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El 73 por ciento de los alumnos rosarinos sufrió o presenció maltrato escolar
Lunes 11 de
Agosto 2014

Más de la mitad de los casos se dieron entre chicos de 10 a 12 años. El 64% dijo que buscaría ayuda entre sus docentes. En el caso de Rosario el mayor porcentaje de hostigamiento es de carácter verbal.
Más de la mitad de los casos se dieron entre chicos de 10 a 12 años. El 64% dijo que buscaría ayuda entre sus docentes. En el caso de Rosario el mayor porcentaje de hostigamiento es de carácter verbal.
Casi el 73 por ciento de los alumnos de entre 11 y 19 años de Rosario dijeron haber sido víctimas o al menos testigos de una situación de acoso escolar. Según una encuesta reciente, la contracara de esa mala noticia fue que ocho de cada diez chicos sostuvieron que se implicarían de alguna manera para poner fin al maltrato: más de la mitad lo haría buscando la mediación de un adulto y el 26,3 por ciento intentaría frenarlo por sí mismo.
"Se puede inferir la gravedad que adquiere esta problemática con los siguientes datos: sólo el 26,8 por ciento dijo no haber visto situaciones de acoso, lo que indica la urgencia de respuestas que amerita esa situación de violencia que, si bien se manifiesta en la escuela, no se genera en ella", afirmó ayer el diputado nacional del GEN Fabián Peralta, cuyo equipo de colaboradores fue responsable del estudio.
De hecho, se llama acoso escolar (también conocido por su nombre en inglés, "bullying") a cualquier forma de maltrato —emocional, verbal o físico— que se da entre alumnos de forma reiterada y a lo largo de un cierto tiempo.
Pero aunque el fenómeno se visibilice en el aula o el patio escolar, no es adjudicable meramente a la escuela, "sino reflejo de una sociedad discriminatoria que acentúa permanentemente el antagonismo, la competencia despiadada y la segregación en desmedro de la integración", sostuvo el legislador.
En el caso de Rosario, la encuesta reveló que el mayor porcentaje de hostigamiento es de carácter verbal y sólo en segundo plano aparece la agresión física.
La situación, que de por sí ya habla de altos niveles de violencia, adquiere una "dimensión diferente" cuando encima se amplifica a través de las redes sociales. "Lo que quizás antes quedaba reducido a un círculo pequeño, ahora rápidamente se expande incluso más allá del grado", razonó Peralta.
Los más expuestos. La edad a la que el fenómeno se dispara va de los 10 a los 12 años, una situación que, al analizar los resultados de la encuesta, la psicóloga Sandra Carbajal atribuyó a la etapa cognitiva de las "operaciones concretas".
Según la teoría del desarrollo cognitivo de Jean Piaget, explicó, durante ese período los chicos "comienzan a relacionarse con un grupo más amplio y a comprender la influencia social", lo que implica "empezar a percibir quién puede o no pertenecer a un grupo de pares" y a "preocuparse más por la opinión de sus semejantes, intentando hacer lo posible por agradar y destacarse".
La encuesta también preguntó qué actitud tomarían ante una situación de acoso: fue "auspicioso" que el 77,8 por ciento de los pibes asumiera la necesidad de involucrarse de algún modo en la solución del conflicto.
De ese total, el 35,8 por ciento dijo que avisaría a alguien capaz de frenar la situación, el 26,3 por ciento intercedería personalmente y el 15,7 lo hablaría con su familia.
Al preguntárseles a qué adultos pediría ayuda, un 64 por ciento señaló a sus maestros y personal escolar. "Esa elección pone en evidencia la importancia de la escuela como espacio de escucha y contención, y a los docentes como referentes de los alumnos, ubicándolos en un lugar privilegiado para la detección y resolución de estos abusos", reflexionó Peralta.
Pero no todos asumieron la problemática tan positivamente: hubo quienes admitieron que no harían nada si no los afectara (el 15,4 por ciento) o porque les daría miedo (3 por ciento). Y un 3,7 por ciento reconoció también que se sumaría al grupo hostigador.
Culpa de quién. Otro aspecto revelador fue a quién atribuyen los chicos la responsabilidad por el hostigamiento. Las respuestas fueron muy parejas: si bien el 20 por ciento apuntó al acosador, un 11,1 por ciento puso el acento en la propia víctima. El 15,5 por ciento señaló a los cómplices del agresor y el mismo porcentaje a los que permanecen indiferentes, mientras que el 12,8 por ciento adjudicó culpa a la familia del maltratador y/o el maltratado.
Para la trabajadora social Paula Etchart, que también participó de la encuesta, que más del 11 por ciento haya responsabilizado al propio agredido hace evidente la necesidad de encarar "acciones de sensibilización" y de "interpelación de las estigmatizaciones que circulan, naturalizadas e invisibilizadas, culpabilizando a la víctima".
La frecuencia con que aparece la problemática obliga a "intervenciones planificadas" del Estado, "donde la escuela es un ámbito ideal de acción, pero también lo son las familias", razonó Peralta.
Los propios chicos aportaron su visión de cómo podría evitarse el acoso: el 32,4 por ciento dijo que "creando leyes", el 22,6 por ciento apostó a la construcción de espacios de diálogo dentro de la misma escuela y el 22,4 a las "campañas de prevención". La sanción y atención al agresor sólo cosecharon, respectivamente, el 1 y el 0,7 por ciento de las adhesiones.
Según Peralta, los directivos y docentes se mostraron "preocupados y ocupados" con la problemática, y "no meramente desde una perspectiva formal", por lo que dijo que continuarán trabajando tanto en el aspecto legislativo, como en la construcción de ámbitos de diálogo y contención.
"Se puede inferir la gravedad que adquiere esta problemática con los siguientes datos: sólo el 26,8 por ciento dijo no haber visto situaciones de acoso, lo que indica la urgencia de respuestas que amerita esa situación de violencia que, si bien se manifiesta en la escuela, no se genera en ella", afirmó ayer el diputado nacional del GEN Fabián Peralta, cuyo equipo de colaboradores fue responsable del estudio.
De hecho, se llama acoso escolar (también conocido por su nombre en inglés, "bullying") a cualquier forma de maltrato —emocional, verbal o físico— que se da entre alumnos de forma reiterada y a lo largo de un cierto tiempo.
Pero aunque el fenómeno se visibilice en el aula o el patio escolar, no es adjudicable meramente a la escuela, "sino reflejo de una sociedad discriminatoria que acentúa permanentemente el antagonismo, la competencia despiadada y la segregación en desmedro de la integración", sostuvo el legislador.
En el caso de Rosario, la encuesta reveló que el mayor porcentaje de hostigamiento es de carácter verbal y sólo en segundo plano aparece la agresión física.
La situación, que de por sí ya habla de altos niveles de violencia, adquiere una "dimensión diferente" cuando encima se amplifica a través de las redes sociales. "Lo que quizás antes quedaba reducido a un círculo pequeño, ahora rápidamente se expande incluso más allá del grado", razonó Peralta.
Los más expuestos. La edad a la que el fenómeno se dispara va de los 10 a los 12 años, una situación que, al analizar los resultados de la encuesta, la psicóloga Sandra Carbajal atribuyó a la etapa cognitiva de las "operaciones concretas".
Según la teoría del desarrollo cognitivo de Jean Piaget, explicó, durante ese período los chicos "comienzan a relacionarse con un grupo más amplio y a comprender la influencia social", lo que implica "empezar a percibir quién puede o no pertenecer a un grupo de pares" y a "preocuparse más por la opinión de sus semejantes, intentando hacer lo posible por agradar y destacarse".
La encuesta también preguntó qué actitud tomarían ante una situación de acoso: fue "auspicioso" que el 77,8 por ciento de los pibes asumiera la necesidad de involucrarse de algún modo en la solución del conflicto.
De ese total, el 35,8 por ciento dijo que avisaría a alguien capaz de frenar la situación, el 26,3 por ciento intercedería personalmente y el 15,7 lo hablaría con su familia.
Al preguntárseles a qué adultos pediría ayuda, un 64 por ciento señaló a sus maestros y personal escolar. "Esa elección pone en evidencia la importancia de la escuela como espacio de escucha y contención, y a los docentes como referentes de los alumnos, ubicándolos en un lugar privilegiado para la detección y resolución de estos abusos", reflexionó Peralta.
Pero no todos asumieron la problemática tan positivamente: hubo quienes admitieron que no harían nada si no los afectara (el 15,4 por ciento) o porque les daría miedo (3 por ciento). Y un 3,7 por ciento reconoció también que se sumaría al grupo hostigador.
Culpa de quién. Otro aspecto revelador fue a quién atribuyen los chicos la responsabilidad por el hostigamiento. Las respuestas fueron muy parejas: si bien el 20 por ciento apuntó al acosador, un 11,1 por ciento puso el acento en la propia víctima. El 15,5 por ciento señaló a los cómplices del agresor y el mismo porcentaje a los que permanecen indiferentes, mientras que el 12,8 por ciento adjudicó culpa a la familia del maltratador y/o el maltratado.
Para la trabajadora social Paula Etchart, que también participó de la encuesta, que más del 11 por ciento haya responsabilizado al propio agredido hace evidente la necesidad de encarar "acciones de sensibilización" y de "interpelación de las estigmatizaciones que circulan, naturalizadas e invisibilizadas, culpabilizando a la víctima".
La frecuencia con que aparece la problemática obliga a "intervenciones planificadas" del Estado, "donde la escuela es un ámbito ideal de acción, pero también lo son las familias", razonó Peralta.
Los propios chicos aportaron su visión de cómo podría evitarse el acoso: el 32,4 por ciento dijo que "creando leyes", el 22,6 por ciento apostó a la construcción de espacios de diálogo dentro de la misma escuela y el 22,4 a las "campañas de prevención". La sanción y atención al agresor sólo cosecharon, respectivamente, el 1 y el 0,7 por ciento de las adhesiones.
Según Peralta, los directivos y docentes se mostraron "preocupados y ocupados" con la problemática, y "no meramente desde una perspectiva formal", por lo que dijo que continuarán trabajando tanto en el aspecto legislativo, como en la construcción de ámbitos de diálogo y contención.
Con información de
La Capital
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