Un tenebroso legado
Por:
Félix V. Lonigro
Martes 25 de
Abril 2023
Alberto Fernández cerrará el cuarto período presidencial kirchnerista, una suerte de huracán que demolió al país en todos sus aspectos
Desde que el 5 de marzo de 1854, Justo José de Urquiza asumió la presidencia de la Nación, se iniciaron en nuestro país veintinueve períodos presidenciales constitucionales, sin incluir al actual, de los cuales trece (el 45%), no pudieron ser completados por el mismo presidente.
Sin embargo, el mandatario que está en ejercicio, Alberto Fernández, a pesar del mencionado dato histórico, de su supina debilidad política y de su magnánima ineptitud, es probable que pueda concluir su período, aunque seguramente será recordado como uno de los tres peores presidentes constitucionales que haya tenido la Argentina, compartiendo el podio con Héctor Cámpora y María Estela Martínez de Perón, y seguido muy cerca por los dos períodos presidenciales de la actual vicepresidenta.
De cualquier manera, el flagelo populista que asuela al país comenzó mucho antes de este gobierno: concretamente en el año 2003, con el de Néstor Kirchner, cuya estatua de bronce de dos metros de altura, fue removida en el año 2019 de la sede de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), ubicada en Ecuador, por considerarse que el fallecido mandatario argentino constituyó un símbolo de inmoralidad administrativa y corrupción.
A lo largo de casi cuatro períodos presidenciales, el kirchnerismo fue una suerte de huracán que demolió al país en todos sus aspectos (sociales, económicos, institucionales y culturales), dejando un tendal de pobres e indigentes, así como también a una sociedad dividida y culturalmente degradada por la ignorancia y el fanatismo.
En efecto, no solo administró fraudulentamente fondos públicos (tal como lo probó la justicia hasta el momento), sino que colocó a la Argentina entre los países más atrasados del mundo, con dos de cada cuatro argentinos pobres, con una inseguridad galopante y con miles de jóvenes (y también adultos) mentalmente colonizados, a quienes se les ha hecho creer que el origen de todos los males, está en aquellos actores de la vida política e institucional del país a los que no pueden controlar -tales como jueces, fiscales, periodistas, corporaciones y el FMI-; y convenciéndolos de que las sociedades que progresan son aquellas en las cuales solo se difunden derechos, pero no obligaciones.
El régimen kirchnerista no solo se ha apropiado del Estado, del erario, de los derechos humanos, de los actos patrios, del lenguaje y del término “garantías”, sino que además ha instalado que quienes no estudian tienen derecho a aprobar, que quienes no trabajan tienen derecho a cobrar, que quienes no aportan tienen derecho a una jubilación, y que quienes delinquen tienen derecho a la libertad -simplemente porque son víctimas de una sociedad que los discrimina-.
Han pulverizado las nociones de “orden” y “autoridad”, propias de cualquier organización política estatal, avalando la toma de escuelas, los cortes de rutas, pregonando una total y absoluta subversión de valores, y acusando a sus detractores de serviles agentes de la “derecha fascista y retrógrada”.
En definitiva, más allá del juicio que en el futuro haga la historia, el epílogo de la pesadilla kirchnerista ya ha sido escrito, en 1934, por Enrique Santos Discépolo, en su emblemático “Cambalache”.
Por cierto, a pocos meses del final de este régimen populista, es su patético legado cultural que “da lo mismo ser derecho que traidor; ignorante, sabio, chorro, pretencioso, estafador”; que “todo es igual, que nada es mejor”, que “no hay aplazados ni escalafón”, y que es “lo mismo ser un burro que un gran profesor”.
Pero la democracia da revancha, y en el marco electoral que cíclicamente nos brinda, será el pueblo soberano el que, hastiado de tanta corrupción, ineptitud y mala praxis económica, política e institucional, emita en las urnas su inevitable veredicto.
Sin embargo, el mandatario que está en ejercicio, Alberto Fernández, a pesar del mencionado dato histórico, de su supina debilidad política y de su magnánima ineptitud, es probable que pueda concluir su período, aunque seguramente será recordado como uno de los tres peores presidentes constitucionales que haya tenido la Argentina, compartiendo el podio con Héctor Cámpora y María Estela Martínez de Perón, y seguido muy cerca por los dos períodos presidenciales de la actual vicepresidenta.
De cualquier manera, el flagelo populista que asuela al país comenzó mucho antes de este gobierno: concretamente en el año 2003, con el de Néstor Kirchner, cuya estatua de bronce de dos metros de altura, fue removida en el año 2019 de la sede de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), ubicada en Ecuador, por considerarse que el fallecido mandatario argentino constituyó un símbolo de inmoralidad administrativa y corrupción.
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En efecto, no solo administró fraudulentamente fondos públicos (tal como lo probó la justicia hasta el momento), sino que colocó a la Argentina entre los países más atrasados del mundo, con dos de cada cuatro argentinos pobres, con una inseguridad galopante y con miles de jóvenes (y también adultos) mentalmente colonizados, a quienes se les ha hecho creer que el origen de todos los males, está en aquellos actores de la vida política e institucional del país a los que no pueden controlar -tales como jueces, fiscales, periodistas, corporaciones y el FMI-; y convenciéndolos de que las sociedades que progresan son aquellas en las cuales solo se difunden derechos, pero no obligaciones.
El régimen kirchnerista no solo se ha apropiado del Estado, del erario, de los derechos humanos, de los actos patrios, del lenguaje y del término “garantías”, sino que además ha instalado que quienes no estudian tienen derecho a aprobar, que quienes no trabajan tienen derecho a cobrar, que quienes no aportan tienen derecho a una jubilación, y que quienes delinquen tienen derecho a la libertad -simplemente porque son víctimas de una sociedad que los discrimina-.
Han pulverizado las nociones de “orden” y “autoridad”, propias de cualquier organización política estatal, avalando la toma de escuelas, los cortes de rutas, pregonando una total y absoluta subversión de valores, y acusando a sus detractores de serviles agentes de la “derecha fascista y retrógrada”.
En definitiva, más allá del juicio que en el futuro haga la historia, el epílogo de la pesadilla kirchnerista ya ha sido escrito, en 1934, por Enrique Santos Discépolo, en su emblemático “Cambalache”.
Por cierto, a pocos meses del final de este régimen populista, es su patético legado cultural que “da lo mismo ser derecho que traidor; ignorante, sabio, chorro, pretencioso, estafador”; que “todo es igual, que nada es mejor”, que “no hay aplazados ni escalafón”, y que es “lo mismo ser un burro que un gran profesor”.
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