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Hicieron un amplio estudio sobre los efectos adversos de las vacunas que contienen aluminio: los resultados
Martes 12 de
Mayo 2026

Una investigación publicada en el British Medical Journal analizó 59 trabajos globales que indagaron sobre el tema. La conclusión derriba mitos que sostienen los grupos antivacunas al intentar vincularlas con determinados trastornos.
Un amplio estudio científico publicado en el British Medical Journal (The BMJ) derriba mitos vinculados a los efectos adversos que podría generar el aluminio que se usa como adyuvante para una gran cantidad de vacunas. El trabajo arroja resultados contundentes que contradicen las creencias difundidas por los grupos antivacunas y a veces, incluso, desde estamentos gubernamentales.
Los siete autores de la investigación, titulada “Adyuvantes de aluminio en vacunas y posibles efectos sobre la salud: revisión sistemática”, son canadienses: del Centro de Vigilancia y Programas de Inmunización de la Agencia de Salud Pública, en Ottawa; de la Sección de Alergia e Inmunología Clínica del Departamento de Pediatría de la Universidad de Manitoba, en Winnipeg; y de la División de Alergia e Inmunología del Departamento de Pediatría de la Universidad de Columbia Británica, en Vancouver.
La revisión incluyó 59 estudios y la evidencia “no mostró consistentemente asociación entre las vacunas con adyuvante de aluminio y resultados de salud graves o a largo plazo, como asma, trastornos del espectro autista u otras afecciones crónicas”, afirman los autores.
Agregan que “los estudios sobre miofascitis macrofágica -N. de la R.: enfermedad muscular inflamatoria rara- fueron generalmente pequeños y metodológicamente limitados, y no proporcionaron evidencia creíble de una asociación causal (certeza muy baja). Se observaron nódulos o granulomas persistentes localizados con poca frecuencia después de las vacunas contra la difteria, el tétanos y la tos ferina, consistentes con hipersensibilidad de tipo retardado”.
En cuanto a los eventos adversos comunes (dolor de cabeza, mialgia), los ensayos controlados aleatorizados de alta certeza “no encontraron un aumento consistente en el riesgo con las formulaciones con adyuvante de aluminio. Cuando se observaron diferencias, fueron pequeñas y predominantemente de gravedad leve a moderada. La evidencia provino principalmente de estudios con limitaciones metodológicas, y la mayoría de las series de casos y los estudios ecológicos presentaban un riesgo de sesgo grave o crítico”.
Por tales motivos concluyen que “la evidencia actual no respalda asociaciones causales entre las vacunas con adyuvante de aluminio y resultados de salud graves o a largo plazo. Las reacciones documentadas con mayor frecuencia fueron nódulos o granulomas persistentes, que son reacciones de hipersensibilidad poco comunes, locales y autolimitadas. Estos hallazgos coinciden en general con los resultados de la vigilancia posterior a la autorización”.
Las conclusiones echan por tierra los intentos de asociar las vacunas con el aumento de casos de autismo, tema que volvió al debate público desde que el secretario de salud de Estados Unidos, Robert Kennedy Jr., buscó instalar cuando asumió su mandato. Asimismo, algunos sectores políticos en Argentina también han contribuido a esta mitología vacunal, como por ejemplo durante el recordado acto en el Congreso en el que un supuesto “hombre imán” intentaba mostrar los estragos que las vacunas habían provocado en su cuerpo.
Como información de contexto, la investigación canadiense recuerda que las sales de aluminio fueron introducidas en las vacunas en 1926 y desde entonces se han convertido en los adyuvantes más utilizados en el mundo, incorporándose a vacunas contra la difteria, el tétanos y la tos ferina (incluidas las vacunas combinadas), el neumococo, el meningococo, el virus del papiloma humano (VPH), y la hepatitis A y B.
“Estos adyuvantes, generalmente formulados como sulfato de hidroxifosfato de aluminio, fosfato de aluminio o hidróxido de aluminio, desempeñan un papel fundamental en la mejora de las respuestas inmunitarias y en la reducción de la dosis de antígeno y el número de administraciones de vacuna necesarias para lograr la protección”, explican los autores.
Justifican la publicación de esta nueva revisión en función de que “a pesar de décadas de vigilancia posterior a la autorización, siguen surgiendo preguntas sobre los posibles efectos a largo plazo de las vacunas con adyuvantes de aluminio en ámbitos científicos y públicos, basadas en una amplia bibliografía que incluye informes de casos, revisiones narrativas e investigación preclínica”.
El hecho es -según argumentan- que “la evidencia en humanos que aborda estas afirmaciones ha permanecido fragmentada y metodológicamente variable, y no se ha sintetizado exhaustivamente en los últimos tiempos. La vigilancia posterior a la autorización detecta señales de seguridad en tiempo real, pero no sintetiza sistemáticamente la evidencia acumulada en humanos en función de los resultados y los diseños de los estudios”.
Los siete autores de la investigación, titulada “Adyuvantes de aluminio en vacunas y posibles efectos sobre la salud: revisión sistemática”, son canadienses: del Centro de Vigilancia y Programas de Inmunización de la Agencia de Salud Pública, en Ottawa; de la Sección de Alergia e Inmunología Clínica del Departamento de Pediatría de la Universidad de Manitoba, en Winnipeg; y de la División de Alergia e Inmunología del Departamento de Pediatría de la Universidad de Columbia Británica, en Vancouver.
La revisión incluyó 59 estudios y la evidencia “no mostró consistentemente asociación entre las vacunas con adyuvante de aluminio y resultados de salud graves o a largo plazo, como asma, trastornos del espectro autista u otras afecciones crónicas”, afirman los autores.
Agregan que “los estudios sobre miofascitis macrofágica -N. de la R.: enfermedad muscular inflamatoria rara- fueron generalmente pequeños y metodológicamente limitados, y no proporcionaron evidencia creíble de una asociación causal (certeza muy baja). Se observaron nódulos o granulomas persistentes localizados con poca frecuencia después de las vacunas contra la difteria, el tétanos y la tos ferina, consistentes con hipersensibilidad de tipo retardado”.
En cuanto a los eventos adversos comunes (dolor de cabeza, mialgia), los ensayos controlados aleatorizados de alta certeza “no encontraron un aumento consistente en el riesgo con las formulaciones con adyuvante de aluminio. Cuando se observaron diferencias, fueron pequeñas y predominantemente de gravedad leve a moderada. La evidencia provino principalmente de estudios con limitaciones metodológicas, y la mayoría de las series de casos y los estudios ecológicos presentaban un riesgo de sesgo grave o crítico”.
Por tales motivos concluyen que “la evidencia actual no respalda asociaciones causales entre las vacunas con adyuvante de aluminio y resultados de salud graves o a largo plazo. Las reacciones documentadas con mayor frecuencia fueron nódulos o granulomas persistentes, que son reacciones de hipersensibilidad poco comunes, locales y autolimitadas. Estos hallazgos coinciden en general con los resultados de la vigilancia posterior a la autorización”.
Las conclusiones echan por tierra los intentos de asociar las vacunas con el aumento de casos de autismo, tema que volvió al debate público desde que el secretario de salud de Estados Unidos, Robert Kennedy Jr., buscó instalar cuando asumió su mandato. Asimismo, algunos sectores políticos en Argentina también han contribuido a esta mitología vacunal, como por ejemplo durante el recordado acto en el Congreso en el que un supuesto “hombre imán” intentaba mostrar los estragos que las vacunas habían provocado en su cuerpo.
Aluminio y vacunas
Como información de contexto, la investigación canadiense recuerda que las sales de aluminio fueron introducidas en las vacunas en 1926 y desde entonces se han convertido en los adyuvantes más utilizados en el mundo, incorporándose a vacunas contra la difteria, el tétanos y la tos ferina (incluidas las vacunas combinadas), el neumococo, el meningococo, el virus del papiloma humano (VPH), y la hepatitis A y B.
“Estos adyuvantes, generalmente formulados como sulfato de hidroxifosfato de aluminio, fosfato de aluminio o hidróxido de aluminio, desempeñan un papel fundamental en la mejora de las respuestas inmunitarias y en la reducción de la dosis de antígeno y el número de administraciones de vacuna necesarias para lograr la protección”, explican los autores.
Justifican la publicación de esta nueva revisión en función de que “a pesar de décadas de vigilancia posterior a la autorización, siguen surgiendo preguntas sobre los posibles efectos a largo plazo de las vacunas con adyuvantes de aluminio en ámbitos científicos y públicos, basadas en una amplia bibliografía que incluye informes de casos, revisiones narrativas e investigación preclínica”.
El hecho es -según argumentan- que “la evidencia en humanos que aborda estas afirmaciones ha permanecido fragmentada y metodológicamente variable, y no se ha sintetizado exhaustivamente en los últimos tiempos. La vigilancia posterior a la autorización detecta señales de seguridad en tiempo real, pero no sintetiza sistemáticamente la evidencia acumulada en humanos en función de los resultados y los diseños de los estudios”.
Con información de
Clarín
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Hicieron un amplio estudio sobre los efectos adversos de las vacunas que contienen aluminio: los resultados
Una investigación publicada en el British Medical Journal analizó 59 trabajos globales que indagaron sobre el tema. La conclusión derriba mitos que sostienen los grupos antivacunas al intentar vincularlas con determinados trastornos.

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