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El poder y la violencia
Miércoles 17 de Mayo 2017

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A mediados de 1932, Albert Einstein escribió una carta a Sigmund Freud para interesarlo en el problema del flagelo de la guerra. La respuesta no se hizo esperar. El físico genial y el padre del psicoanálisis esbozaron sus ideas e intentaron desentrañar las crecientes motivaciones de la humanidad para ejercer la violencia contra su propia condición. Ambas cartas fueron publicadas por primera vez, en 1958 en Italia.


Caputh, cerca de Postdam, 30 de julio de 1932
 
Querido Señor Freud:
 
Estoy muy contento de haber tenido oportunidad, gracias a la invitación de la Sociedad de las Naciones y de su Instituto internacional para la colaboración intelectual en París, de discutir en un libre intercambio de puntos de vista con una persona de mi agrado un problema libremente escogido, ocasión única para charlar con usted de la cuestión que, en el estado actual de las cosas, me parece la más importante para el mundo civil: ¿existe un medio de liberar a los hombres de la maldición de la guerra? La convicción de que, a través de los progresos de la técnica, tal cuestión se ha hecho de una importancia vital para la civilización humana, se ha abierto camino casi en todos, pero a pesar de ello los esfuerzos ardientes por resolverla siguen siendo fallidos en una proporción alarmante.
 
Yo creo que incluso entre los hombres que se ocupan prácticamente y profesionalmente de este problema, existe un vivo deseo de consultar sobre su opinión a personas que a través de su habitual actividad científica han adquirido una apreciable perspectiva de todos los problemas de la vida. En lo que me concierne personalmente, la orientación habitual de mi pensamiento no me abre ninguna visión sobre las profundidades de la voluntad y del sentimiento humanos, de tal manera que en el intercambio de puntos de vista aquí propuesto yo casi no puedo hacer más que tratar de centrar el problema y despejando el terreno de las soluciones más superficiales, proporcionarle la oportunidad de iluminar la cuestión desde el ángulo de su profunda conciencia de los impulsos vitales del hombre. Confío en que usted podrá indicar medios de educación capaces de eliminar de un modo no político, por decirlo así, ciertos obstáculos psicológicos que el profano en psicología puede, sí, imaginar, pero cuyas conexiones y mutabilidad no sabe valorar.
 
Puesto que yo mismo soy un hombre libre de prejuicios nacionalistas, el lado exterior y organizativo del problema me parece fácil: los Estados crean una autoridad legislativa y judiciaria para el arreglo de todos los conflictos que puedan surgir entre ellos. Se comprometen a someterse a las leyes instauradas por las autoridades legislativas, a recurrir a la Corte en todos los casos controvertidos, a conformarse incondicionalmente a sus decisiones y a llevar a cabo todas aquellas medidas que la Corte juzgue necesarias para traducir tales decisiones en realidades. Ya en este punto encuentro la primera dificultad. Una Corte es una institución humana, que puede estar tanto más inclinada a hacer accesibles sus propias decisiones a influjos extrajudiciales cuanto menor sea la potencia de que dispone para hacer aplicar las decisiones mismas. Es un dato de hecho que hay que tener en cuenta: justicia y potencia están indisolublemente coligadas, y las sentencias de un órgano judicial se acercan tanto más al ideal de justicia de la comunidad en cuyo nombre e interés se pronuncia el juicio, cuanto más grandes son los medios de poder que esta comunidad puede poner en juego para imponer la observancia de su ideal de justicia. Pero, por el momento, estamos muy Jejos de poseer una organización supraestatal que se encuentre capacitada para proporcionar a su Corte una autoridad incontestable y para imponer una absoluta obediencia en la ejecución de sus decretos. Así se me presenta espontáneamente la primera comprobación: el  camino de la seguridad internacional pasa a través de la renuncia incondicional de los Estados a una parte de su libertad de acción y, por ende, de su soberanía, y parece fuera de duda que no hay otro camino para alcanzar esta seguridad.
 
Una ojeada al constante fracaso de las tentativas, sin duda bien intencionadas, de los últimos decenios por alcanzar este objetivo, hace intuir claramente que están en juego poderosas fuerzas psicológicas que paralizan estos esfuerzos. Algunas de estas fuerzas actúan sin embozo. La voluntad de poder de la clase dirigente de un Estado se opone a una limitación de sus derechos de soberanía. Esta "voluntad de poder político”  es alimentada a menudo por una veleidad de poder de otra  categoría que se manifiesta  en el plano  material económico. Con esto quiero referirme  sobre todo a los grupos, que se encuentran  en el interior de todo pueblo, pequeños pero resueltos, y libres de todo escrúpulo, de aquellos hombres para quienes la guerra, fabricación y comercio de armas no constituyen sino una ocasión propicia para conseguir ventajas personales y extender su esfera de poder personal.
 
Esta simple comprobación representa sólo un primer paso hacia la comprensión del conjunto del problema. Surge inmediatamente la pregunta: ¿cómo es posible que una minoría logre someter a sus deseos a la masa del pueblo, que en una guerra sólo tiene qué perder y de qué sufrir? (Cuando hablo de la masa del pueblo, no excluyo de ella a aquellos que, como militares de cualquier grado, han hecho de la guerra su profesión, en la convicción de servir a los más altos bienes de su pueblo y de que algunas veces la mejor defensa es el ataque). Aquí la respuesta más obvia parece ser: la minoría que está alternativamente en el poder tiene en sus manos ante todo la escuela, la prensa y muy a menudo también las organizaciones religiosas. A través de estos medios domina y dirige los sentimientos de la gran masa y hace de ésta su propio instrumento.
 
Pero tampoco esta respuesta agota el conjunto del problema, pues se presenta la cuestión: ¿cómo es posible que la masa se deje, con estos medios, inflamar hasta el frenesí y el sacrificio de sí misma? La respuesta sólo puede ser la siguiente: existe en el hombre una necesidad de odio y de destrucción. Esta tendencia, en tiempos normales, es sólo latente, y sale a luz en momentos excepcionales; pero puede ser con relativa facilidad despertada y elevada a psicosis de masa. Aquí parece esconderse el problema más íntimo de todo el nefasto complejo de influencias. Este es el punto que sólo el gran entendedor de los instintos humanos puede esclarecer.
 
Esto conduce a una última cuestión: ¿existe una posibilidad de enderezar el desarrollo psíquico de los hombres de modo que se los haga capaces de resistir a las psicosis de odio y de destrucción? Y no pienso sólo en la llamada gente inculta. La experiencia me ha enseñado que precisamente son más bien los llamados "intelectuales" los que sucumben más fácilmente a las sugestiones colectivas, porque éstos no suelen abrevar directamente en la vida vivida, y sí en cambio se dejan seducir del modo más cómodo y completo en el lazo del papel impreso.
 
Para concluir, añadiré que he hablado hasta ahora sólo de la guerra entre Estados, es decir de los llamados conflictos internacionales. Me doy cuenta de que la agresividad humana se manifiesta también en otras formas y en otras condiciones (por ejemplo la guerra civil, en otro tiempo por causas religiosas, hoy por causas sociales, persecuciones de minorías nacionales). Pero he puesto en evidencia, a sabiendas, la forma más representativa y más nefasta, por ser la más desenfrenada, de conflicto entre comunidades humanas, porque tal vez es la que sirve mejor para demostrar cómo se pueden evitar los conflictos armados.
 
No ignoro que en sus escritos usted ha contestado ya, en parte directamente, en parte indirectamente, a todas las cuestiones conectadas con el urgente problema que nos interesa. Pero será cosa de gran utilidad si usted presenta el problema de la pacificación del mundo a la luz de sus nuevos conocimientos científicos, ya que semejante presentación podrá ser el punto de partida de fecundas fatigas.
 
Con la máxima cordialidad le saluda su A. Einstein  
 
Respuesta de Freud a Einstein
 
Viena, septiembre de 1932
 
Querido Señor Einstein:
Cuando supe que usted tenía la intención de proponerme un intercambio de puntos de vista sobre un tema que le interesa y que le parece digno del interés de los demás, consentí de buen grado. Esperaba que escogiera usted un problema en los confines de las posibilidades actuales del conocimiento, hacia el cual cada uno de nosotros, el físico como el psicólogo, pudiese acercarse siguiendo su propio camino, de manera que nos encontrásemos en el mismo terreno partiendo de direcciones diversas. Usted me ha sorprendido pues, al preguntarme qué puede hacerse para liberar al hombre de la amenaza de la guerra. Al principio me sentí desorientado bajo la impresión de mi (iba a decir: de nuestra) incompetencia, ya que me parecía tratarse de una tarea práctica que incumbía a los hombres de Estado. Pero después comprendí que usted no ha planteado el problema en su calidad de hombre de ciencia y de físico, sino como un filántropo adherido al llamamiento de la Sociedad de las Naciones, del mismo modo que el explorador polar Fridjof Nansen se impuso la tarea de proporcionar ayuda a las víctimas hambrientas y sin patria de la guerra mundial. Recordé sin embargo que no se me había pedido formular propuestas prácticas, sino que debía indicar únicamente cómo se presenta a una observación psicológica el problema de prevenir la guerra.
 
Pero también a este respecto usted ha dicho en su escrito las cosas esenciales. De este modo me ha quitado el viento de las velas, pero yo navego de buen grado en su estela y me contento en confirmar todo lo que ha expuesto, ilustrándolo más ampliamente sobre la base de lo que sé o creo saber.
 
Usted toma como punto de partida la relación entre justicia y poder. Este es ciertamente el arranque justo para nuestra indagación. ¿Me es lícito sustituir la palabra "poder" por otra más cruda y dura: "violencia"? Justicia y violencia son hoy para nosotros antitéticas.
 
Es fácil demostrar que la una proviene de la otra, y si volvemos a los primeros principios y observamos bien cómo sucedió esto por primera vez, la solución del problema nos salta a la vista sin esfuerzo. Pero perdóneme si en lo que sigue cuento cosas generalmente observadas y aceptadas, como si fuesen una novedad; las circunstancias me obligan a hacerlo.
 
Los conflictos de intereses entre los hombres son decididos por regla general mediante el empleo de la violencia. Así sucede en todo el reino animal, del cual el hombre no debería excluirse; para el hombre, sin embargo, se añaden a éstos, conflictos de opiniones, que alcanzan hasta las supremas alturas de la abstracción y parecen exigir una técnica diferente de decisión. Pero ésta es una complicación ulterior. Inicialmente, en una pequeña horda de hombres, era la fuerza muscular la que decidía a quién debía pertenecer una cosa o la voluntad de quién se debería seguir. La fuerza muscular pronto es aumentada y sustituida por el uso de las armas; vence quien tiene las mejores armas o quien mejor sabe manejarlas. Con la introducción de las armas la superioridad intelectual empieza ya a ocupar el lugar de la grosera fuerza muscular; la meta final de la lucha sigue siendo la misma; una de las partes debe ser obligada, mediante los daños que le son infligidos y la parálisis de sus fuerzas, a abandonar sus pretensiones o la resistencia a las pretensiones ajenas. Esto se obtiene de modo duradero cuando la violencia elimina para siempre al adversario, es decir cuando lo mata. Hay así dos ventajas: que el adversario no puede reanudar su posición, y que su suerte desalienta a los demás para seguir su ejemplo. Además, la muerte del enemigo satisface una inclinación instintiva que será mencionada más abajo.
A la idea de la muerte puede oponerse la consideración de que el enemigo podría ser utilizado para servicios útiles, si se le deja la vida después de haberlo atemorizado. Entonces la violencia se contenta con someterlo en lugar de matarlo. Es el principio de la clemencia hacia el enemigo, pero el vencedor debe ahora tener en cuenta el insidioso deseo de venganza del vencido, y renuncia por tanto a un poco de su propia seguridad.
 
Esta es pues la situación originaria, el dominio del poder superior, de la violencia brutal y sostenida por la inteligencia. Sabemos que este régimen se ha modificado en el curso del progreso, y que se encontró un camino para pasar de la violencia a la justicia: pero ¿cuál? Sólo uno, a mi parecer. Este pasaba a través del hecho de que la mayor fuerza del hombre podía ser contrarrestada por la reunión de varios débiles. "L’unión fait la force".
 
La violencia es quebrantada por la unión, la fuerza de los débiles representa ahora el derecho en contraste con la violencia del individuo singular. Vemos así que el derecho es la fuerza de una comunidad. Sigue siendo aún violencia; dispuesta a volverse contra todo individuo que se le oponga, opera con los mismos medios, persigue los mismos fines; la diferencia está, en verdad, únicamente en el hecho de que no es ya la violencia de un individuo singular la que se hace valer, sino la de la comunidad. Pero para que se cumpla este paso de la violencia a un nuevo derecho se necesita que una condición psicológica sea satisfecha. La unión de los más debe ser estable y duradera. Si se formase únicamente con el fin de luchar contra un prepotente y se deshiciese después de haberlo sometido, no se habría concluido nada. El primer llegado que se creyese más fuerte intentaría de nuevo imponer su propio dominio con la violencia y el juego se repetiría hasta el infinito. La comunidad debe mantenerse, organizarse, crear reglamentos que prevengan las temidas revueltas, instituir órganos que velen por la observancia de los reglamentos (leyes) y cuiden de la ejecución de las medidas de fuerza legal. En el reconocimiento de semejante comunidad de intereses se crean entre los componentes de un grupo unitario de hombres vínculos de afecto, sentimientos de solidaridad, en los cuales reside su verdadera fuerza.
 
Creo de esta manera haber indicado todos los elementos esenciales: la superación de la violencia mediante la transferencia del poder a una unidad, más grande, que mantendrá juntos a sus miembros por medio de lazos sentimentales. Fuera de esto no hay más extensiones y repeticiones. La situación es simple mientras la comunidad consiste sólo en cierto número de individuos de igual fuerza. Las leyes de esta asociación establecen ahora en qué medida el individuo singular debe renunciar a la libertad personal de emplear su propia fuerza como violencia, para hacer posible una segura convivencia. Pero una situación tan tranquila es concebible sólo teóricamente.
 
En realidad las cosas se complican por el hecho de que la comunidad comprende desde el principio elementos de diferente poder, hombres y mujeres, genitores e hijos; y bien pronto, a consecuencia de guerras y opresiones, vencedores y vencidos, que se transforman en amos y esclavos. La justicia de la comunidad se hace entonces expresión de las relaciones de poder desiguales en su seno, las leyes son hechas por y para los dominadores y sólo conceden pocos derechos a los oprimidos.
 
Desde este momento hay en la comunidad dos fuentes de inestabilidad jurídica, pero también de progreso de la justicia. En primer lugar, las tentativas de algunos de los dominadores de elevarse por encima de las limitaciones válidas para todos, de retroceder por lo tanto al dominio de la violencia; en segundo lugar, los constantes esfuerzos de los oprimidos por procurarse mayor poder y hacer reconocer legalmente estas modificaciones, es decir, contrariamente a lo anterior, de avanzar desde un derecho desigual hasta un derecho igual para todos. Esta última corriente se hará particularmente importante cuando en el interior de la comunidad mundial se manifiesten verdaderamente cambios de posición en las relaciones de poder, como puede suceder a consecuencia de diferentes motivos históricos. El  derecho puede adaptarse poco a poco a las nuevas relaciones de poder, o bien, como sucede más a menudo, la clase dirigente no está dispuesta a tener en cuenta esta modificación, y se llega al levantamiento, guerra civil, y por ende a la suspensión momentánea de la legalidad, y a nuevas pruebas de fuerza sobre la base de cuyo resultado se instaura un nuevo orden jurídico. Hay además otra fuente de la modificación del derecho, que se manifiesta sólo en forma pacífica, y es la transformación cultural de los miembros de la comunidad, pero esta forma parte de un conjunto de cosas que sólo puede tomarse en cuenta más adelante.
 
Vemos pues que ni siquiera en el interior de una comunidad se ha podido evitar la violenta liquidación de los conflictos de intereses. Pero las necesidades y las comunidades que se forman por la convivencia en el mismo suelo son propicias a un rápido fin de semejantes luchas y la probabilidad de soluciones pacíficas, en tales condiciones, aumenta constantemente. Una ojeada a la historia de la humanidad nos muestra sin embargo una interminable serie de conflictos entre una comunidad y otra u otras, entre mayores y menores unidades, territorios cívicos, regiones, tribus, pueblos, estados, conflictos que casi siempre se deciden mediante la prueba de fuerza de la guerra. Estas guerras se resuelven o en la expoliación o en la total sumisión y conquista de una de las partes. No es posible juzgar con un criterio único las guerras de conquista. Algunas, como las de los mongoles y los turcos, han causado sólo desastres, otras por el contrario han contribuido a transformar la violencia en justicia, en cuanto han creado unidades más grandes, en el seno de las cuales la posibilidad de empleo de la fuerza quedó limitada y los conflictos allanados por un nuevo orden legal. Así, las conquistas de los romanos dieron a los países mediterráneos la preciosa pax romana. La ambición de engrandecimiento de los reyes franceses creó una Francia políticamente unida y floreciente. Aunque pueda parecer paradójico, se debe confesar que la guerra no sería por lo tanto un medio tan poco apropiado para la instauración de la augurada paz "perpetua", puesto que es capaz de crear esas grandes unidades dentro de las cuales un fuerte poder central hace imposibles nuevas guerras. Pero en realidad no sirve de nada, porque los resultados de la conquista no son, por lo regular, duraderos; las unidades de nueva creación se derrumban de nuevo, en su mayor parte a consecuencia de la insuficiente cohesión de las partes unidas de manera forzada. Además, la conquista no ha podido crear hasta ahora más que uniones parciales, aun cuando sean de grandes proporciones, cuyos conflictos provocan más que nunca la solución violenta. Así, se tuvo como consecuencia de todos estos esfuerzos bélicos que la humanidad sustituyó las numerosas, o más bien incesantes pequeñas guerras, por grandes guerras sofisticadas, pero tanto más devastadoras.
 
Aplicando esta experiencia a la situación de nuestros días, se obtiene el mismo resultado al que usted llegó por un camino más corto. Una prevención segura de la guerra sólo es posible si los hombres se unen para la instauración de un poder central encargado de arbitrar todos los conflictos de intereses. Aquí se combinan evidentemente dos condiciones: que se cree una suprema instancia de este tipo, y que se le confiera el poder necesario. Una sola de las dos no serviría. Ahora, la Sociedad de las Naciones es considerada como la instancia arbitral, pero la otra condición no se ha llenado; la Sociedad de las Naciones no tiene un poder propio y puede obtenerlo únicamente si los miembros de la nueva unión, los Estados particulares, se lo ceden. Pero a este respecto por el momento las perspectivas son poco favorables.
 
No se comprendería en absoluto la institución de la Liga de las Naciones si no se supiese que representa una tentativa como se han hecho pocas en la historia de la humanidad, y tal vez nunca antes en tal medida. Es la tentativa de adjudicar mediante el llamamiento a determinadas imposiciones ideales, la autoridad, es decir el influjo coactivo, que de costumbre es lo propio de la fuerza. Hemos visto que para mantener junta a una comunidad concurren dos cosas: la constitución de la fuerza y los vínculos sentimentales (técnicamente llamados identificaciones) de sus miembros. Si llega a faltar un motivo, puede suceder que el otro mantenga en pie a la comunidad. Los factores ideales, naturalmente, sólo tienen una verdadera importancia si son expresión de solidaridades esenciales de los miembros. Hay que ver entonces hasta qué punto son fuertes. La historia enseña que en la práctica han ejercido su efecto. Por ejemplo la idea panhelénica, la conciencia de ser algo mejor que los bárbaros, que encontró una expresión tan fuerte en las anfictionías, en los oráculos y en los juegos olímpicos, era bastante fuerte para mitigar las reglas de la guerra entre griegos, pero obviamente no bastaba para prevenir conflictos armados entre los elementos destacados del pueblo griego, y ni siquiera para impedir que una ciudad o una federación de ciudades se aliara al enemigo persa para dañar a una ciudad rival. Tampoco tuvo más éxito el sentimiento de solidaridad cristiana, que sin embargo era más bien poderoso, para impedir en la época del Renacimiento que pequeños y grandes Estados, en las guerras que los oponían unos a otros, recurriesen a la ayuda del sultán. Ni tampoco hay en nuestro tiempo una idea a la que se pueda atribuir una autoridad tan cohesiva. Es claro hasta ahora que los ideales nacionales que hoy dominan a los pueblos tienden a producir el efecto opuesto. Hay algunos que predican que sólo el general triunfo de las concepciones bolcheviques podrá poner término a las guerras, pero de tal objetivo estamos hoy, en todo caso, muy lejos, y tal vez sólo pudiera alcanzarse tras de espantosas guerras civiles. La tentativa de sustituir el poder efectivo por el poder de las ideas está todavía hoy condenada al fracaso. Se harían mal las propias cuentas si no se tuviese presente que el derecho fue originariamente fuerza brutal y todavía hoy no puede prescindir del apoyo de la fuerza.
 
Puedo pasar ahora a comentar otra de sus proposiciones. Usted se maravilla de que sea tan fácil entusiasmar a los hombres para la guerra, y sospecha que actúa en ellos alguna cosa, un impulso hacia el odio y la destrucción, que secunda esta instigación. Una vez más, no puedo sino estar de acuerdo con usted. Creemos en la existencia de semejante impulso, y nos hemos esforzado precisamente estos últimos años en estudiar sus manifestaciones. Pero permítaseme a este respecto exponer una parte de la teoría de los impulsos a la que hemos llegado, con el psicoanálisis, después de muchas vacilaciones y tentativas. Consideramos que los impulsos del hombre son sólo de dos géneros, es decir, aquellos que tienden a conservar y unir (los llamamos eróticos, precisamente en el sentido del Eros en el Simposio de Platón, o sexuales con voluntaria extensión del concepto popular de sexualidad), y aquellos que quieren destruir y matar: estos últimos los comprendemos bajo la clasificación de instinto de agresión o de destrucción. En realidad, como ve usted, esta no es sino la transposición teórica del conocido contraste entre amor y odio, que tal vez mantiene con la polaridad de atracción y repulsión una relación de origen que sostiene una parte en el campo que le interesa. Ahora bien, no debemos empeñarnos apresuradamente en valoraciones de bien o de mal. Cada uno de estos impulsos es tan imprescindible como el otro, y de la acción concomitante y opuesta de ambos resultan los fenómenos de la vida. Pero parece que casi nunca un impulso de un género puede actuar aisladamente; va siempre unido a cierta dosis de la otra parte, de manera que forma lo que nosotros llamamos una liga, que modifica su objetivo y en ciertos casos sólo ella hace posible su logro. Así por ejemplo, el instinto de conservación es ciertamente de naturaleza erótica, pero cabalmente debe poder disponer de la agresión para realizar su propósito. Igualmente el impulso amoroso dirigido a un objeto determinado necesita un añadido de instinto de presa si quiere entrar en posesión de su objeto. La dificultad de aislar los dos géneros de impulsos en sus manifestaciones, precisamente, nos ha impedido así durante mucho tiempo reconocerlos.
 
Si tiene la paciencia de seguirme todavía un poco, verá que las acciones humanas dejan entrever también una complicación de otro género. Es rarísimo que la acción sea obra de un solo impulso instintivo, que en sí y por sí debe estar ya compuesto de Eros y destrucción. Por lo regular deben combinarse diversos motivos de igual estructura para hacer posible la acción. Uno de sus compañeros de disciplina lo sabía ya; me refiero al profesor G. Ch. Lichtemberg, que en los tiempos de mis estudios universitarios enseñaba física en Gottinga; pero tal vez como psicólogo valía todavía más que como físico. Él inventó la rosa de los motivos, por los que se hace una cosa, podrían ser ordenados como los treinta y dos vientos y sus nombres formarse de modo análogo, por ejemplo: pan-pan-gloria, o bien gloria-gloria-pan.
 
Así, cuando los hombres son incitados a la guerra, puede responder en ellos, consintiendo, toda una serie de motivos, nobles y bajos, de algunos de los cuales se habla en voz alta, mientras que otros se callan. No tenemos posibilidad de ponerlos todos al desnudo. El placer de destruir y de matar está sin duda entre ellos; innumerables atrocidades de la historia y de la vida cotidiana confirman su existencia y su fuerza. La amalgama de estas tendencias destructivas con otras eróticas facilita naturalmente su satisfacción. A menudo cuando oímos hablar de las atrocidades de la historia, tenemos la impresión de que los motivos ideales de la historia, sólo han servido de pretexto a deseos destructivos, u otras veces, por ejemplo ante los horrores de la Inquisición, nos parece que los motivos ideales se hubiesen presentado en el primer plano en la conciencia, pero que los destructivos les hubiesen prestado un refuerzo inconsciente. Ambas cosas son posibles.
 
Tengo escrúpulos de abusar de su interés, que se dirige hacia la manera de prevenir la guerra y no hacia nuestras teorías. Quisiera sin embargo detenerme todavía un instante en nuestro instinto de destrucción, cuya notoriedad no se compara en modo alguno con su importancia. Después de muchas meditaciones, hemos llegado efectivamente a la concepción de que este impulso actúa en el interior de todo ser vivo y tiene tendencia a conducirlo a la exterminación, a retrotraer la vida a la condición de la materia inanimada. Merecería seriamente el nombre de impulso de muerte, mientras que los impulsos eróticos representan el ímpetu vital. El impulso de muerte se hace instinto de destrucción, cuando, con la ayuda de órganos especiales, se vuelve hacia el exterior, contra los objetos. Se puede decir que el ser vivo preserva su propia vida destruyendo la ajena. Cierta dosis de impulso de muerte permanece sin embargo activa en el interior del ser vivo, y hemos intentado demostrar la derivación de toda una serie de fenómenos normales y patológicos precisamente a partir de esta compenetración del instinto de destrucción. Incluso hemos cometido la herejía de explicar la formación de nuestra conciencia por esta vuelta de la agresión hacia el interior. Se notará que no carece de riesgos, por lo tanto, el hecho de que este proceso pueda llevarse a cabo en medida demasiado fuerte, y esto es más bien completamente malsano; mientras que el  volverse de estas fuerzas instintivas hacia la destrucción en el mundo externo proporciona al ser humano un desahogo que debería serle benéfico. Esto debería servir como excusa biológica a todas las tendencias odiosas y peligrosas contra las que luchamos. Se debe reconocer que están más cerca de la naturaleza que nuestra resistencia contra ellas, para la cual tenemos todavía que encontrar una explicación. Tal vez usted tenga la impresión de que nuestras teorías forman una especie de mitología, que en este caso no tiene ni siquiera el mérito de ser divertida. ¿Pero acaso toda ciencia natural no desemboca en una especie semejante de mitología? ¿No les sucede esto hoy día incluso a ustedes, los físicos?
 
De lo que parece deducimos, para nuestros fines inmediatos, que es una empresa casi desesperada querer suprimir las tendencias agresivas de los hombres. Se pretende que en algunas felices regiones de la tierra, donde la naturaleza pone a disposición del hombre, con la máxima abundancia, todo lo que pueda necesitar, hay pueblos cuya existencia transcurre en plena mansedumbre, y que desconocen la coerción y la agresión. Yo me resisto a creerlo, y agradecería mucho mayores informes sobre esa afortunada gente. También los bolcheviques esperan que podrán hacer desaparecer la agresión humana, garantizando la satisfacción de las necesidades materiales y estableciendo por otra parte la igualdad entre los que participan en la comunidad. Pero yo creo que esto es ilusión. Por el momento están armados hasta los dientes y mantienen unidos a sus adeptos sobre todo mediante el odio contra el mundo externo. No se trata, como usted mismo hace ver, de eliminar totalmente la tendencia humana hacia la agresión; se puede intentar ofrecerle derivativos suficientes para que no tenga que encontrar su desahogo en la guerra.
 
Partiendo de nuestra mitológica teoría de los impulsos, no es fácil encontrar una fórmula que indirectamente abre un camino a la lucha contra la guerra. Si la inclinación hacia la guerra es un desahogo del instinto de destrucción, es lógico reunir contra ésta al antagonista de este instinto, el impulso erótico. Todo lo que sirve para crear vínculos de sentimiento entre los hombres debe tener eficacia contra la guerra. Estos vínculos pueden ser de diversos géneros. Ante todo, relaciones hacia un objeto de amor, aunque sea sin fines sexuales. El psicoanálisis no tiene que avergonzarse de hablar, en este caso, de amor, puesto que la religión enseña lo mismo: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Esto es fácil de pedir, pero difícil de hacer. El otro género de vínculo sentimental se obtiene mediante la identificación en el sentido antes indicado. Todo lo que produce comuniones importantes entre los hombres suscita tales sentimientos de solidaridad, o identificaciones. Sobre ellos se basa en buena parte el desarrollo de la sociedad humana.
 
De una lamentación de usted sobre el abuso de la autoridad saco una segunda indicación para la lucha indirecta contra la inclinación hacia la guerra. Es un aspecto de la desigualdad congénita e insuprimible de los hombres, el hecho de que éstos se subdividan en jefes y dependientes. Estos últimos son la inmensa mayoría, y necesitan una autoridad que tome decisiones por ellos y a la cual someterse lo más a menudo incondicionalmente. Se puede añadir a este respecto que habría que preocuparse más que en el pasado de educar a una aristocracia de hombres capaces de pensar con la cabeza, e inaccesibles al miedo en su lucha por la verdad, a la que debería corresponder la dirección de las masas serviles. No es necesario buscar pruebas de que las usurpaciones de los poderes estatales y el veto de la Iglesia a la libertad de pensamiento no son propicios para la creación de tal aristocracia. La condición ideal sería naturalmente una comunidad de hombres que hubieran sometido su vida instintiva a la dictadura de la razón. No se necesitaría menos para hacer nacer una unión tan perfecta y resistente de los hombres, incluso renunciando a los vínculos de afecto entre éstos. Pero según toda verosimilitud ésta es una esperanza utópica. Los otros caminos hacia una prevención indirecta de la guerra son ciertamente más fáciles de recorrer, pero no prometen un éxito rápido. Es triste tener que pensar en molinos que muelen tan despacio que se podría morir de hambre antes de recibir su harina.
 
Como usted ve, no se va muy lejos cuando se llama a consulta sobre asuntos prácticos urgentes a un teórico extraño a las cosas del mundo. Es mejor esforzarse en cada caso particular por afrontar el peligro con los medios que están al alcance de la mano. Quisiera sin embargo tratar aún de una cuestión que no está planteada en su escrito y que me interesa particularmente. ¿Por qué nos indignamos tanto contra la guerra, usted y yo y tantos otros, por qué no la aceptamos como una más de las muchas situaciones penosas de emergencia de la vida? Aparece, en todo caso, conforme con la naturaleza, biológicamente bien motivada, prácticamente casi inevitable. No se alarme por mi manera de plantear el problema. Al final de una indagación es lícito tal vez ostentar una máscara de superioridad de la que en verdad no se dispone. La respuesta será que la guerra es inaceptable porque cada hombre tiene derecho a su propia vida, porque la guerra aniquila existencias humanas ricas de esperanza, pone a los hombres individuales en situaciones des-honrosas, los obliga a matar a otros contra su propia voluntad, destruye preciosos valores materiales producto del trabajo humano, y así sucesivamente. Se puede añadir que la guerra en su forma actual no ofrece ya ninguna oportunidad de realizar el antiguo ideal heroico, y que en una guerra futura, como consecuencia del perfeccionamiento de los medios de destrucción, significaría el exterminio de uno o tal vez de ambos adversarios. Todo esto es verdad y parece tan incontestable que lo único asombroso es que la idea de guerrear no haya sido todavía repudiada por acuerdo general de la humanidad.
 
Se puede en efecto discutir sobre algunos de estos puntos. Es problemático que la comunidad no deba tener también un derecho sobre la vida del individuo; no se pueden condenar en la misma medida todos los géneros de guerra; mientras haya Estados y naciones dispuestos a aniquilar a otros sin escrúpulos, estos otros deben estar armados para la guerra. Pero pasaremos rápidamente sobre todas estas cosas, puesto que no caben en el tema que usted me ha invitado a discutir. Apunto a otra cosa. Creo que el motivo principal por el que nos indignamos contra la guerra es que no podemos dejar de hacerlo. Somos pacifistas porque debemos serlo por razones orgánicas. Entonces se nos hace fácil justificar con argumentos nuestra actitud.
 
Esto exige sin embargo una explicación. He aquí cómo lo entiendo yo: desde tiempos inmemoriales se prolonga a través de las generaciones de los hombres el proceso del desarrollo cultural. (Ya sé que otros prefieren llamarlo civilización.) A este proceso debemos las mejores cualidades que hemos alcanzado hoy y una buena parte de los defectos de que sufrimos. Sus causas y sus principios son oscuros, su éxito incierto, algunos de sus caracteres fácilmente individualizables. Tal vez lleve a la extinción del género humano, puesto que daña en más de una manera la función sexual, y ya hoy las razas incultas y los estratos atrasados de la población se multiplican más rápidamente que aquellos que están dotados de una civilidad más elevada. Tal vez este proceso puede parangonarse con la domesticación de ciertas familias de animales; sin duda trae consigo modificaciones fisiológicas; no se está familiarizado todavía con la idea de que el progreso de la civilización sea un proceso hasta tal punto orgánico.
 
Las modificaciones psíquicas que acompañan el proceso de civilización son evidentes e inequívocas. Consisten en una progresiva desviación de las tendencias instintivas y limitaciones de los estímulos instintivos. Sensaciones que eran voluptuosas para nuestros progenitores se han hecho para nosotros indiferentes o acaso insoportables; no carece de motivos orgánicos el hecho de que nuestras exigencias ideales en materia de ética y de estética hayan cambiado. Entre las características psicológicas de la civilización, dos parecen las más importantes: el reforzamiento del intelecto, que empieza a dominar sobre la vida instintiva, y la introversión de la tendencia a la agresión, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas.
 
Ahora bien, la guerra contrasta del modo más estridente con las actitudes psíquicas que el proceso de civilización nos impone. Por eso debemos indignarnos contra ella, simplemente porque no podemos ya soportarla. No se trata sólo de una aversión intelectual y afectiva, sino que para nosotros los pacifistas es una intolerancia constitucional, por decirlo así, una intolerancia agrandada al máximo. Y aparece en verdad que las mortificaciones estéticas de la guerra no intervienen menos que sus atrocidades en nuestra rebelión.
 
¿Cuánto tendremos que esperar todavía a que también los otros se hagan pacifistas? No es posible decirlo, pero tal vez no es una esperanza utópica que el influjo de estos dos elementos, la actitud cultural y el miedo justificado a los efectos devastadores de un conflicto futuro, pongan fin en una época no lejana al uso de la guerra. Por qué caminos o rodeos, no podemos adivinarlo. Mientras tanto, podemos decirnos que todo lo que promueve el progreso de la civilización trabaja también contra la guerra.
 
Le saludo cordialmente y le ruego perdonarme si mis elucubraciones han defraudado sus esperanzas.
Fuente: El Historiador
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