La falsa idea de una economía artificial
Por:
Martín Rappallini
Lunes 06 de
Abril 2026
En el debate económico actual se ha instalado una idea tan extendida como simplificadora: que durante años la Argentina desarrolló sectores “artificiales”, sostenidos por la protección y la inflación, y que la estabilización actual simplemente está dejando al descubierto su falta de competitividad.
Pero la explicación correcta es que no hubo una economía sobredimensionada, sino una economía profundamente distorsionada.
Durante los últimos quince años, la Argentina no atravesó un proceso de expansión productiva con excesos que hoy deban corregirse. Lo que existió fue un sistema de precios alterado de manera persistente, donde producir no reflejaba los costos reales de eficiencia, sino el impacto acumulado de distorsiones estructurales.
Entre ellas, una presión impositiva muy elevada, costos financieros extremos en un contexto de escasez de crédito, ineficiencias logísticas, regulaciones que agregaron rigidez y una inflación persistente que alteró el cálculo económico.
Estos factores no son secundarios: son los que explican por qué muchas actividades que podrían ser competitivas en condiciones normales hoy no lo son.
La Argentina tiene una economía que operó durante años con sobrecostos estructurales y dejó como consecuencias el estancamiento, la caída del producto bruto interno (PBI) per cápita y la baja inversión.
Los datos sectoriales lo muestran claramente. Por ejemplo, la producción automotriz, el cemento y el acero se ubican hoy claramente por debajo de los niveles de 2011, y a nivel general la industria está estancada desde hace 15 años.
No hubo sectores ganadores. Hubo empresas que sobrevivieron en un contexto adverso y que destinaron gran parte de sus recursos a compensar incongruencias.
Más que una economía artificial, fue una economía tensionada, que gestionó como pudo los sobrecostos estructurales y no tuvo incentivos para la inversión.
El problema real es que la competitividad no depende únicamente de las empresas, sino del entorno en el que operan. Y en la Argentina, ese entorno encareció sistemáticamente la producción.
Por eso, atribuir la falta de competitividad a una supuesta ineficiencia empresarial conduce a diagnósticos incompletos.
La industria pide competir con reglas y costos comparables a nivel global, porque la competitividad es sistémica. Integrarse al mundo es el camino necesario, pero la secuencia en la que se implementa es determinante. Abrir sin corregir las distorsiones genera competencia desigual y muchos sectores con potencial competitivo no logran adaptarse a tiempo.
Los consumidores argentinos y los de los países a los que llegan nuestros productos exigen precios y calidades globales, y para ello la industria también necesita condiciones globales. Esa es la verdadera discusión.
El desafío no es achicar la economía, sino reducir el costo del sistema que la hace inviable.
Si se entiende que el problema es ese costo, la respuesta debería ser corregirlo. Si se corrigen las distorsiones, la industria argentina ya no será una sobreviviente, sino una de las principales soluciones para el desarrollo de la Argentina.
Durante los últimos quince años, la Argentina no atravesó un proceso de expansión productiva con excesos que hoy deban corregirse. Lo que existió fue un sistema de precios alterado de manera persistente, donde producir no reflejaba los costos reales de eficiencia, sino el impacto acumulado de distorsiones estructurales.
Entre ellas, una presión impositiva muy elevada, costos financieros extremos en un contexto de escasez de crédito, ineficiencias logísticas, regulaciones que agregaron rigidez y una inflación persistente que alteró el cálculo económico.
Estos factores no son secundarios: son los que explican por qué muchas actividades que podrían ser competitivas en condiciones normales hoy no lo son.
La Argentina tiene una economía que operó durante años con sobrecostos estructurales y dejó como consecuencias el estancamiento, la caída del producto bruto interno (PBI) per cápita y la baja inversión.
Los datos sectoriales lo muestran claramente. Por ejemplo, la producción automotriz, el cemento y el acero se ubican hoy claramente por debajo de los niveles de 2011, y a nivel general la industria está estancada desde hace 15 años.
No hubo sectores ganadores. Hubo empresas que sobrevivieron en un contexto adverso y que destinaron gran parte de sus recursos a compensar incongruencias.
Más que una economía artificial, fue una economía tensionada, que gestionó como pudo los sobrecostos estructurales y no tuvo incentivos para la inversión.
El problema real es que la competitividad no depende únicamente de las empresas, sino del entorno en el que operan. Y en la Argentina, ese entorno encareció sistemáticamente la producción.
Por eso, atribuir la falta de competitividad a una supuesta ineficiencia empresarial conduce a diagnósticos incompletos.
La industria pide competir con reglas y costos comparables a nivel global, porque la competitividad es sistémica. Integrarse al mundo es el camino necesario, pero la secuencia en la que se implementa es determinante. Abrir sin corregir las distorsiones genera competencia desigual y muchos sectores con potencial competitivo no logran adaptarse a tiempo.
Los consumidores argentinos y los de los países a los que llegan nuestros productos exigen precios y calidades globales, y para ello la industria también necesita condiciones globales. Esa es la verdadera discusión.
El desafío no es achicar la economía, sino reducir el costo del sistema que la hace inviable.
Si se entiende que el problema es ese costo, la respuesta debería ser corregirlo. Si se corrigen las distorsiones, la industria argentina ya no será una sobreviviente, sino una de las principales soluciones para el desarrollo de la Argentina.
Con información de
La Nación
Dólar, inflación y "motosierra": las nuevas proyecciones de los economistas para los próximos meses
Según los privados, el IPC recién caería por debajo del 2% en agosto, mientras que el PBI crecería alrededor del 3%.
El principio de confianza en la doctrina
El principio de confianza es una doctrina jurídica, clave en la imputación objetiva del derecho penal, que permite a una persona asumir que los demás actuarán conforme a las normas de cuidado y diligencia exigibles, eximiéndola de responsabilidad si ocurre un daño debido a la negligencia de un tercero. Se aplica en actividades compartidas y no funciona si hay indicios de conducta irregular.
Tensión global: el petróleo ronda los u$s110 y los mercados operan con cautela ante el nuevo ultimátum de Donald Trump
La escalada en el Estrecho de Ormuz mantiene en vilo a los inversores: sube el crudo, Wall Street arranca con prudencia y crecen las dudas sobre inflación y crecimiento global.

Suscribite!
Y recibí las noticias más importantes!
Y recibí las noticias más importantes!
Nota22.com
Conducen: Maxi Romero y Carlos Renna
LO MÁS VISTO
San Cristobal: abogado penalista criticó fuertemente al Gobierno de Pullaro
Marcos Barceló dialogó con NOTA22.COM sobre el dramático caso ocurrido en la ciudad de San Cristóbal y marcó profundas diferencias con el gobierno de Maximiliano Pullaro: “No estoy de acuerdo con la participación que el Gobierno tuvo en los medios”.
El intendente de Santa Fe atraviesa meses particularmente espinosos en la gestión y la arena política.
"Esencial es garantizar salarios dignos y condiciones adecuadas para el proceso educativo, y no restringir derechos colectivos que justamente buscan resguardar esas condiciones", sostuvo Sergio Romero, titular de UDA.
Fabio, que trabaja en el sector de mantenimiento de la Escuela N°40 de San Cristóbal, dijo que el adolescente estaba "desorientado"; "No reconocía dónde estaba ni qué había hecho", remarcó




