Kant: un viajero en el patio de la casa
Domingo 07 de
Enero 2024

El filósofo nos invita a inventar el mundo sin salir de casa
La gente suele decir que viajar abre horizontes y mucho de verdad hay en ello. Viajar nos da la oportunidad de encantarnos con paisajes distintos, de saborear otros sazones, de escapar de una rutina quizá gris y carente de sorpresa. Por desgracia, el viaje así entendido está amenazado en estos días por la pandemia mundial de coronavirus COVID-19. ¡Quédate en casa! Nos han dicho muchísimas veces.
Para nuestra fortuna, es posible que haya algún consuelo inesperado en la filosofía. Quizá la esencia del viaje radique en cómo la imaginación da sentido a las experiencias, en cómo el pensamiento le da significado a lo nuevo o a lo que suponemos ya conocido. Sin imaginación ni pensamiento no hay renovación, no importa la maravilla que se visite: ir al Louvre o a Teotihuacán para concluir que son un montón de piedras arrumbadas no abre más horizontes que visitar el patio de nuestra casa. Es más, seguro que hay más sentido de viaje en la visita al patio de nuestra casa o a cualquier otro rincón, si lo sabemos encontrar con el pensamiento.
Esa podría ser una enseñanza que dejó, de manera no intencionada, el mejor no viajero que ha tenido la historia: Immanuel Kant. Kant fue un filósofo que nació en Königsberg. Esa ciudad, hoy Kaliningrado, forma parte de Rusia aunque se encuentra separada geográficamente de ese país por Lituania, Letonia y Bielorussia.
Kant vivió y trabajó ahí durante toda su vida. Nunca se alejó de Königsberg más de unos cuantos kilómetros. La suya fue una vida que el mito, que nunca miente, dibuja como llena de regularidad y disciplina. Por la mañana, Kant leía hasta el almuerzo. Después de la larga sobremesa, Kant caminaba para regresar al estudio y retirarse a la cama a las 10 de la noche. Caminaba por los mismos lugares todos los días a la misma hora. Sus vecinos podían ajustar sus relojes cada vez que lo veían dar su paseo vespertino con la minuciosidad de un reloj de alta precisión.
Después de pasar varios años como profesor particular, Kant obtuvo un puesto como profesor en la universidad local que hoy lleva su nombre. Ahí enseñó mineralogía, física, matemáticas, geografía e incluso filosofía. Ya maduro, publicó libros que marcaron la historia del pensamiento. La obra que lo consagró definitivamente tiene por título Crítica de la razón pura. Sería mentira decir que este libro se puede disfrutar como un viaje placentero, pues se necesita entrenamiento y voluntad para comprenderlo. Eso no quita que las ideas allí contenidas sean algunas de las más osadas y excitantes que han existido.
Kant postuló que nosotros no descubrimos un mundo con la mente en blanco; sino que lo que conocemos está siempre condicionado por nuestras facultades, nuestras intuiciones, nuestros pensamientos que existen en la mente antes de cualquier experiencia. Esa filosofía, ahora rechazada por muchos, le dio forma a la historia del pensamiento. Kant no se conformó con ello: escribió decenas de trabajos sobre religión, antropología, epistemología, cosmología, arte, biología, cooperación internacional, etc. Kant creó buena parte del mundo tal y como lo concebimos.
Kant jamás salió de sus ciudad, pero el poder de su imaginación y su pensamiento le permitieron ser un cosmopolita en el más profundo sentido de la palabra. Quizá demostró, sin querer, que el mejor viaje es el que se lleva a cabo con el pensamiento.
Así que cuando empiece a viajar después de esta pandemia, recuerde que lo que lleve en la mente es quizá más importante que lo que se encuentre a donde va. Aunque ese lugar al que vaya sea el patio de su casa.
Para nuestra fortuna, es posible que haya algún consuelo inesperado en la filosofía. Quizá la esencia del viaje radique en cómo la imaginación da sentido a las experiencias, en cómo el pensamiento le da significado a lo nuevo o a lo que suponemos ya conocido. Sin imaginación ni pensamiento no hay renovación, no importa la maravilla que se visite: ir al Louvre o a Teotihuacán para concluir que son un montón de piedras arrumbadas no abre más horizontes que visitar el patio de nuestra casa. Es más, seguro que hay más sentido de viaje en la visita al patio de nuestra casa o a cualquier otro rincón, si lo sabemos encontrar con el pensamiento.
Esa podría ser una enseñanza que dejó, de manera no intencionada, el mejor no viajero que ha tenido la historia: Immanuel Kant. Kant fue un filósofo que nació en Königsberg. Esa ciudad, hoy Kaliningrado, forma parte de Rusia aunque se encuentra separada geográficamente de ese país por Lituania, Letonia y Bielorussia.
Kant vivió y trabajó ahí durante toda su vida. Nunca se alejó de Königsberg más de unos cuantos kilómetros. La suya fue una vida que el mito, que nunca miente, dibuja como llena de regularidad y disciplina. Por la mañana, Kant leía hasta el almuerzo. Después de la larga sobremesa, Kant caminaba para regresar al estudio y retirarse a la cama a las 10 de la noche. Caminaba por los mismos lugares todos los días a la misma hora. Sus vecinos podían ajustar sus relojes cada vez que lo veían dar su paseo vespertino con la minuciosidad de un reloj de alta precisión.
Después de pasar varios años como profesor particular, Kant obtuvo un puesto como profesor en la universidad local que hoy lleva su nombre. Ahí enseñó mineralogía, física, matemáticas, geografía e incluso filosofía. Ya maduro, publicó libros que marcaron la historia del pensamiento. La obra que lo consagró definitivamente tiene por título Crítica de la razón pura. Sería mentira decir que este libro se puede disfrutar como un viaje placentero, pues se necesita entrenamiento y voluntad para comprenderlo. Eso no quita que las ideas allí contenidas sean algunas de las más osadas y excitantes que han existido.
Kant postuló que nosotros no descubrimos un mundo con la mente en blanco; sino que lo que conocemos está siempre condicionado por nuestras facultades, nuestras intuiciones, nuestros pensamientos que existen en la mente antes de cualquier experiencia. Esa filosofía, ahora rechazada por muchos, le dio forma a la historia del pensamiento. Kant no se conformó con ello: escribió decenas de trabajos sobre religión, antropología, epistemología, cosmología, arte, biología, cooperación internacional, etc. Kant creó buena parte del mundo tal y como lo concebimos.
Kant jamás salió de sus ciudad, pero el poder de su imaginación y su pensamiento le permitieron ser un cosmopolita en el más profundo sentido de la palabra. Quizá demostró, sin querer, que el mejor viaje es el que se lleva a cabo con el pensamiento.
Así que cuando empiece a viajar después de esta pandemia, recuerde que lo que lleve en la mente es quizá más importante que lo que se encuentre a donde va. Aunque ese lugar al que vaya sea el patio de su casa.
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