La paradoja de los pagos digitales: bancos y billeteras temen un riesgo que afecta a millones de argentinos

Martes 19 de Mayo 2026

El uso del efectivo se desploma, las billeteras explotan y 8 de cada 10 operan sólo vía digital. Pero el boom podría esconder un nuevo tipo de exclusión
Argentina atraviesa una transformación histórica. Los pagos digitales crecen a un ritmo frenético, cada vez más personas manejan su dinero de forma online a través de bancos y billeteras virtuales, mientras los cajeros automáticos y las sucursales bancarias quedan relegados y el efectivo pierde peso en el día a día.
 
Sin embargo, detrás de este fenómeno que la industria celebra como inclusión financiera (la posibilidad de que cualquier persona pueda abrir una cuenta en una entidad financiera, mover sus fondos de un lado al otro, realizar pagos o invertir con apenas clics, entre otras opciones) se esconde una grieta que, de no resolverse, puede generar una nueva forma de exclusión que afecta a millones de argentinos.
 

Los datos del Banco Central son elocuentes:

 
- 37,8 millones de argentinos tienen cuentas en bancos o billeteras. De ese universo, 29,5 M realizaron pagos en el último momento
 
- 30,8 millones ya operan exclusivamente de forma digital. Esto significa que el 81,4% del total de cuentahabientes gestiona su economía únicamente a través del celular o la computadora, sin "pisar" una sucursal
 
- 25,5% se desplomaron las extracciones de efectivo en cajeros en 2026. El piso histórico fue en febrero: 41,3 millones de operaciones La caída trepa al 65,5% en los últimos cinco años
 
Este fenómeno está atado al menor uso del cash para pagos en comercios, supermercados, kioscos y otros rubros, que cada vez suman más POS y terminales digitales y aceptan menos billetes.
 
El uso intensivo de los canales digitales está impulsado por una mayor facilidad de acceso a las cuentas y la ausencia de barreras geográficas y físicas. Un adulto mayor, por ejemplo, puede administrar la caja donde cobra su jubilación, abonar la tarjeta de crédito, afrontar gastos cotidianas y hasta realizar la fe de vida sin importar dónde viva, ni necesidad de acercarse a una oficina física de su banco.
 
Más allá de este avance en la adopción en todas las verticales (una generación de jóvenes bancarizados que nunca consolidó el hábito del efectivo, ni la rutina de acercarse a un cajero para retirar el sueldo o realizar trámites presenciales, y adultos que se adaptaron y encontraron comodidad en las nuevas tecnologías), el efectivo todavía no perdió relevancia y continúa siendo un medio de pago vigente.
 
Si bien ya cedió su rol protagónico como instrumento dominante en las transacciones, hoy conserva un lugar como reserva de emergencia, herramienta muy ligada a la economía informal y último recurso ante eventuales fallas del sistema digital.

 

La "paradoja" oculta detrás del boom digital

 
Detrás de toda esta transformación, en la que el billete físico es reemplazado por el QR o el contactless, se esconde un desafío para el sistema financiero: una suerte de 'paradoja', en la que la inclusión financiera que trae la digitalización de la economía termine convirtiéndose, al mismo tiempo, en el origen de un nuevo tipo de exclusión.
 
Christian Balatti, experto en productos fintech y Country Manager de Argentina en Stefanini Group, asegura que "los números de pagos electrónicos son notables, pero eso no es lo mismo que estar 'verdaderamente' incluido".
 
"Cuando un comercio deja de dar cambio o deja de aceptar billetes, el que pierde no es el universitario de 25 años con cuatro billeteras, sino el adulto mayor que cobra la jubilación mínima y aún asocia el dinero con algo físico, o el trabajador informal que cobra en efectivo y no tiene ni CVU porque no sabe o nadie le explicó cómo abrirla", suma.
 
Los datos más recientes reflejan avances entre los mayores: 3,3 millones de adultos de más de 60 años ya operan hoy con billeteras virtuales, lo que representa un crecimiento del 29,7% en el último año.
 
Sin embargo, Balatti advierte que buena parte de esa expansión se apoya en una contención familiar y no responde necesariamente a una mayor autonomía de esas personas, sino a la necesidad de realizar operaciones por los canales que hoy resultan dominantes.
 
"Hay una diferencia enorme entre 'usar' y 'usar con autonomía'. Un jubilado que le pide al nieto que le haga la transferencia no es un usuario digitalmente incluido, que logre bienestar financiero a partir de la inclusión", apunta.
 

La brecha silenciosa que crece detrás del auge de pagos digitales

 
Por su parte, Diego Kupferberg, analista de Banca & Fintech de Taquion, ubica a los adultos mayores como uno de los grupos en los que se percibe cierta "resistencia" y la curva de adopción de pagos digitales se vuelve más empinada, una lista que también incluye a trabajadores informales y habitantes de zonas rurales o periurbanas con conectividad deficiente.
 
El especialista coincide en que los datos de adopción de pagos digitales "pueden estar ocultando una brecha creciente", y describe a iProUP cuatro aspectos cruciales que hay que tener en cuenta para entender este escenario:
 
- El riesgo de una nueva exclusión: la inclusión financiera históricamente se midió como acceso al sistema bancario. Pero si se digitaliza a gran velocidad y hay segmentos que no pueden seguirle el ritmo, puede mutar esa exclusión bajo una forma nueva. Que un comercio no acepte billetes no es un problema menor para quien cobra en mano
 
- Cada vez hay más plataformas: que el 40% de las personas opere con cuatro o más proveedores mensuales (hasta ocho entre CBU y CVU en algunos casos) revela un ecosistema fragmentado. Eso implica fricción: distintas apps, distintos saldos, distintas lógicas. La interoperabilidad es clave para que esa dispersión no se vuelva una carga para el usuario
 
- La dependencia de infraestructura privada: cuando el efectivo era dominante, el Estado tenía control directo sobre el medio de pago. Con la digitalización, gran parte de la infraestructura queda en manos de plataformas privadas, cuyas reglas, tarifas y disponibilidad regula pero no controla del todo. Eso abre interrogantes sobre resiliencia sistémica y soberanía monetaria
 
- El cambio chico como síntoma: que cada vez sea más raro que un comercio tenga vuelto funciona como indicador de época. Pero para quien paga en efectivo (porque no tiene otra opción), esa escasez es una forma silenciosa de exclusión cotidiana
 
Por eso, en su visión, el gran desafío a largo plazo, tanto desde el sector privado, bancos y billeteras, como desde el Estado a través de políticas públicas, pasa por "asegurarse de que nadie quede excluido del nuevo sistema mientras el viejo todavía no terminó de morir".
 

La nueva exclusión

 
Balatti pone el foco en la educación financiera, a la que define como "la gran deuda pendiente", ya que, sostiene, "Argentina aceleró la tecnología más rápido de lo que educó para usarla. El resultado es un ecosistema sofisticado que muchos usan sin entender, exponiéndose a fraudes y malas decisiones o incluso morosidad, un gran flagelo actual".
 
Por eso, plantea que la agenda pendiente se sostiene sobre tres ejes:
 
- Garantizar que ningún ciudadano quede sin la posibilidad de operar en efectivo mientras no tenga acceso real y autónomo al sistema digital
 
- Invertir fuerte en herramientas de educación financiera masiva: en escuelas, centros de jubilados, empresas y entidades financieras
 
- Regular la obligación de aceptar todos los medios de pago diversificados en los servicios esenciales, para que la digitalización no se transforme en una discriminación encubierta
 
"El efectivo no muere. Pero si no gestionamos esta transición, puede pasar de ser el medio de pago de todos a ser el medio de pago de los que el sistema dejó atrás. Y eso no es inclusión: es exactamente lo contrario", remata.
Con información de Iprofesional

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