Córdoba
Arquitectura recibe a albañiles en sus aulas
Lunes 23 de
Junio 2014
La Escuela de Capataces es una innovadora experiencia de esta facultad. Tres de cada 10 alumnos son obreros de la construcción. Ya hubo una camada de egresados.
"Martín, necesitamos una escuela de albañilería’, me conminó la decana de Arquitectura, Elvira Fernández”, contó el ingeniero Martín Pastor Roca.
Las fallas en la industria de la construcción, y la persistente falta de mano de obra calificada, les advertían que era preciso volver a las bases.
“Yo mejoré la oferta, proponiéndole montar una escuela de capataces”, añadió el docente y empresario. De entrada nomás, la idea fue capacitar tanto al gremio como a los estudiantes de la carrera. “Es muy importante que unos y otros se conozcan bien: les espera toda una vida juntos...”, bromeó el coordinador del ciclo académico Guillermo Bodenbender.
Aquella conversación tuvo lugar en los despachos céntricos de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Dos años después, la Escuela de Formación de Capataces (Efca) ya prepara una segunda camada de encargados de obra en la Ciudad Universitaria. La primera se graduó en abril pasado. La actual tiene 120 inscriptos. La deserción es baja. Más auspicioso aún, es que tres de cada 10 alumnos son albañiles. El resto son futuros arquitectos, más algunos ya recibidos y un par de ingenieros.
Mérito extensionista
Los sábados por la mañana, el aula está llena de estudiantes, que aprenden por necesidad. Muchos son jóvenes, pero también los hay “creciditos”, como Juan Carlos Olmedo (50), que se viene desde barrio Don Bosco para actualizarse. Y porque quiere ser un “capataz acreditado”. O el oficial Hugo Contessi (57) que, tras enterarse “por el diario”, viajó todo un año lectivo desde La Cumbre.
Aunque las mujeres representan casi la mitad del claustro estudiantil en Arquitectura, los albañiles son sólo varones. “Es un rubro muy machista, que tuvo que acostumbrarse a tener una ‘jefa’”, ironizó la arquitecta, capataza y auxiliar docente Carina. Ella y Hugo Contessi son dos egresados de la Efca.
A su vez, la escuela es un logro de la Secretaría de Extensión de Arquitectura, que armó esta actividad extracurricular. Los que asisten y aprueban reciben un diploma oficial.
“Además de llenar un vacío imperioso, en la formación y en el ejercicio de la profesión, le estamos devolviendo al pueblo parte de lo que invierte para sostener la universidad del Estado”, señalaron los mentores de esta experiencia.
Más práctica
Al frente de la clase, el arquitecto y profesor Humberto Codina expone sobre humedades, cómo proteger el estucado, cuándo hay que hacer agregados de hidrógeno o la importancia de la veredita perimetral.
El programa es muy completo. Los módulos correspondientes a instalaciones de gas, electricidad y plomería, son dictados por ingenieros. En otros se imparte liderazgo, gestión y recursos humanos. Levantar una casa, o un edificio, implica todo eso y mucho más.
Los alumnos escuchan, preguntan y repreguntan. Ante la sucesión de defectos e imprevisiones que han asolado la obra pública y privada, era fácil darse cuenta que sobraba teoría y faltaba práctica.
“No sólo los médicos suelen recibirse sin ver un paciente...”, comparó un titular de cátedra. La Coneau (Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria) ya no permite que esto suceda: exige muchas más horas y capacitación específica en todas las disciplinas.
Por lo general, los flamantes arquitectos “empiezan arreglándole o haciéndole la casa a un pariente”. Antes, durante o después tendrán que manejar hiladas de ladrillos, preparar mezcla, aislar cimientos, levantar techos, preparar y controlar presupuestos, administrar recursos, etcétera.
Si no saben, tampoco sabrán gestionar una obra. Esta tarea está o debería estar a cargo del capataz, que es el “encargado de la obra”. Es el intermediario entre el ingeniero o arquitecto, y los obreros. El primero en llegar y el último en irse.
Esta emblemática figura “corría peligro de extinción”, por varias razones. Los más duchos se fueron al frente de las obras. O se convirtieron en contratistas de emprendimientos mayores. Además, tampoco existía un espacio que posibilitara el diálogo y la interacción entre el profesional y el obrero.
“Lo mejor de estas clases es el recreo...”, aseguró el arquitecto Agustín Satler. Es una media hora larga en la que aprendices y estudiantes de arquitectura aprovechan para conocerse e interactuar.
En detalle
Carga horaria. Cinco horas por semana (sábados), de mayo a diciembre. Más módulos complementarios y obligatorios.
Objetivo. Mejorar la calidad de las obras, observando normas de seguridad, por ejemplo.
Diploma. Habilita para trabajar por cuenta propia o contrato.
Puntos de vista
Juan Carlos Olmedo (Capataz). “Soy capataz, pero no tenía dónde seguir aprendiendo. A cada rato aparecen cosas nuevas y esto me viene bien”.
Leonela Placensotti (Estudiante). “Estudio Arquitectura y es fundamental que aprenda los rudimentos del oficio. Hay materias que son pura teoría”.
Hugo Contesi (Oficial albañil). “Me enteré por el diario de la Escuela de Capataces y no dudé en viajar desde La Cumbre para hacer el curso”.
Lewin Canchu (Albañil). “Sé hacer muchas cosas: albañilería, yesería, carpintería... Pero ya no alcanza con eso”.
Sergio Juárez (Albañil). “Llevo años en la construcción, pero no sabía sacar cálculos ni el nombre propio de algunas cosas”.
Las fallas en la industria de la construcción, y la persistente falta de mano de obra calificada, les advertían que era preciso volver a las bases.
“Yo mejoré la oferta, proponiéndole montar una escuela de capataces”, añadió el docente y empresario. De entrada nomás, la idea fue capacitar tanto al gremio como a los estudiantes de la carrera. “Es muy importante que unos y otros se conozcan bien: les espera toda una vida juntos...”, bromeó el coordinador del ciclo académico Guillermo Bodenbender.
Aquella conversación tuvo lugar en los despachos céntricos de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Dos años después, la Escuela de Formación de Capataces (Efca) ya prepara una segunda camada de encargados de obra en la Ciudad Universitaria. La primera se graduó en abril pasado. La actual tiene 120 inscriptos. La deserción es baja. Más auspicioso aún, es que tres de cada 10 alumnos son albañiles. El resto son futuros arquitectos, más algunos ya recibidos y un par de ingenieros.
Mérito extensionista
Los sábados por la mañana, el aula está llena de estudiantes, que aprenden por necesidad. Muchos son jóvenes, pero también los hay “creciditos”, como Juan Carlos Olmedo (50), que se viene desde barrio Don Bosco para actualizarse. Y porque quiere ser un “capataz acreditado”. O el oficial Hugo Contessi (57) que, tras enterarse “por el diario”, viajó todo un año lectivo desde La Cumbre.
Aunque las mujeres representan casi la mitad del claustro estudiantil en Arquitectura, los albañiles son sólo varones. “Es un rubro muy machista, que tuvo que acostumbrarse a tener una ‘jefa’”, ironizó la arquitecta, capataza y auxiliar docente Carina. Ella y Hugo Contessi son dos egresados de la Efca.
A su vez, la escuela es un logro de la Secretaría de Extensión de Arquitectura, que armó esta actividad extracurricular. Los que asisten y aprueban reciben un diploma oficial.
“Además de llenar un vacío imperioso, en la formación y en el ejercicio de la profesión, le estamos devolviendo al pueblo parte de lo que invierte para sostener la universidad del Estado”, señalaron los mentores de esta experiencia.
Más práctica
Al frente de la clase, el arquitecto y profesor Humberto Codina expone sobre humedades, cómo proteger el estucado, cuándo hay que hacer agregados de hidrógeno o la importancia de la veredita perimetral.
El programa es muy completo. Los módulos correspondientes a instalaciones de gas, electricidad y plomería, son dictados por ingenieros. En otros se imparte liderazgo, gestión y recursos humanos. Levantar una casa, o un edificio, implica todo eso y mucho más.
Los alumnos escuchan, preguntan y repreguntan. Ante la sucesión de defectos e imprevisiones que han asolado la obra pública y privada, era fácil darse cuenta que sobraba teoría y faltaba práctica.
“No sólo los médicos suelen recibirse sin ver un paciente...”, comparó un titular de cátedra. La Coneau (Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria) ya no permite que esto suceda: exige muchas más horas y capacitación específica en todas las disciplinas.
Por lo general, los flamantes arquitectos “empiezan arreglándole o haciéndole la casa a un pariente”. Antes, durante o después tendrán que manejar hiladas de ladrillos, preparar mezcla, aislar cimientos, levantar techos, preparar y controlar presupuestos, administrar recursos, etcétera.
Si no saben, tampoco sabrán gestionar una obra. Esta tarea está o debería estar a cargo del capataz, que es el “encargado de la obra”. Es el intermediario entre el ingeniero o arquitecto, y los obreros. El primero en llegar y el último en irse.
Esta emblemática figura “corría peligro de extinción”, por varias razones. Los más duchos se fueron al frente de las obras. O se convirtieron en contratistas de emprendimientos mayores. Además, tampoco existía un espacio que posibilitara el diálogo y la interacción entre el profesional y el obrero.
“Lo mejor de estas clases es el recreo...”, aseguró el arquitecto Agustín Satler. Es una media hora larga en la que aprendices y estudiantes de arquitectura aprovechan para conocerse e interactuar.
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Carga horaria. Cinco horas por semana (sábados), de mayo a diciembre. Más módulos complementarios y obligatorios.
Objetivo. Mejorar la calidad de las obras, observando normas de seguridad, por ejemplo.
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Con información de
lavoz
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