El impacto invisible que persiste en la Argentina a cuatro años de la pandemia de Covid-19
Miércoles 22 de
Abril 2026
Los efectos en la economía y el bienestar emocional tras el Covid-19 siguen resonando en la realidad del país. Un reciente estudio reveló que, lejos de ser un capítulo cerrado, las secuelas persisten como un desafío vigente en la región.
La pandemia de Covid-19 no es solo un recuerdo, sino una realidad que todavía late en el día a día de las familias sudamericanas. Los hallazgos de un reciente análisis dieron a conocer cómo ciertos patrones de comportamiento y bienestar se volvieron crónicos, lo que evidencia un impacto en el núcleo del hogar que aún no terminó de sanar y un fenómeno regional con características compartidas.
La investigación titulada “Cambios en la vida familiar en Chile, Argentina y Ecuador: aprendizajes post crisis sociosanitaria”, realizada en conjunto por la Universidad San Sebastián, de Chile; Universidad Austral, de Argentina y Universidad Técnica Particular de Loja, de Ecuador, reveló una realidad preocupante. Tras reunir los testimonios de 60 familias (21 en Chile, 17 en Argentina y 22 en Ecuador), el estudio advirtió que el malestar emocional y la soledad, lejos de disiparse con el fin de la emergencia sanitaria, persisten e incluso se intensificaron. A este escenario, se suma una crisis económica que no da tregua y que sigue siendo un obstáculo central para el bienestar.
La investigación permitió identificar las dificultades compartidas entre los tres países que, de cierta manera, tuvieron casi el mismo nivel de restricción sanitaria. En el caso de Argentina, la estricta y prolongada cuarentena hizo que volver a la “normalidad” fuera tan difícil como lo fue, en su momento, adaptarse al encierro.
Victoria Bein, Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA) (MN 42525) y participante del proyecto, explicó a Ámbito que “esta transición estuvo marcada por el miedo al exterior, afectando profundamente también a los niños, quienes reflejaron la angustia del entorno mediante temores”.
Por su parte, Denisse Finelli, Lic. en Psicología de la UBA (MN 70255), especializada en atención infantojuvenil y familiar, ratificó: “Siempre que llega una familia al consultorio, pregunto sobre cómo vivieron la pandemia. Esto es porque muchos momentos evolutivos claves se dieron en ese contexto e impactaron en la construcción de recursos psíquicos para poder tramitar el malestar”.
Ambas profesionales observaron que, durante los inicios del confinamiento, la bruma de la desinformación no solo distorsionó la realidad, sino que sumergió a muchos adultos en un estado de alerta constante.
Esto se traduce en “adultos con ansiedad y dificultad para proyectar, acompañada de incertidumbre; niños con impedimento de regulación emocional y poca tolerancia a la frustración y, adolescentes con aumento de ataques de pánico y autolesiones por no poder expresar lo que les sucede”, concluyó Liza Murlender, Lic. en Psicología (UBA) (MN 70026) y directora de Contexto.Psi, institución creada en pandemia.
A su vez, un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió sobre el rápido avance de las patologías mentales a nivel global, registrando un aumento del 25% en trastornos como la ansiedad y la depresión solo en el primer año de la pandemia por Covid-19.
Un punto clave del estudio es la similitud de las vivencias familiares entre países; la presión económica no cedió y continúa siendo un obstáculo constante en la postpandemia. Este tipo de inestabilidad es un estresor crónico ya que no es algo puntual, sino algo que se sostiene en el tiempo y genera mucho desgaste. “Este agotamiento impacta en los vínculos: más malestar y menos estabilidad emocional”, afirmó Murlender.
En paralelo, si bien algunas personas lograron iniciar un proceso terapéutico, la gran mayoría no tuvo esa oportunidad. La autora del proyecto destacó que el acceso a través de obras sociales o prepagas es sumamente complejo ante la falta de disponibilidad. Mientras que, una alternativa mediante consulta particular a un profesional de la salud mental se vuelve inalcanzable por sus altos aranceles, una barrera aún más crítica cuando la necesidad de atención abarca a toda la familia.
Bein, Finelli y Murlender declararon contundentemente que “el sistema de salud en Argentina está en crisis”. En este escenario, para las profesionales hay una contradicción: aumenta la demanda, pero al mismo tiempo se registran recortes, programas que se achican o que directamente se anulan.
Si bien esto viene ocurriendo hace años, la saturación del sistema responde al desfinanciamiento hospitalario y al recorte de programas, lo que impide la apertura de nuevos puestos de trabajo pese a haber psicólogos disponibles. Este escenario institucional se traduce en menos acceso, más tiempos de espera y profesionales trabajando al límite.
De esta manera, las expertas plantearon que, a pesar de la fuerte cultura psicoterapéutica en Argentina, la inestabilidad económica generó una brecha crítica: la demanda de ayuda profesional crece a la par de las barreras financieras, transformando la salud mental en un beneficio exclusivo.
La pandemia evidenció que la salud mental no es un lujo, sino el eje invisible que sostiene la capacidad de resiliencia ante la incertidumbre. A la par de los desafíos, en el estudio se reflejó cómo se obtuvieron aprendizajes positivos: la importancia del respaldo emocional compartido. En los relatos predomina la sensación de “no estar solo”, lo que evidencia cómo el vínculo familiar se transformó en un refugio esencial.
De acuerdo a las especialistas, priorizar la comunicación y el diseño de espacios de escucha donde sea posible poner en palabras lo vivido y validar sin juicios el universo emocional propio, es sin dudas, el camino correcto.
Sin embargo, aún se enfrenta el desafío de consolidar una mirada integral y preventiva. Lamentablemente, la respuesta suele ser reactiva: se interviene sobre la crisis cuando el daño ya está instalado. Si bien la postpandemia legitimó la conversación sobre salud mental, todavía resuena esa frase rápida de que “la pandemia ya pasó”.
Esa minimización es un error; las secuelas persisten y resuenan con fuerza dentro de los hogares. Hoy, el verdadero reto social es construir espacios que dejen de ser hostiles y comiencen a reconocer la salud mental como un pilar esencial de la existencia.
La investigación titulada “Cambios en la vida familiar en Chile, Argentina y Ecuador: aprendizajes post crisis sociosanitaria”, realizada en conjunto por la Universidad San Sebastián, de Chile; Universidad Austral, de Argentina y Universidad Técnica Particular de Loja, de Ecuador, reveló una realidad preocupante. Tras reunir los testimonios de 60 familias (21 en Chile, 17 en Argentina y 22 en Ecuador), el estudio advirtió que el malestar emocional y la soledad, lejos de disiparse con el fin de la emergencia sanitaria, persisten e incluso se intensificaron. A este escenario, se suma una crisis económica que no da tregua y que sigue siendo un obstáculo central para el bienestar.
Las huellas que dejó la pandemia: una mirada experta
La investigación permitió identificar las dificultades compartidas entre los tres países que, de cierta manera, tuvieron casi el mismo nivel de restricción sanitaria. En el caso de Argentina, la estricta y prolongada cuarentena hizo que volver a la “normalidad” fuera tan difícil como lo fue, en su momento, adaptarse al encierro.
Victoria Bein, Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA) (MN 42525) y participante del proyecto, explicó a Ámbito que “esta transición estuvo marcada por el miedo al exterior, afectando profundamente también a los niños, quienes reflejaron la angustia del entorno mediante temores”.
Por su parte, Denisse Finelli, Lic. en Psicología de la UBA (MN 70255), especializada en atención infantojuvenil y familiar, ratificó: “Siempre que llega una familia al consultorio, pregunto sobre cómo vivieron la pandemia. Esto es porque muchos momentos evolutivos claves se dieron en ese contexto e impactaron en la construcción de recursos psíquicos para poder tramitar el malestar”.
Ambas profesionales observaron que, durante los inicios del confinamiento, la bruma de la desinformación no solo distorsionó la realidad, sino que sumergió a muchos adultos en un estado de alerta constante.
Esto se traduce en “adultos con ansiedad y dificultad para proyectar, acompañada de incertidumbre; niños con impedimento de regulación emocional y poca tolerancia a la frustración y, adolescentes con aumento de ataques de pánico y autolesiones por no poder expresar lo que les sucede”, concluyó Liza Murlender, Lic. en Psicología (UBA) (MN 70026) y directora de Contexto.Psi, institución creada en pandemia.
A su vez, un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió sobre el rápido avance de las patologías mentales a nivel global, registrando un aumento del 25% en trastornos como la ansiedad y la depresión solo en el primer año de la pandemia por Covid-19.
La economía durante la pandemia y sus efectos en la actualidad
Un punto clave del estudio es la similitud de las vivencias familiares entre países; la presión económica no cedió y continúa siendo un obstáculo constante en la postpandemia. Este tipo de inestabilidad es un estresor crónico ya que no es algo puntual, sino algo que se sostiene en el tiempo y genera mucho desgaste. “Este agotamiento impacta en los vínculos: más malestar y menos estabilidad emocional”, afirmó Murlender.
En paralelo, si bien algunas personas lograron iniciar un proceso terapéutico, la gran mayoría no tuvo esa oportunidad. La autora del proyecto destacó que el acceso a través de obras sociales o prepagas es sumamente complejo ante la falta de disponibilidad. Mientras que, una alternativa mediante consulta particular a un profesional de la salud mental se vuelve inalcanzable por sus altos aranceles, una barrera aún más crítica cuando la necesidad de atención abarca a toda la familia.
Bein, Finelli y Murlender declararon contundentemente que “el sistema de salud en Argentina está en crisis”. En este escenario, para las profesionales hay una contradicción: aumenta la demanda, pero al mismo tiempo se registran recortes, programas que se achican o que directamente se anulan.
Si bien esto viene ocurriendo hace años, la saturación del sistema responde al desfinanciamiento hospitalario y al recorte de programas, lo que impide la apertura de nuevos puestos de trabajo pese a haber psicólogos disponibles. Este escenario institucional se traduce en menos acceso, más tiempos de espera y profesionales trabajando al límite.
De esta manera, las expertas plantearon que, a pesar de la fuerte cultura psicoterapéutica en Argentina, la inestabilidad económica generó una brecha crítica: la demanda de ayuda profesional crece a la par de las barreras financieras, transformando la salud mental en un beneficio exclusivo.
Las consecuencias de la pandemia
La pandemia evidenció que la salud mental no es un lujo, sino el eje invisible que sostiene la capacidad de resiliencia ante la incertidumbre. A la par de los desafíos, en el estudio se reflejó cómo se obtuvieron aprendizajes positivos: la importancia del respaldo emocional compartido. En los relatos predomina la sensación de “no estar solo”, lo que evidencia cómo el vínculo familiar se transformó en un refugio esencial.
De acuerdo a las especialistas, priorizar la comunicación y el diseño de espacios de escucha donde sea posible poner en palabras lo vivido y validar sin juicios el universo emocional propio, es sin dudas, el camino correcto.
Sin embargo, aún se enfrenta el desafío de consolidar una mirada integral y preventiva. Lamentablemente, la respuesta suele ser reactiva: se interviene sobre la crisis cuando el daño ya está instalado. Si bien la postpandemia legitimó la conversación sobre salud mental, todavía resuena esa frase rápida de que “la pandemia ya pasó”.
Esa minimización es un error; las secuelas persisten y resuenan con fuerza dentro de los hogares. Hoy, el verdadero reto social es construir espacios que dejen de ser hostiles y comiencen a reconocer la salud mental como un pilar esencial de la existencia.
Con información de
Ámbito
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