barrio no entran las consignas de descacharrizar contra el dengue, no tienen sentido; todo es charco y agua.
“Pero además de las cosas que perdimos, está lleno de víboras y la rata más chica te lleva a cococho”, dijo José Carlos Guzmán, vecino de Nélida Acuña. Su situación es parecida a la de todos en la zona. El arroyo entró a su casa de golpe, sin preguntar, rápido y él juntó lo que pudo con su familia y entre todos trataron de llegar a la parte más alta del barrio, aquella que ya se encuentra sobre la ruta.
Tuvieron donaciones,después de la primera tormenta y reconocieron eso, pero no les alcanzó. Guzmán es albañil y hace cinco días que no tiene trabajo ni changa y en la diaria significa que hace ese tiempo que no junta un mango, explicó. Es que además de lo que les faltaba antes, ahora perdieron todo, ni siquiera tienen ropa porque con un arroyo que superó más de un metro a dentro de sus viviendas, no hay ropero que aguante. Las paredes de chapa estaban cubiertas de plásticos negros, pero la humedad entraba igual, por el piso y por el techo. A un costado, después de la última casa –la de Nélida y sus hijos–, hay otra que estaba en construcción, apenas unos ladrillos que se vinieron abajo por la fuerza de Las Tunas.
“Queremos un terreno, algo; hay tantas casas desocupadas en Colonia Avellaneda”, volvió a decir, a reclamar Nélida Acuña mientras recorría el barrio con el resto de sus vecinos
En el lugar, dicen los vecinos que pagaron por los terrenos, pero no recuerdan a quien. El arroyo los abraza, los rodea, los cruza por atrás de los patios. También contaron que desde hace años no encuentran solución y la de fondo, al menos, es la que pide Nélida Acuña.
Cuando no tienen trabajo van al basural de Colonia Avellaneda en la búsqueda de algo para comer, a juntar plásticos, vidrio y lo que sea.
Con información de
unoentrerios
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