Grooming: ¿Nuestros hijos confían en nosotros ante los peligros de la web?
Por:
Lic. María Zysman
Sábado 16 de
Mayo 2020
El grooming es un delito cometido por un adulto que consiste en generar lazos de confianza con nenes, nenas y adolescentes, para obtener material de carácter sexual (en general fotos y videos), que luego sirven para extorsionar, generar encuentros con sus víctimas o comercializar el material por las redes.
Basta con repasar los casos para darnos cuenta de que los groomers suelen actuar en forma serial, y en general sus víctimas se cuentan por decenas. Entonces cabe preguntarse ¿cómo hay tantos niños que caen con tanta facilidad en la trampa? Y ¿por qué los pedófilos atrapan a sus presas sin dificultad?
Si conversamos con nuestros hijos acerca de los peligros de la web, posiblemente demuestren conocer muchos de los cuidados que hay que tener: saben que no es bueno brindar datos personales, que no deben encontrarse con extraños que los contactan en las redes, y nos repiten que sólo aceptan a conocidos en sus perfiles y cuentas.
Además, los chicos navegan por la web con mucha destreza técnica. Conocen apps, plataformas y redes sociales. Mundos y submundos digitales son para ellos territorio “propio”. Por el contrario, consideran que sus padres o docentes, al no manejar los dispositivos con soltura, “no saben nada”. Y es precisamente esa excesiva autoconfianza la que los hace más vulnerables.
Hoy, la web es, para los chicos, como el aire. Ahí juegan, estudian, se divierten, se comunican. Claro que a veces están tan solos y con tantas ganas de ser escuchados que no miden hasta dónde abren puertas y ventanas a su intimidad.
Algunos invitan, desde sus estados de WhatsApp o historias en Instagram, a conversar. Confiesan estar solos y aburridos, abiertos a “lo que pinte”. Juegan en grupo con conocidos o desconocidos y hablan con ellos. Regalan información en sus videos de TikTok. Buscan seguidores. Los chicos quieren ser vistos y seguidos por multitudes. Están solos, aburridos, deseosos de comprobar sus habilidades y elevar su autoestima. Los más grandes, con su sexualidad a flor de piel. Son absolutamente vulnerables.
Quien está del otro lado de la pantalla, buscando víctimas, sabe cómo llegar a ellos. A veces, con estar presente y escucharlos simulando empatía, es suficiente. Gradual y rápidamente, el groomer puede conseguir lo que busca.
¿Cómo hacer entonces para cuidar a los chicos? ¿Sería posible -y efectivo- controlar sus dispositivos? ¿Nuestros hijos confían en nosotros a la hora de pedir ayuda?
Me resisto a pensar nuestra presencia como padres exclusivamente desde el lugar de control. Lograr que los chicos sean autónomos e independientes incluye el mundo digital. De la misma manera que les damos las llaves de casa para que salgan, en algún momento tendremos que darles celulares, tablets y wi-fi.
Para acompañarlos en la adquisición de esta autonomía podemos enseñarles a tomar en serio ciertas emociones como el asco y el miedo. Cuando sentimos rechazo, hay algo que nos da una señal, que nos está cuidando. De la misma manera que la comida en mal estado huele mal y nos aleja, ciertos contenidos o propuestas apestan y debemos tomar distancia.
Que los chicos sepan que si alguien los hace sentir incómodos o les dice “no le cuentes a nadie que hablás conmigo”, lo deben contar bien fuerte. Que se sientan libres y confiados de expresarlo en familia, sin temer que les quitemos el celular. Que tengan claro que si se equivocan aceptando a un desconocido en sus redes, sus padres o hermanos mayores estarán disponibles para ayudarlos.
Dialogar, establecer acuerdos, interesarnos por lo que a los chicos los apasiona, saber quiénes son sus ídolos, compartir contenidos, enseñar a dudar, preservar la intimidad familiar, ofrecernos como primer refugio si algo les duele o asusta. Estas son, más que los controles extremos de dudosa eficacia, las mejores herramientas para evitar el grooming.
Si conversamos con nuestros hijos acerca de los peligros de la web, posiblemente demuestren conocer muchos de los cuidados que hay que tener: saben que no es bueno brindar datos personales, que no deben encontrarse con extraños que los contactan en las redes, y nos repiten que sólo aceptan a conocidos en sus perfiles y cuentas.
Además, los chicos navegan por la web con mucha destreza técnica. Conocen apps, plataformas y redes sociales. Mundos y submundos digitales son para ellos territorio “propio”. Por el contrario, consideran que sus padres o docentes, al no manejar los dispositivos con soltura, “no saben nada”. Y es precisamente esa excesiva autoconfianza la que los hace más vulnerables.
Hoy, la web es, para los chicos, como el aire. Ahí juegan, estudian, se divierten, se comunican. Claro que a veces están tan solos y con tantas ganas de ser escuchados que no miden hasta dónde abren puertas y ventanas a su intimidad.
Algunos invitan, desde sus estados de WhatsApp o historias en Instagram, a conversar. Confiesan estar solos y aburridos, abiertos a “lo que pinte”. Juegan en grupo con conocidos o desconocidos y hablan con ellos. Regalan información en sus videos de TikTok. Buscan seguidores. Los chicos quieren ser vistos y seguidos por multitudes. Están solos, aburridos, deseosos de comprobar sus habilidades y elevar su autoestima. Los más grandes, con su sexualidad a flor de piel. Son absolutamente vulnerables.
Quien está del otro lado de la pantalla, buscando víctimas, sabe cómo llegar a ellos. A veces, con estar presente y escucharlos simulando empatía, es suficiente. Gradual y rápidamente, el groomer puede conseguir lo que busca.
¿Cómo hacer entonces para cuidar a los chicos? ¿Sería posible -y efectivo- controlar sus dispositivos? ¿Nuestros hijos confían en nosotros a la hora de pedir ayuda?
Me resisto a pensar nuestra presencia como padres exclusivamente desde el lugar de control. Lograr que los chicos sean autónomos e independientes incluye el mundo digital. De la misma manera que les damos las llaves de casa para que salgan, en algún momento tendremos que darles celulares, tablets y wi-fi.
Para acompañarlos en la adquisición de esta autonomía podemos enseñarles a tomar en serio ciertas emociones como el asco y el miedo. Cuando sentimos rechazo, hay algo que nos da una señal, que nos está cuidando. De la misma manera que la comida en mal estado huele mal y nos aleja, ciertos contenidos o propuestas apestan y debemos tomar distancia.
Que los chicos sepan que si alguien los hace sentir incómodos o les dice “no le cuentes a nadie que hablás conmigo”, lo deben contar bien fuerte. Que se sientan libres y confiados de expresarlo en familia, sin temer que les quitemos el celular. Que tengan claro que si se equivocan aceptando a un desconocido en sus redes, sus padres o hermanos mayores estarán disponibles para ayudarlos.
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Con información de
TN
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