‘Turbulencias’ en el avión de campaña de Hillary
Sábado 05 de
Noviembre 2016

Los asesores de la antigua secretaria de Estado dan muestras de nerviosismo tras los últimos sondeos
No llega a ser pánico, se acerca más a la angustia, a un miedo que para siempre será ya bautizado como ‘el fantasma del Brexit’ (si no el de Trump). De lo que no hay duda es de que existe ansiedad, una ansiedad tan intensa que si fuera materia se podría cortar dentro del avión de campaña que traslada ininterrumpidamente a la candidata demócrata a la Casa Blanca, Hillary Clinton. Quedan 72 horas para el día de las elecciones y el equipo electoral de la antigua secretaria de Estado da muestras de nerviosismo debido a unas encuestas confusas y no favorables. Unas peligrosas turbulencias se han colado en una hoja de ruta que parecía despejada de baches en el camino a la presidencia.
Clasista en su reparto de asientos, es misión imposible —si uno aprecia su integridad física— tratar de adentrarse más allá de la fila 10 para intentar plantear algunas preguntas, o al menos tener un primer plano, aunque sea mudo, de Clinton. Uno de los varios agentes del Servicio Secreto que viajan con la antigua primera dama aparece prácticamente de la nada para cerrar el paso: “No puede ir más lejos, ma’am (señora)”.
Es viernes a media tarde y Clinton todavía no ha embarcado tras concluir el acto de Detroit, el que sería el segundo del día después de Pittsburgh —quedarían un par de paradas más, Cleveland y Miami—, pero ya lo ha hecho un inusualmente amplio equipo de asistentes. Tiene sentido. Forma parte de la lógica del miedo. Rodearse de quien puede tener respuesta ante la incertidumbre.
Desde la pista, a través de las ventanillas, podía verse a su director digital, Teddy Goff; a su directora política, Maya Harris. Su equipo de prensa confirmaba también la presencia de la voz de la candidata demócrata, el hombre que le escribe los discursos, Dan Schwerin. Y no faltaba el presidente de la campaña, John Podesta.
Todos inaccesibles. Encerrados en su particular burbuja de poder e información, que sin embargo este pasado fin de semana parecía un poco más vulnerable debido a la metroscopia. De repente, parecía que quedaba muy lejos el 26 de octubre, a pesar de que no ha pasado más de una semana. Aquel día, la mujer que el próximo martes podría hacer historia se mezcló con los vulgares mortales y ofreció tarta al cuerpo de prensa con motivo de su 69 cumpleaños. Eran los días de vino y rosas. Encuestas favorables y ninguna presencia de turbulencias o amenazantes nubarrones en el horizonte.
Desde entonces, Clinton no ha vuelto a salir de su rincón privilegiado dentro del Boeing 737, ese en el que se recupera, se recompone, se retoca el peinado, el maquillaje y en ocasiones el vestuario, antes de volver a saltar a la arena, en ocasiones, con la voz dando muestras de total agotamiento tras un largo día con mítines en cuatro Estados, desde Pensilvania a Florida, pasando por Michigan y Ohio.
Si el día 26 del pasado mes Hillary estaba de celebración, al día siguiente el FBI le aguaba la fiesta y ponía, quizá, en jaque el resultado final de los comicios. Fue ese día cuando el director de la Oficina Federal de Investigaciones, James Comey, informó a través de una confusa misiva al Congreso que sus hombres examinarían ciertos correos electrónicos asociados a Clinton.
Fue entonces cuando aparecieron obstáculos en el radar político del avión prácticamente nuevo que Hillary decidió inaugurar el pasado septiembre para viajar junto a la prensa. Hasta entonces, ella lo hacía en su jet privado y el cuerpo de reporteros, cámaras, técnicos y fotógrafos le seguía en cola en otro aparato distinto. Este último sistema se convirtió desde el inicio de la campaña en el símbolo de que la exsecretaria de Estado quería poner distancias con la prensa para intentar proteger su segundo asalto a la Casa Blanca. Eso cambió cuando faltaban poco más de dos meses para el 8 de noviembre, día de las elecciones.
Pasa la una de la madrugada y la "H" con el logo azul de Hillary impresa en un ala se refleja en las ventanillas de persianas todavía impolutas del aparato. En un lomo del avión se lee el lema de campaña: Stronger Together (Juntos somos más fuertes). Sobre los asientos hay abandonadas cáscaras ennegrecidas de plátanos. También restos de lo que fue la cena a las 6 de la tarde: hummus, pan de pita y servilletas con la omnipresente "H" azul, el color de muchos de los famosos trajes pantalón de la candidata. El rumbo que marca el radar es Miami (Florida), con procedencia Cleveland (Michigan). La noche está despejada y en el cielo no hay turbulencias. De haberlo sabido, Hillary hubiera pedido lo mismo para la recta final de su lucha por la Casa Blanca al soplar las velas por su cumpleaños.
Clasista en su reparto de asientos, es misión imposible —si uno aprecia su integridad física— tratar de adentrarse más allá de la fila 10 para intentar plantear algunas preguntas, o al menos tener un primer plano, aunque sea mudo, de Clinton. Uno de los varios agentes del Servicio Secreto que viajan con la antigua primera dama aparece prácticamente de la nada para cerrar el paso: “No puede ir más lejos, ma’am (señora)”.
Es viernes a media tarde y Clinton todavía no ha embarcado tras concluir el acto de Detroit, el que sería el segundo del día después de Pittsburgh —quedarían un par de paradas más, Cleveland y Miami—, pero ya lo ha hecho un inusualmente amplio equipo de asistentes. Tiene sentido. Forma parte de la lógica del miedo. Rodearse de quien puede tener respuesta ante la incertidumbre.
Desde la pista, a través de las ventanillas, podía verse a su director digital, Teddy Goff; a su directora política, Maya Harris. Su equipo de prensa confirmaba también la presencia de la voz de la candidata demócrata, el hombre que le escribe los discursos, Dan Schwerin. Y no faltaba el presidente de la campaña, John Podesta.
Todos inaccesibles. Encerrados en su particular burbuja de poder e información, que sin embargo este pasado fin de semana parecía un poco más vulnerable debido a la metroscopia. De repente, parecía que quedaba muy lejos el 26 de octubre, a pesar de que no ha pasado más de una semana. Aquel día, la mujer que el próximo martes podría hacer historia se mezcló con los vulgares mortales y ofreció tarta al cuerpo de prensa con motivo de su 69 cumpleaños. Eran los días de vino y rosas. Encuestas favorables y ninguna presencia de turbulencias o amenazantes nubarrones en el horizonte.
Desde entonces, Clinton no ha vuelto a salir de su rincón privilegiado dentro del Boeing 737, ese en el que se recupera, se recompone, se retoca el peinado, el maquillaje y en ocasiones el vestuario, antes de volver a saltar a la arena, en ocasiones, con la voz dando muestras de total agotamiento tras un largo día con mítines en cuatro Estados, desde Pensilvania a Florida, pasando por Michigan y Ohio.
Si el día 26 del pasado mes Hillary estaba de celebración, al día siguiente el FBI le aguaba la fiesta y ponía, quizá, en jaque el resultado final de los comicios. Fue ese día cuando el director de la Oficina Federal de Investigaciones, James Comey, informó a través de una confusa misiva al Congreso que sus hombres examinarían ciertos correos electrónicos asociados a Clinton.
Fue entonces cuando aparecieron obstáculos en el radar político del avión prácticamente nuevo que Hillary decidió inaugurar el pasado septiembre para viajar junto a la prensa. Hasta entonces, ella lo hacía en su jet privado y el cuerpo de reporteros, cámaras, técnicos y fotógrafos le seguía en cola en otro aparato distinto. Este último sistema se convirtió desde el inicio de la campaña en el símbolo de que la exsecretaria de Estado quería poner distancias con la prensa para intentar proteger su segundo asalto a la Casa Blanca. Eso cambió cuando faltaban poco más de dos meses para el 8 de noviembre, día de las elecciones.
Pasa la una de la madrugada y la "H" con el logo azul de Hillary impresa en un ala se refleja en las ventanillas de persianas todavía impolutas del aparato. En un lomo del avión se lee el lema de campaña: Stronger Together (Juntos somos más fuertes). Sobre los asientos hay abandonadas cáscaras ennegrecidas de plátanos. También restos de lo que fue la cena a las 6 de la tarde: hummus, pan de pita y servilletas con la omnipresente "H" azul, el color de muchos de los famosos trajes pantalón de la candidata. El rumbo que marca el radar es Miami (Florida), con procedencia Cleveland (Michigan). La noche está despejada y en el cielo no hay turbulencias. De haberlo sabido, Hillary hubiera pedido lo mismo para la recta final de su lucha por la Casa Blanca al soplar las velas por su cumpleaños.
Con información de
El País
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