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Críticas a la reforma del Código Procesal Penal de Santa Fe impulsada por el gobernador Pullaro. Comentan el Dr. Rodolfo Mingarini y el Dr. Adrian Ruiz.
“La escuela tiene que volver a cumplir su rol, que es enseñar”
Jueves 04 de
Junio 2015

Los maestros tienen que tener pocas metas y claras: enseñarles a los chicos lengua, matemática y ciencias.
Los cambios culturales, esos que transforman a las sociedades, suelen ser estudiados por los expertos, años después de producidos. Pero, ¿qué pasa cuando a uno le toca ser protagonista de los cambios? Le pasó a Gustavo Iaies como docente y director de escuela en los ochenta, en pleno clima de apertura democrática. “Los padres empezaron a buscar para sus hijos cambiar la escuela del orden por la de la libertad. Buscaron ser amigos de ellos, y los maestros compinches de sus alumnos. Así, los adultos abandonaron el lugar de asimetría con los chicos, se pusieron a la par, y los dejaron solos frente a los problemas, sin un adulto que pudiera establecer un orden, dar respuestas, porque ellos mismos lo estaban cuestionando todo”, dice Iaies, que presentó “Volver a enseñar”, un libro en el que traza un fino diagnóstico de las dificultades que esto produce.
“La escuela tradicional, la de Sarmiento, tenía un orden. Se sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal. Uno podía transgredir la norma: en la secundaria a veces íbamos al baño a fumar, pero sabíamos que no se podía, y que si nos encontraban íbamos a ser castigados. Esto se perdió. Ahora todo se debate, todo se negocia. Y los chicos se convirtieron en expertos en negociar. Saben cómo ir corriendo los límites. Los adultos los fuimos dejando, porque no sabemos cuándo decir que no. Nos pusimos a la par de ellos, dudamos de ser autoritarios.”
- ¿Sigue así hasta el día de hoy?
- Sí, y se profundiza. Hace poco estuve en Mendoza. Viene una preceptora de una secundaria y me cuenta que una alumna le pregunta si puede acostarse con dos chicos. Me dice que no sabía qué contestarle y que al final no le dijo nada. Yo entonces le pregunto: ¿para vos está bien? Y… no, me dice. ¿Entonces por qué no se lo dijiste? Esa chica no podía hablarlo con los adultos de su casa y vino a preguntárselo a ella, que era otro adulto en quien confiaba. Pero no supo darle respuesta y entonces la volvió a dejar sola. Los chicos reclaman, necesitan nuestra presencia.
- Da la sensación que nadie sabe bien qué es ser un buen padre o un buen maestro…
- Es uno de los grandes problemas. No pasa por ser más duros o más blandos. Los chicos se acostumbran rápido a cada estilo de relación con sus padres. Lo que no perdonan es el abandono, la idea de que no nos ocupamos de ellos. Hoy los chicos participan de todo: de las decisiones familiares, del establecimiento de normas, de las conversaciones de los padres. Negocian los límites. Pero todo esto no hace más que confundirlos y quitarles las certezas que necesitan. Lo que hay que hacer es no negociar. Si todo puede estar bien o puede estar mal todo el tiempo, si los padres no están de acuerdo en cómo poner los límites y hacerlos respetar, si padres y maestros disienten, los chicos crecen en la inseguridad y la incertidumbre. Lo mismo se traslada a la escuela: si los padres no tenemos definido nuestro rol de adultos, a la escuela le cuesta mucho operar, y si la escuela no tiene claro su papel (que es enseñar), entonces le es difícil establecer alianzas con los padres. Entonces se rompen los acuerdos entre maestros y padres y los chicos cuestionan todo.
- ¿Cuánto influyó la flexibilidad de las normas en los problemas de aprendizaje en la Argentina?
- Mucho. Se empezaron a cuestionar cosas como ¿le voy a corregir la ortografía a un chico de primer o segundo grado, si recién se está largando a escribir? ¿Le voy a corregir la caligrafía? También se alentó que los chicos lean por placer y no por obligación. La cuestión pasa por definir bien el rol de la escuela. ¿Me dicen que quiero que a la escuela se vaya solo a estudiar matemática, lengua y ciencias? Sí, quiero eso. La escuela está para enseñar. Los vínculos, las relaciones, también deben ser contemplados, pero el rol esencial de la escuela es enseñar. Si no, terminamos con chicos que al final de la secundaria no comprenden textos, y el CBC tiene que darles lectoescritura.
- El cambio cultural es global. Incluso usted cuenta que todo comenzó con el Mayo Francés…
- Sí. Pero aquí se dio con mucha más fuerza. Tiene que ver con la dificultad que tenemos los argentinos para acatar las normas. En Brasil, la escuela es obligatoria, como en la Argentina. Pero ahí hay sanciones. Si un chico no va a la escuela les quitan planes a los padres, por ejemplo. Acá, en cambio, no pasa nada.
- ¿Hay políticas públicas que puedan revertir este panorama? ¿O es solo cuestión de los adultos?
- Sí. El Ministerio de Educación debe fortalecer a los directores de escuela. Debe darles pocas pautas y claras. Y todo el apoyo para que puedan poner límites dentro de su escuela. Esto no sucede y afecta su autoridad.
- La famosa “grieta” que dividió a los argentinos, ¿pudo haber influido en la crisis de autoridad?
- Puede ser. Un padre tiene una verdad y el otro tiene otra verdad. Y todo se cuestiona. Los chicos necesitan ver a los adultos como una autoridad, y con una verdad que no debe ser cuestionada.
“La escuela tradicional, la de Sarmiento, tenía un orden. Se sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal. Uno podía transgredir la norma: en la secundaria a veces íbamos al baño a fumar, pero sabíamos que no se podía, y que si nos encontraban íbamos a ser castigados. Esto se perdió. Ahora todo se debate, todo se negocia. Y los chicos se convirtieron en expertos en negociar. Saben cómo ir corriendo los límites. Los adultos los fuimos dejando, porque no sabemos cuándo decir que no. Nos pusimos a la par de ellos, dudamos de ser autoritarios.”
- ¿Sigue así hasta el día de hoy?
- Sí, y se profundiza. Hace poco estuve en Mendoza. Viene una preceptora de una secundaria y me cuenta que una alumna le pregunta si puede acostarse con dos chicos. Me dice que no sabía qué contestarle y que al final no le dijo nada. Yo entonces le pregunto: ¿para vos está bien? Y… no, me dice. ¿Entonces por qué no se lo dijiste? Esa chica no podía hablarlo con los adultos de su casa y vino a preguntárselo a ella, que era otro adulto en quien confiaba. Pero no supo darle respuesta y entonces la volvió a dejar sola. Los chicos reclaman, necesitan nuestra presencia.
- Da la sensación que nadie sabe bien qué es ser un buen padre o un buen maestro…
- Es uno de los grandes problemas. No pasa por ser más duros o más blandos. Los chicos se acostumbran rápido a cada estilo de relación con sus padres. Lo que no perdonan es el abandono, la idea de que no nos ocupamos de ellos. Hoy los chicos participan de todo: de las decisiones familiares, del establecimiento de normas, de las conversaciones de los padres. Negocian los límites. Pero todo esto no hace más que confundirlos y quitarles las certezas que necesitan. Lo que hay que hacer es no negociar. Si todo puede estar bien o puede estar mal todo el tiempo, si los padres no están de acuerdo en cómo poner los límites y hacerlos respetar, si padres y maestros disienten, los chicos crecen en la inseguridad y la incertidumbre. Lo mismo se traslada a la escuela: si los padres no tenemos definido nuestro rol de adultos, a la escuela le cuesta mucho operar, y si la escuela no tiene claro su papel (que es enseñar), entonces le es difícil establecer alianzas con los padres. Entonces se rompen los acuerdos entre maestros y padres y los chicos cuestionan todo.
- ¿Cuánto influyó la flexibilidad de las normas en los problemas de aprendizaje en la Argentina?
- Mucho. Se empezaron a cuestionar cosas como ¿le voy a corregir la ortografía a un chico de primer o segundo grado, si recién se está largando a escribir? ¿Le voy a corregir la caligrafía? También se alentó que los chicos lean por placer y no por obligación. La cuestión pasa por definir bien el rol de la escuela. ¿Me dicen que quiero que a la escuela se vaya solo a estudiar matemática, lengua y ciencias? Sí, quiero eso. La escuela está para enseñar. Los vínculos, las relaciones, también deben ser contemplados, pero el rol esencial de la escuela es enseñar. Si no, terminamos con chicos que al final de la secundaria no comprenden textos, y el CBC tiene que darles lectoescritura.
- El cambio cultural es global. Incluso usted cuenta que todo comenzó con el Mayo Francés…
- Sí. Pero aquí se dio con mucha más fuerza. Tiene que ver con la dificultad que tenemos los argentinos para acatar las normas. En Brasil, la escuela es obligatoria, como en la Argentina. Pero ahí hay sanciones. Si un chico no va a la escuela les quitan planes a los padres, por ejemplo. Acá, en cambio, no pasa nada.
- ¿Hay políticas públicas que puedan revertir este panorama? ¿O es solo cuestión de los adultos?
- Sí. El Ministerio de Educación debe fortalecer a los directores de escuela. Debe darles pocas pautas y claras. Y todo el apoyo para que puedan poner límites dentro de su escuela. Esto no sucede y afecta su autoridad.
- La famosa “grieta” que dividió a los argentinos, ¿pudo haber influido en la crisis de autoridad?
- Puede ser. Un padre tiene una verdad y el otro tiene otra verdad. Y todo se cuestiona. Los chicos necesitan ver a los adultos como una autoridad, y con una verdad que no debe ser cuestionada.
Con información de
CLARIN

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