El Papa del pueblo cumple 80 años
"No, todavía no. En mi tierra, desearle a alguien feliz cumpleaños por adelantado, trae yeta”. Sonriente, pícaro, Francisco frenaba así a quienes días atrás intentaban saludarlo por su cumpleaños. Pero hoy sí. Hoy se pueden festejar los 80 años de “nuestro” Papa.
Este 17 de diciembre sí saludamos, junto a todo el mundo, a este “Papa del pueblo”. Porque ocho décadas atrás, un día jueves 17 de diciembre de 1936, nacía el primer hijo de Mario José Bergoglio -nacido en el pueblo italiano de Portacomaro-, y Regina María Sívori, porteña, pero hija de inmigrantes procedentes del Piamonte y Génova.
Lo llamaron Jorge Mario (como su padre) Bergoglio. Típica familia de inmigrantes italianos. Trabajadores, creyentes, apegados a los suyos. Tanto que la pareja vivía a la vuelta de la casa de los padres de Regina María. Y allí, en esta casa de los abuelos, es donde el hoy Papa, entonces simplemente Jorge, pasó gran parte de su infancia.
“A los trece meses de mi nacimiento, llegó mi hermano. Entonces, para ayudarla a mi madre, mis abuelos me tenían todo el día en su casa”, recuerda Francisco.
Y su abuela, Rosa Margarita Vasallo -quien había llegado al país en 1929, de su Piamonte natal-, fue fundamental en la educación de Jorge Bergoglio.
“Mi abuela me marcó mucho en la fe, me contaba historias de santos. La que me enseñó a rezar más fue mi abuela”, cuenta el hoy Papa. Y algo más, el pequeño Bergoglio aprendió a decir algunas palabras en piamontés, el dialecto del norte italiano en que hablaban sus abuelos.
Todo esto ocurría en el barrio de Flores. Su barrio de siempre, aunque ahora pase sus días en el Vaticano, en pleno corazón de Roma. La familia Bergoglio vivía en la calle Membrillar al 500, en una casa sencilla, chorizo y con glorieta, a dos cuadras de la Plaza de la Misericordia.
De aquella casa original, hoy sólo se conserva un patio interior, ese que supo tener una parrilla, un limonero y un árbol de pomelo, los que fueron testigos de los juegos infantiles de Jorge Bergoglio. Pese a sus pies planos, de pibe, Francisco jugaba a la pelota con sus amigos en la Plaza de la Misericordia y la hoy Plazoleta Herminia Brumana, entonces un gran espacio de tierra libre.
Siguiendo los pasos de su padre, además del fútbol también se dedicó a jugar al básquet. Pero ya entonces le dedicaba gran parte de su tiempo a la lectura. Un Bergoglio tímido y estudioso le fue dejando poco espacio al fútbol en el barrio, según sus amigos de la infancia.
“Cuando Jorge era chico jugaba a la pelota con nosotros en la plaza Herminia Brumana, pero después cuando entró al noviciado estaba siempre estudiando: pasaba por allí los sábados, nos veía jugando, nos saludaba y se iba”, contó Osvaldo Dapueto, uno de sus amigos en la niñez.
El Colegio de la Misericordia fue al que asistió el Papa en preescolar y primaria. Allí la monja Dolores Tortolo lo preparó para su primera comunión. La misma hermana que cuando lo vió convertido en sacerdote señaló: “Jorge va a llegar a algo muy grande”.
Pero volvamos a su infancia, la del fútbol, la lectura, las historias de los santos que le contaba su abuela y donde nació su pasión por San Lorenzo de Almagro. Una pasión que alcanzaba a toda su familia, claro, porque acostumbraba ir al Viejo Gasómetro de avenida La Plata, junto con sus padres y sus cuatro hermanos: Oscar, Marta, Alberto y María Elena.
Partidos en los que veía con admiración al centrodelantero René Pontoni. Goleador al que, más reciente, cambió por el Beto Acosta. Bergoglio tenía apenas 13 años e iba al entonces Industrial número 12 -hoy el 27-, cuando por indicación de su padre comenzó a trabajar. Lo primero, tareas de limpieza: “No nos sobraba nada, no teníamos auto ni nos íbamos a veranear, pero no pasábamos necesidades”.
¿Cuándo llegó el llamado de Dios? Una versión dice que a los 17 años, cuando sufrió una pulmonía grave -por la que perdió la parte superior del pulmón derecho-, una monja lo confortó con una frase que le llegó: “Con tu dolor estás imitando a Jesús”.
El propio Bergoglio simplifica la cuestión: “¿Qué sentí? Nada, que tenía que ser cura. Punto. Me llamó. En ese momento tenía 17 años, esperé tres años más, que terminé el secundario, trabajé y después entré al seminario”, cuenta.
Hoy cumple 80. Y ya es el Papa de todos, aunque para nosotros, los argentinos, el orgullo sea especial. Pasaron muchos años de aquella infancia en Flores, cuando rezaba de chico junto a su abuela Rosa. Años que lo marcaron. Por algo será que compañeros del seminario recuerdan que les decía: “Tienen que rezar como cuando eran chicos”.
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