Es preciso actuar antes de que dejen la escuela
Por:
Juan Carlos Tedesco
Lunes 29 de
Julio 2013

Opinión del exMinistro de Educación de la Nación
Los testimonios que indican la existencia de casos de abandono escolar después de las vacaciones de invierno dan cuenta de un fenómeno general que afecta fundamentalmente a los sectores que viven en condiciones de alta vulnerabilidad social.
En otros sectores socieconómicos también pueden darse casos de abandono, pero las familias de clase media o alta disponen de toda una batería de respuestas que logran evitar este desenlace.
Al respecto, es importante recordar que el abandono de la escuela es el último eslabón de un proceso que se inicia mucho antes y que se va expresando a través de una serie de síntomas.
Lo más común es que dicho proceso comience primero con altos niveles de ausentismo, asociados luego con bajo rendimiento, repetición y, generalmente, cuando se llega a la adolescencia o la juventud -edad en la que aparecen conductas más autónomas-, se produce directamente el abandono.
En situaciones de alta vulnerabilidad social y en alumnos que están pasando por ese proceso, los detonantes del abandono pueden ser de muy diversa índole: el nacimiento de un hermano o hermana, la aparición de alguna oferta precaria de trabajo o, como se aprecia en estos días, el receso escolar que interrumpe el hábito de la asistencia o durante el cual se pueden haber producido algunos de los fenómenos mencionados.
Nuestros sistemas de información estadística no permiten apreciar la magnitud del fenómeno porque los cambios en la matrícula se registran al final del año. La escuela, sin embargo, dispone de los datos acerca de asistencia y rendimiento académico así como de los otros síntomas que pueden prenunciar el abandono.
Desde este punto de vista, es importante actuar en las primeras etapas del proceso, porque una vez que se produce el abandono las posibilidades de intervenir son mucho más limitadas.
Obviamente, no se trata de pedirle al docente que salga a buscar al chico que falta a la escuela. Las escuelas que trabajan con sectores vulnerables deberían disponer de equipos y sistemas de información que permitan afrontar este tipo de problemas. Muchos maestros, profesores o directores de las escuelas lo hacen por propia voluntad, pero no es posible depender de esa voluntad para una tarea que es fundamental en un sistema educativo que pretende lograr altos niveles de justicia social.
Brindar todos estos recursos a las escuelas pondría de manifiesto que deseamos evitar que el abandono constituya, en verdad, un fenómeno de expulsión..
Al respecto, es importante recordar que el abandono de la escuela es el último eslabón de un proceso que se inicia mucho antes y que se va expresando a través de una serie de síntomas.
Lo más común es que dicho proceso comience primero con altos niveles de ausentismo, asociados luego con bajo rendimiento, repetición y, generalmente, cuando se llega a la adolescencia o la juventud -edad en la que aparecen conductas más autónomas-, se produce directamente el abandono.
En situaciones de alta vulnerabilidad social y en alumnos que están pasando por ese proceso, los detonantes del abandono pueden ser de muy diversa índole: el nacimiento de un hermano o hermana, la aparición de alguna oferta precaria de trabajo o, como se aprecia en estos días, el receso escolar que interrumpe el hábito de la asistencia o durante el cual se pueden haber producido algunos de los fenómenos mencionados.
Nuestros sistemas de información estadística no permiten apreciar la magnitud del fenómeno porque los cambios en la matrícula se registran al final del año. La escuela, sin embargo, dispone de los datos acerca de asistencia y rendimiento académico así como de los otros síntomas que pueden prenunciar el abandono.
Desde este punto de vista, es importante actuar en las primeras etapas del proceso, porque una vez que se produce el abandono las posibilidades de intervenir son mucho más limitadas.
Obviamente, no se trata de pedirle al docente que salga a buscar al chico que falta a la escuela. Las escuelas que trabajan con sectores vulnerables deberían disponer de equipos y sistemas de información que permitan afrontar este tipo de problemas. Muchos maestros, profesores o directores de las escuelas lo hacen por propia voluntad, pero no es posible depender de esa voluntad para una tarea que es fundamental en un sistema educativo que pretende lograr altos niveles de justicia social.
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Con información de
La Nación
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